Isaac hizo una pausa. Reparó en que los modales de Vermishank denotaban urgencia. Parecía ansioso por no olvidarse nada. Debía de ser la pistola de Lemuel.
—He visto… he visto alimentarse a una de esas cosas —dijo—. La vi… comerse un cerebro.
— Ja. —Vermishank agitó la cabeza apreciativo—. Asombroso. Tuviste suerte de estar allí. No viste cómo se comía un cerebro. Las polillas asesinas no viven por completo en nuestro plano. Sus… eh… necesidades nutricionales se satisfacen con sustancias que no podemos medir. ¿No lo ves, Isaac? —Vermishank lo miraba con intensidad, como un profesor tratando de arrancar la respuesta correcta a un alumno petulante. La urgencia volvía a restallar en sus ojos—. Sé que la biología no es tu punto fuerte, pero es un mecanismo tan… elegante, que pensé que lo verías. Extraen los sueños de sus alas, inundan la mente, rompen los diques que retienen los pensamientos ocultos, los pensamientos culpables, las ansiedades, las delicias, los sueños… —Se detuvo y se reclinó, tranquilizándose—. Y entonces, cuando la mente está sabrosa y jugosa… la secan. El subconsciente es su néctar, Isaac, ¿no lo ves? Por eso solo se alimentan de los seres inteligentes. No les sirven los gatos ni los perros. Beben el peculiar preparado resultante del pensamiento reflexivo, cuando los instintos y las necesidades y los deseos y las intuiciones se pliegan sobre sí mismos y reflexionamos sobre nuestros propios pensamientos, y después reflexionamos sobre el reflejo, en un ciclo sin fin. —Su voz era apagada—. Nuestros pensamientos fermentan como el más puro licor. Eso es lo que beben las polillas, Isaac. No la carne fofa y rezumante en la sartén que es el seso, sino el delicado vino de la sapiencia y la inteligencia mismas, el subconsciente. Sueños.
El cuarto quedó en silencio. La idea era sorprendente. Todo el mudo parecía asqueado ante aquella noción. Vermishank casi parecía disfrutar del efecto que tenían sus revelaciones.
Todo el mundo dio un respingo ante el estruendo. No era más que el constructo, que aspiraba atareado la suciedad junto a la mesa de David. Había tratado de vaciar la papelera en su receptáculo, pero había fallado y había derramado su contenido. Estaba intentando limpiar los papeles aplastados que lo rodeaban.
— Y… ¡Mierda, claro!—susurró Isaac—. ¡De ahí las pesadillas! Son como… ¡como un fertilizante! Como no sé, como la mierda de conejo que se añade a las plantas que se comen los propios conejos. Como una pequeña cadena, un pequeño ecosistema.
—Ja, muy bien —respondió Vermishank—. Parece que empiezas a pensar. No puedes ver las heces de las polillas, ni olerlas, pero puedes sentirlas. En tus sueños. Los alimentan. Los hacen bullir. Y después las polillas se alimentan de ellos. Un bucle perfecto.
— ¿Y cómo sabes todo esto, puerco? —saltó Derkhan—. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando con esos monstruos?
—Las polillas asesinas son muy raras, y un secreto de estado. Por eso estábamos tan entusiasmados con nuestro pequeño nido. Teníamos un viejo espécimen moribundo, y entonces recibimos cuatro gusanos. Isaac se quedó uno, por supuesto. El original, que había alimentado a nuestros pequeños ciempiés, murió. Debatíamos sobre si abrir o no los capullos durante el cambio, lo que los mataría pero nos proporcionaría una información inestimable sobre su estado metamórfico; pero antes de que tomáramos una decisión, por desgracia —lanzó un suspiro—, tuvimos que vender a los cuatro. Eran un riesgo excesivo. Se comentaba que nuestros investigadores tardaban demasiado, que el fracaso a la hora de controlar a los especímenes ponía nerviosos a los… eh… pagadores. Se cortó la financiación y nuestro departamento tenía que pagar sus deudas cuanto antes, dado el fracaso del proyecto.
