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Aquel retraso no era accidental. Era deliberado.

Lin no sabía por qué, pero la quería allí sentada, sudando, sola.

Esperó durante horas hasta que el nerviosismo dio paso al miedo, al aburrimiento, a la paciencia, mientras trazaba bocetos en el polvo y abría su caja para contar las bayas de color, una y otra vez. Llegó la noche y seguía abandonada.

Su paciencia volvió a tornarse miedo.

¿Por qué hace esto?, pensó. ¿Qué quiere? Aquello no tenía nada que ver con los juegos habituales, con las bromas, con la peligrosa locuacidad. Aquello era mucho más ominoso.

Y, por fin, horas después de su llegada, oyó un ruido.

Motley estaba en la habitación, flanqueado por su teniente cacto y un par de enormes gladiadores rehechos. Lin no sabía cómo habían entrado. Hacía unos segundos estaba sola.

Se incorporó y aguardó. Tenía los puños apretados.

—Señorita Lin, gracias por venir —dijo Motley desde una cancerosa agrupación de bocas.

Ella aguardó.

—Señorita Lin, anteayer tuve una conversación de lo más interesante con Lucky Gazid. Sospecho que hace un tiempo que no lo ve. Ha estado trabajando de incógnito para mí. En cualquier caso, como sin duda sabrá, en estos momentos existe una carestía de mierda onírica en la ciudad. Los desvalijamientos aumentan. El contrabando también. La gente está desesperada. Los precios han enloquecido. Simplemente no hay droga bastante para abastecer la ciudad. Lo que esto representa para el señor Gazid, para quien la mierda onírica es en estos momentos su sustancia predilecta, es de imaginar. Ya no puede permitirse su mercancía, ni siquiera con el descuento de empleado. Pues bien, el otro día le oí maldecir. Estaba con el síndrome de abstinencia e insultaba a cualquiera que se acercara, pero aquello fue algo distinto. ¿Sabe qué es lo que repetía mientras se retorcía? Algo fascinante. Era del estilo de «¡Nunca debería haberle dado esa mierda a Isaac!».

El cacto tras el señor Motley abrió sus enormes puños y frotó sus dedos verdes y callosos. Después levantó un brazo hacia el pecho descubierto y, con terrible deliberación, se pinchó un dedo con una de sus espinas, comprobando el filo. Su rostro era impávido.

— ¿No es interesante, señorita Lin? —prosiguió Motley con enfermiza solicitud. Comenzó a caminar hacia ella de lado, como los cangrejos, sobre sus innumerables piernas.

¿Qué es esto? ¿Qué es esto?, pensó Lin mientras se aproximaba. No había donde esconderse.

—Y ahora, señorita Lin, alguien me ha robado posesiones muy valiosas. Un grupo de pequeñas fábricas, si así lo prefiere. De ahí la carestía de mierda onírica. ¿Y sabe qué? Tengo que admitir que no tenía ni idea de quién lo había hecho. De verdad. No tenía por dónde empezar a buscar. —Se detuvo y una marea de gélidas sonrisas cruzó sus múltiples rasgos—. Hasta que oí a Gazid. Entonces… todo… cobró… sentido —escupía cada palabra.

Ante una señal silenciosa, su visir cacto se acercó a Lin, que dio un respingo e intentó alejarse, aunque demasiado tarde. El ser se acercó a ella con sus enormes puños carnosos, le aferró fuertemente los brazos y la inmovilizó.

Las patas de la cabeza de Lin se sacudieron mientras emitía un penetrante chillido químico de dolor. Los cactos solían pulir las espinas en el interior de sus palmas para manipular mejor los objetos, pero aquel había permitido que le crecieran. Manojos de gruesas esquirlas fibrosas agujereaban despiadados sus brazos.

Indefensa, fue llevada sin esfuerzo frente a Motley, que le sonrió. Cuando habló de nuevo su voz rezumaba amenazas.

— Su amante, ese follainsectos, ha intentado jugármela, ¿no, señorita Lin? Comprando grandes dosis de mi mierda onírica, criando incluso sus propias polillas, o eso me dice Gazid, y después robando las mías —rugió las palabras, temblando.

Lin apenas podía pensar por encima del dolor de sus brazos, pero trataba desesperada de hacer señales desde las caderas: No no no no es así no es así…

Motley le dio una bofetada en las manos.

