Выбрать главу

Había olvidado que estaba cerrada con llave. Cuando tiró de ella y no se abrió, dejó escapar un indignado grito de pánico. En ese momento, David se alejó de Isaac y se retiró hacia Vermishank y la puerta. Isaac giró sobre sus talones hacia ellos, aún aferrando el papel. Los perforó a ambos con un odio lunático. Lemuel había visto su error y preparaba la pistola, cuando Isaac avanzó amenazador hacia el prisionero y bloqueó la línea de fuego.

— ¡Isaac! —gritó Lemuel—. ¡Aparta!

Vermishank advirtió que Derkhan se había puesto en pie, que David huía de Isaac, que el hombre encapuchado en la otra esquina se había incorporado y tenía las piernas y los brazos dispuestos en una extraña postura predadora. A Lemuel no alcanzaba a verlo, oculto tras la sombra amenazadora de Isaac.

Este pasaba la mirada de Vermishank a David rápidamente, agitando el papel.

— ¡Isaac! —volvió a gritar Lemuel—. ¡Apártate de en medio, joder!

Pero la rabia no le dejaba oír ni hablar. Todo era una cacofonía. Todos gritaban, exigiendo saber qué decía el papel, suplicando un disparo claro, gruñendo de rabia o chillando como un gran pájaro.

Isaac parecía dudar entre qué presa atrapar. David se estaba derrumbando, suplicándole que lo escuchara. Con un último e inútil tirón a la puerta, Vermishank se giró para defenderse.

Después de todo, era un adepto biotaumaturgo. Musitó un encantamiento y flexionó los invisibles músculos místicos que había desarrollado en sus brazos. Cerró la mano como un garfio ante la energía arcana que hacía que las venas del antebrazo sobresalieran como serpientes bajo la piel, cada vez más tensa.

Isaac tenía la camisa medio desabrochada, y Vermishank hundió su mano derecha a través de la carne descubierta bajo su cuello.

Isaac aulló de rabia y dolor al ceder su piel como espesa arcilla y hacerse maleable bajo las diestras manos del taumaturgo.

Vermishank excavaba sin elegancia a través de la carne poco dispuesta. Cerraba y abría los dedos, tratando de aferrar una costilla. Isaac apretó su muñeca y la retuvo, con el gesto torcido por el dolor. Era más fuerte, pero la agonía lo desarmaba.

Vermishank aullaba mientras peleaban.

— ¡Déjame marchar! —gritaba. No había pergeñado plan alguno, había actuado por miedo a morir, y se veía cometiendo un asesinato. No podía hacer otra cosa que arañar, buscando el pecho de Isaac.

A su espalda, David trataba de dar con su llave.

Isaac no conseguía desenterrar los dedos de Vermishank de su cuerpo, y el taumaturgo era incapaz de clavarlos más profundamente. Los dos permanecieron de pie, sacudiéndose, tirando el uno del otro. Tras ellos, la confusión de voces proseguía. Lemuel había apartado su silla de una patada y se desplazaba para conseguir un disparo claro. Derkhan corría hacia ellos y tiraba con violencia de los brazos de Vermishank, pero el hombre aterrado cerraba los dedos alrededor de la caja torácica de Isaac, y con cada tirón su víctima lanzaba un alarido de dolor. La sangre manaba de la piel de Isaac, desde los sellos imperfectos donde los dedos penetraban la carne.

Los tres forcejeaban y gritaban, salpicando sangre por el suelo, manchando a Sinceridad, que se alejó asustada. Lemuel apareció por encima del hombro de Isaac para disparar, pero Vermishank tiró de su presa, girándola como un grotesco guante y arrancando la pistola de las manos del hampón. El arma golpeó el suelo a una cierta distancia y derramó la pólvora negra. Lemuel maldijo y buscó rápidamente la caja con el detonante.

De repente, una figura encapuchada apareció junto al torpe trío de combatientes. Yagharek se echó hacia atrás la capucha y Vermishank se quedó clavado por los ojos redondos y duros, boquiabierto ante aquel rostro de pájaro predador. Pero, antes de que pudiera hablar, el garuda había hundido su terrible pico curvado en la carne del brazo derecho.