— ¿Que era cuál? —susurró Isaac—. ¿Armas? ¿Tortura?
—Oh, venga, Isaac —respondió Vermishank calmado—. Mírate, la rectitud ultrajada. Si no hubieras robado una de ellas, para empezar, nunca habría escapado y no habría liberado a sus compañeras, que es lo que supondrás que ha sucedido; piensa en los muchos inocentes que no habrían muerto.
Isaac lo miró asqueado.
— ¡Que te jodan! —gritó. Se levantó, y hubiera saltado sobre Vermishank de no haber hablado Lemuel.
—Isaac —dijo secamente, apuntándolo con el arma—. Vermishank está cooperando a la perfección, y aún tenemos que descubrir más cosas. ¿No?
Isaac lo miró un instante antes de asentir y sentarse.
— ¿Por qué estás siendo tan buen chico, Vermishank? — preguntó Lemuel, devolviendo la mirada al viejo, que se encogió de hombros.
—No me entusiasma la idea del dolor —dijo con voz afectada—. Además, aunque esto no os va a gustar… no os servirá de nada. No podéis cogerlas. No podéis evadir a la milicia. ¿Por qué iba a contenerme? —Mostró una sonrisa presumida, abominable.
Mas sus ojos estaban nerviosos, su labio superior sudaba. En el fondo de su garganta se ocultaba una nota de desesperanza.
¡Esputo divino!, pensó Isaac con un repentino estallido de comprensión. Se levantó y miró a Vermishank. ¡Eso no es todo! ¡Está… está diciéndonos la verdad porque está asustado! No cree que el gobierno pueda capturarlas… y tiene miedo. ¡Quiere conseguirlo!
Deseaba provocar a Vermishank con aquello, restregarle el conocimiento de su debilidad, castigarlo por todos sus crímenes… pero no podía arriesgarse. Si se enfrentaba a él de forma demasiado flagrante para acosarlo con la comprensión de su inquietud, de la que no estaba del todo seguro, aquel vil gusano retiraría su ayuda por desprecio.
Si era necesario dejarle creer que le suplicaban su ayuda, así sería.
— ¿Qué es la mierda onírica? —preguntó.
— ¿Mierda onírica? —Vermishank sonrió, e Isaac recordó la última vez que le había hecho aquella pregunta y había fingido disgusto, negándose a mancillar su boca con aquella sucia palabra.
Ahora acudió a él sin dificultad.
—Ja. La mierda onírica es la papilla. Es lo que las polillas dan de comer a sus retoños. La exudan constantemente, y en grandes cantidades, cuando están criando. No son como las demás polillas. Estas son muy protectoras. Nutren sus huevos con asiduidad, por lo que parece, y amamantan a los neonatos. Solo en la adolescencia, cuando entran en pupa, pueden alimentarse por su cuenta.
Derkhan lo interrumpió.
— ¿Estás diciendo que la mierda onírica es la leche de esas polillas?
—Exacto. Los ciempiés no pueden digerir la comida puramente física. Deben ingerirla en forma casi física. El líquido que exudan las polillas está cuajado de sueños destilados.
— ¿Y por eso las compró un maldito narcotraficante? ¿Quién es? —Derkhan retorció la boca en una mueca.
—No tengo ni idea. Yo solo sugerí el trato. Cuál de los postores venciera me es irrelevante. Es necesario cuidar a las polillas con cuidado, limpiarlas con regularidad, ordeñarlas. Como a las vacas. Es posible manipularlas si se sabe cómo hacerlo, engañarlas para que exuden su leche sin tener retoños a los que alimentar. Y es necesario procesar esa leche, por supuesto. Ningún humano, ninguna raza inteligente podría bebería cruda. Le mente le estallaría al instante. La mierda onírica, de tan poco elegante nombre, debe haberse procesado dentro de una polilla en mal estado. Es como si le dieras a un bebé humano leche cargada con grandes cantidades de serrín o agua estancada.