—Ni lo intentes, puta, insecto, ramera bastarda, zorra. El comemierda de tu novio ha intentado sacarme a patadas de mi propio mercado. Y ese es un juego muy, muy peligroso. —Se retiró un poco y la valoró mientras se retorcía—. Vamos a traer al señor der Grimnebulin para que dé cuenta de su robo. ¿Cree que vendrá si le ofrecemos a usted?

La sangre comenzaba a secarse en las mangas de la camisa de Lin. Trató de nuevo de realizar unas señas.

—Tendrá la ocasión de explicarse, señorita Lin —dijo Motley, de nuevo calmado—. Puede que sea usted su compinche en el robo, puede que no tenga ni idea de lo que le hablo. Mala suerte para usted, debo decir. No permitiré que esto quede así. —Observó cómo trataba desesperada de hablarle, de explicarse, de liberarse.

Sus brazos comenzaban a sufrir espasmos. El cacto los estaba insensibilizando. Mientras Lin sentía zumbar su cabeza por el dolor constrictor, oyó el susurro del señor Motley.

—No soy un hombre compasivo.

En el exterior de la Facultad de Ciencias de la Universidad, la plaza bullía de estudiantes. Muchos vestían las togas negras oficiales; algunas almas rebeldes se las quitaban en cuanto abandonaban el edificio.

Entre la marea de figuras había dos hombres inmóviles, apoyados contra un árbol, ignorando la savia pegajosa. Había mucha humedad y uno de ellos vestía de forma incongruente con un largo abrigo y un sombrero oscuro.

Aguardaron quietos durante mucho tiempo. Una clase terminó, y después otra. Los hombres vieron dos ciclos de estudiantes llegar y marchar. En ocasiones, el uno o el otro se frotaba los ojos y estiraba un tanto la cara. Siempre regresaba a su atención casual hacia la entrada principal.

El fin, cuando las sombras de la tarde comenzaban a alargarse, apareció su objetivo. Montague Vermishank salió del edificio y olfateó el aire con cautela, como si supiera que debía disfrutarlo. Comenzó a quitarse la chaqueta y se detuvo para rodearse con ella. Salió en dirección a Prado del Señor.

Los hombres bajo el árbol abandonaron la protección de sus hojas y partieron tras su presa.

Era un día atareado. Vermishank se dirigió hacia el norte, buscando un taxi. Tomó la Vía Tinca, la avenida más bohemia de Prado del Señor, donde los académicos progresivos celebraban su corte en cafés y librerías. Los edificios de la zona eran viejos y bien conservados, sus fachadas limpias y recién pintadas. Vermishank las ignoró. Había recorrido aquella senda durante años y era ajeno a su entorno, así como a sus perseguidores.

Un taxi de cuatro ruedas apareció entre la multitud, tirado por un incómodo y peludo bípedo de la tundra septentrional, que caminaba sobre unas patas articuladas como las de un pájaro. Vermishank alzó el brazo y el taxista trató de maniobrar el vehículo hacia él. Los perseguidores aceleraron el paso.

— ¡Monty! —tronó el más grande mientras le palmeaba el hombro. Vermishank se giró alarmado.

—Isaac —vaciló. Sus ojos buscaron ansiosos el taxi, que seguía acercándose.

— ¿Cómo estás, viejo? —le gritó Isaac al oído izquierdo. Por debajo, Vermishank pudo oír otra voz susurrando a su derecha.

—Lo que tienes en el estómago es un cuchillo, y te destriparé como a un pescado de mierda si se te ocurre respirar siquiera de un modo que no me guste.

—Qué suerte encontrarme contigo —vociferaba Isaac jocoso, llamando al taxi. El conductor musitó y se acercó.

—Intenta escapar y te rajo. Y si lo consigues, te meto una bala en la cabeza. —La voz estaba llena de desprecio.

—Oye, vamos a mi casa a tomar un trago —dijo Isaac—. A la Ciénaga Brock, por favor. La Vía del Remero. ¿Lo conoce? Bonito animal, por cierto. —Isaac mantenía la corriente constante de sinsentidos mientras entraban en el carruaje cerrado. Vermishank entró tras él, temblando y tartamudeando, aguijoneado por el pincho de la navaja. Lemuel Pigeon entró el último y cerró la puerta antes de sentarse mirando hacia delante, con el cuchillo en el costado de Vermishank.