Perforó el músculo y los tendones con velocidad y vigor. Vermishank aulló al convertirse su brazo en pulpa destrozada y sanguinolenta. Retiró la mano del cuerpo de Isaac, quien vio cómo los orificios se sellaban imperfectos con un chasquido húmedo. Grimnebulin gritó agónico y se golpeó el pecho cubierto de sangre; la superficie maltrecha, marcada por los dedos, aún chorreaba escarlata.

Derkhan pasó los brazos alrededor del cuello de Vermishank, que se sujetaba a la ruina sangrante que era su antebrazo. La mujer lo alejó de ella y lo lanzó hacia el centro del almacén. El constructo rodó hasta situarse en su camino. El taumaturgo tropezó con él, cayó al suelo y cubrió la madera de sangre y alaridos.

Lemuel ya tenía la pistola preparada. Vermishank lo vio apuntándole y se preparó para suplicarle, rindiéndose. Levantó el brazo destrozado tembloroso, suplicante.

Lemuel apretó el gatillo. Se produjo un cavernoso crujido y una explosión de pólvora acre. Los gritos del brujo cesaron de inmediato. La esfera le acertó justo entre los ojos, un disparo de manual a una distancia lo bastante corta como para atravesarlo y volarle la tapa de los sesos, con una eflorescencia de sangre oscura.

Cayó hacia atrás y su cráneo fracturado golpeó la vieja tarima.

Las partículas de polvo giraron antes de posarse poco a poco. El cadáver de Vermishank temblaba.

Isaac se echó hacia atrás, se apoyó contra la pared y maldijo. Se apretó el pecho, que pareció alisarse. Se tocaba en un ineficaz intento por reparar los daños superficiales causados por los dedos invasores de Vermishank.

Dejó escapar un pálido grito de dolor.

— ¡Por los dioses! —escupió, observando con desprecio el cuerpo del taumaturgo.

Lemuel seguía apuntando la pistola. Derkhan temblaba. Yagharek se había retirado y observaba los acontecimientos, sus rasgos una vez más bajo la sombra de la capucha.

Nadie habló. El hecho del asesinato de Vermishank lo impregnaba todo. Había malestar y asombro, que no recriminación. Nadie lo querría traer de vuelta.

—Yag, viejo —croó Isaac—. Te la debo. —El garuda no hizo aprecio del comentario.

—Tenemos que… tenemos que sacarlo de aquí—dijo Derkhan con urgencia, pateando el cadáver—. Dentro de nada empezarán a buscarlo.

—Esa es la menor de nuestras preocupaciones —dijo Isaac, levantando la mano derecha. Aún sostenía el papel, ahora ensangrentado, que le había dado el constructo—. David se ha marchado —observó, señalando la puerta abierta. Miró a su alrededor con una mueca—. Se ha llevado a Sinceridad.

Le tiró el papel a Derkhan. Mientras lo desdoblaba, Isaac se acercó al pequeño constructo.

La periodista leyó la nota. Su rostro se endureció con disgusto y cólera. Lo levantó, de modo que Lemuel pudiera verlo. Tras un momento, Yagharek se acercó y lo leyó por encima del hombro del hampón, la capucha aún echada.

Serachin. Con relación a nuestro encuentro. El pago y las instrucciones están incluidos. Der Grimnebulin y sus asociados serán llevados ante la justicia el Día de la cadena, 8 de Tathis. La milicia lo aprehenderá en su residencia a las 9 de la noche. Debe asegurarse de que de Grimnebulin y todos cuantos trabajen con él estén presentes a partir de las 6 en punto. Usted estará presente durante el asalto, para evitar que las sospechas recaigan sobre su persona. Nuestros agentes tienen heliotipos con su rostro, sumado al hecho de que vestirá usted de rojo. Nuestros oficiales harán cuanto sea posible por evitar bajas, pero no es posible garantizarlo, de modo que su clara identificación es crucial.

Sally.

Lemuel parpadeó y alzó la mirada.

—Es hoy —dijo, parpadeando de nuevo—. Hoy es Día de la cadena. Vienen hacia acá.