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— ¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Derkhan. Vermishank la miró con expresión vacía—. ¿Cómo sabes cuántos espejos son necesarios para estar a salvo, cómo sabes que convierten las mentes que… que se comen en esa… leche? ¿Cuánta gente les habéis dado para alimentarlas?

Vermishank apretó los labios, algo perturbado.

—Soy un científico —dijo—. Uso los medios a mi alcance. En ocasiones, los criminales son sentenciados a muerte. El modo de morir no se especifica…

—Serás puerco… —siseó violenta—. ¿Y qué hay de la gente que necesitan los traficantes para darles de comer, para elaborar la droga? —Iba a continuar, pero Isaac la cortó.

—Vermishank —dijo en voz baja mientras lo miraba a los ojos—. ¿Cómo podemos recuperar sus mentes? Las que han sido robadas.

— ¿Recuperar? —Vermishank parecía realmente sorprendido—. Ah… —Negó con la cabeza y entrecerró los ojos—. No podéis.

— ¡No me mientas! —gritó Isaac, pensando en Lublamai.

— Se las han bebido —siseó Vermishank, lo que provocó un rápido silencio de todos los presentes. Aguardó—. Se las han bebido —repitió. —Les han robado los pensamientos, los sueños, conscientes e inconscientes, quemados en sus estómagos, expelidos para alimentar a las larvas. ¿Has probado la mierda onírica, Isaac? ¿Alguno de vosotros? —Nadie, y mucho menos Isaac, respondió—. Si es así, las habéis soñado, a las víctimas, a las presas. Habéis metabolizado sus mentes en vuestro estómago y las habéis soñado. No queda nada que salvar. No queda nada que recuperar.

Isaac se sentía absolutamente desesperado.

Llévate también su cuerpo, pensó. Jabber, no seas cruel no me dejes con esa pura cáscara a la que no puedo dejar morir, que no significa nada…

— ¿Cómo matamos a las polillas?

Vermishank esbozó una lenta sonrisa.

—No podéis.

—No me jodas —saltó Isaac—. Todo lo que vive puede morir.

— Me malinterpretas. Como proposición abstracta, por supuesto que pueden morir. Y por tanto, en teoría, es posible matarlas. Pero no seréis capaces de hacerlo vosotros. Viven en varios planos, como he dicho, y las balas, el fuego y demás solo las hieren en uno. Tendríais que golpearlas desde varias dimensiones al mismo tiempo, o causar la más extraordinaria cantidad de daño en esta, y no os darán la ocasión… ¿Comprendes?

—Entonces usa el pensamiento lateral —replicó Isaac, golpeándose la sien con el talón de la mano—. ¿Qué hay del control biológico? Predadores…

—No hay ninguno. Están en lo alto de su cadena alimenticia. Estamos bastante seguros de que en su tierra natal hay animales capaces de matarlas, pero no hay ninguno a varios miles de kilómetros a la redonda. Y, de todos modos, si tuviéramos razón, liberarlos sería condenar a Nueva Crobuzon a una muerte aún más rápida.

— Santo Jabber—suspiró Isaac—. Sin predadores ni competidores, con un enorme suministro de comida fresca en constante regeneración, no habrá modo de detenerlas…

—Y eso —susurró Vermishank titubeante—, es antes de considerar lo que pasaría si… Aún son jóvenes, ya me entiendes. No han madurado por completo. Pero pronto la noche se calentará… Tenemos que considerar lo que podría suceder si criaran…

La sala pareció quedarse quieta, fría. Vermishank trató de nuevo de controlar su expresión, pero otra vez Isaac alcanzó a ver el terror puro en su interior. Estaba despavorido. Era consciente de lo que había en juego.

Cerca, el constructo giraba, siseaba y zangoteaba. Parecía tener un escape de polvo y suciedad, y se movía al azar dejando a su paso un rastro de basura. Otra vez roto, pensó Isaac, devolviendo su atención a Vermishank.

— ¿Cuándo criarán?

El viejo se limpió con la lengua el sudor del labio superior.

—Me han dicho que son hermafroditas. Nunca las hemos visto aparearse o depositar huevos. Solo sabemos lo que nos han dicho. Tienen el celo en la segunda mitad del verano. Una es designada como portadora de los huevos. Normalmente alrededor de Sinn, u Octuario. Normalmente, claro.

— ¡Vamos! ¡Debe de haber algo que podamos hacer! ¡No me digas que Rudgutter no tiene nada pensado…!

—No lo sé. Es decir, por supuesto, sé que tienen planes. Claro. Pero no sé nada al respecto. He… —titubeó.

— ¿He qué? —gritó Isaac.

—He oído que han hablado con demonios. —Nadie dijo una palabra. Vermishank tragó saliva antes de proseguir—. Y rehusaron ayudar. Aun con el mayor soborno.

— ¿Por qué? —siseó Derkhan.

—Porque los demonios tienen miedo. —Vermishank se lamió los labios. El pavor que trataba de ocultar volvía a quedar patente—. ¿Lo entendéis? Estaban asustados. Porque a pesar de todo su poder y su presencia… piensan como nosotros. Son inteligentes, sapientes. Y, por lo que respecta a las polillas asesinas… son presas.

Todos se quedaron muy quietos. La pistola se aflojó en manos de Lemuel, pero Vermishank no hizo intento alguno por escapar, perdido como estaba en su desdichada ensoñación.

— ¿Qué vamos a hacer? —preguntó Isaac. Le flaqueaba la voz.

El chirrido del constructo se hizo cada vez más fuerte. El artefacto giró un momento sobre su rueda central. Los brazos limpiadores estaban extendidos y chocaban contra el suelo con un movimiento de staccato. Primero Derkhan después Isaac y David, seguido por los otros, lo observaron.

— ¡No puedo pensar con esa mierda en la habitación! —rugió Isaac, encolerizado. Se acercó a él, dispuesto a verter su impotencia y su miedo sobre la máquina. Al acercarse, el constructo giró para recibirlo con su iris de cristal y los dos brazos principales extendidos de repente, con un trozo de papel en uno de ellos. El artefacto tenía el desorientador aspecto de una persona con los brazos abiertos. Isaac parpadeó y siguió acercándose.

El brazo derecho de la máquina se clavó en el suelo, sobre el polvo y la suciedad que había derramado a su paso. Entonces comenzó a sacudirse a un lado y a otro, golpeando con violencia los tableros de madera. El miembro izquierdo, el terminado en escoba, se alzó para bloquear el paso de Isaac, para frenarlo y obstaculizarlo, comprendió el humano para su total estupefacción, para llamar su atención. Después bajó el miembro derecho, un pincho recogedor de basura y señaló el suelo.

La tierra, en la que había escrito un mensaje.

La punta del recogedor había trazado una senda a través del polvo, llegando a marcar la madera. Las palabras inscritas eran trémulas e inciertas, pero totalmente legibles.

«Habéis sido traicionados».

Isaac se quedó boquiabierto, consternado. El constructo agitaba el pincho recogedor hacia él, girando a un lado y a otro el trozo de papel.

Los otros aún no habían leído el mensaje sobre el suelo, pero por la expresión de Isaac y el extraordinario comportamiento del constructo podían ver que algo extraño estaba sucediendo. Se incorporaron y se acercaron con curiosidad.

— ¿Qué pasa? —preguntó Derkhan.

—N-no sé… —murmuró él. El constructo parecía agitado, alternativamente golpeando el mensaje en el suelo y agitando el papel en el recogedor. Isaac se acercó, boquiabierto por el asombro, y la máquina estiró su brazo. Cauteloso, tomó el trozo de papel.

Mientras lo alisaba, David saltó de repente, horrorizado y angustiado. Recorrió en un instante la habitación.

—Isaac —gritó—. Espera… —Pero su amigo ya había leído el papel, sus ojos ya se habían abierto despavoridos por el mensaje. Dejó caer la mandíbula ante la gravedad de su significado, pero antes de que pudiera hacer nada Vermishank actuó.

Lemuel había quedado cautivado por el extraño drama del constructo y su atención había abandonado a su presa; Vermishank lo advirtió. Todos miraban a Isaac mientras este leía el papel que la máquina le había entregado. El viejo profesor saltó de la silla y corrió hacia la puerta.