—Pell se está quedando sin amigos —observó en voz baja Azov, mirando al cariacontecido Ayres—. Ahora la abandonan. La voluntad de los gobernados, señor embajador.
Ayres miró de soslayo a Azov.
—Hemos aceptado esa situación. La misión que yo encabecé nunca se propuso obstruir la voluntad de las personas residentes en estas zonas. Únicamente me siento inquieto por la seguridad de la estación Pell. Hablamos de millares de vidas, señor.
—Se trata de un asedio, señor Ayres. Les interrumpiremos los suministros y obstaculizaremos sus operaciones hasta que se sientan incómodos. —Azov volvió hacia Vittorio y le miró un momento—. Señor Lukas… hemos de evitar que accedan a los recursos mineros y al mismo Downbelow. Un ataque allí… es posible, pero desde el punto de vista militar sería costoso, como también lo serían sus efectos. Por eso nuestro procedimiento consiste en desenredar. Mazian tiene acogotado a Pell. En caso de que pierda dejará destrucción tras sí, se irá de Downbelow y de la misma estación, hacia las Estrellas Posteriores… hacia la Tierra. ¿Quiere que su precioso planeta natal sea utilizado como base por las naves de Mazian, señor Ayres?
Ayres le miró inquieto.
—Ah, es capaz de hacerlo —dijo Azov, sin apartar de Vittorio su mirada fría, penetrante—. Señor Lukas, en eso consiste todo su deber. Reunir información… disuadir a los mercaderes de que sigan comerciando. ¿Comprende? ¿Cree que está capacitado para ello?
—Sí, señor. Azov asintió.
—Ahora, señor Lukas, usted y el señor Jacoby nos permitirán que les excusemos.
Vittorio titubeó, un poco aturdido, percibiendo vagamente que se trataba de una orden y que la fría mirada de Azov no admitía la posibilidad de otras sugerencias. Se levantó de la mesa. Dayin lo hizo también y Ayres, Blass y Azov se quedaron reunidos en consejo. El capitán de la Hammer se preparó para recibir órdenes cuya naturaleza estaba deseando conocer.
Se habían perdido naves. Azov no había dicho toda la verdad. Había oído las habladurías de la tripulación. Faltaban transportes enteros. Y ellos iban a ser enviados al centro del conflicto.
Se detuvo donde la curva cerraba la zona de reunión, miró a Dayin y se sentó en un banco ante la mesa de la sala de la tripulación.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó a Dayin, por el que nunca había sentido demasiado afecto; pero un rostro familiar era un alivio en aquel lugar frío y en aquellas circunstancias.
Dayin asintió.
—¿Y tú? —Era más cortesía de la que generalmente había obtenido del tío Dayin.
—Bien.
Dayin se sentó frente a él.
—Dime la verdad —le preguntó Vittorio—. ¿Cuántas naves han perdido ahí afuera?
—Han recibido daños muy graves. Creo que Mazian les ha causado algunas bajas. Sé que faltan naves… Creo que los transportes Victory y Endurance han desaparecido.
—Pero la Unión puede construir más. Están pidiendo refuerzos. ¿Hasta cuándo va a seguir esto?
Dayin movió la cabeza y dirigió una mirada significativa hacia arriba. El zumbido de los ventiladores hacía que se diluyeran las conversaciones de las zonas vecinas, pero no evitaban que los sensibles aparatos de escucha recogieran todo lo que decían.
—Lo tienen acorralado —dijo entonces Dayin—. Pueden conseguir suministros indefinidamente, pero Mazian está inmovilizado ahí. Lo que Azov ha dicho es cierto. A la Unión le ha resultado muy costoso, pero a Mazian todavía más.
—¿Y qué me dices de nosotros?
—Francamente, prefiero estar aquí que en Pell.
Vittorio se echó a reír. Se le empañó la visión, sintió un súbito dolor en la garganta y agitó la cabeza.
—Lo he dicho en serio —dijo para aquellos que podrían estar escuchándoles—. Daré a la Unión todo lo mejor que tengo. Es lo mejor que me ha ocurrido jamás.
Dayin le miró de un modo extraño, con el ceño fruncido quizá comprendiendo lo que quería decir. Por primera vez en sus veinticinco años sintió una especie de afinidad con alguien. Le sorprendía que tuviera que ser Dayin, el cual tenía tres décadas más que él y una experiencia diferente. Pero un cierto tiempo en la Profundidad podía convertir en camaradas a los individuos más distintos, y quizá, pensó, quizá Dayin ya había efectuado su elección y Pell no era ya el hogar de ninguno de los dos.
XVIII
Pelclass="underline" Plataforma verde; 2000 h. d.; 0800 h. n.
El fuego alcanzó la pared. Damon se acurrucó más en el rincón que ocupaban, pero Josh le cogió y le hizo incorporarse de un salto para emprender una carrera, avanzando entre la muchedumbre despavorida que retrocedía desde el sector verde nueve a las plataformas. Un hombre resultó alcanzado por un disparo y rodó por el suelo a sus pies. Ellos saltaron por encima del cuerpo y siguieron corriendo, en la dirección en que querían dirigirles las tropas.
Residentes de la estación, fugados de la cuarentena… no había diferencia entre ellos. El fuego barría las estructuras de apoyo y las fachadas de las tiendas, explosiones silentes en el caos de gritos Los disparos iban dirigidos a las estructuras y no al vulnerable casco de la estación, pasaban por encima de sus cabezas, sobre aquella multitud en desbandada. Damon y Josh avanzaron más despacio al encontrarse en la plataforma blanca, y se abrieron paso entre la gente desorientada y presa de pánico que seguía corriendo. Los últimos que, en su terror, parecían pensar que continuaban los disparos. Damon atisbo un refugio entre las tiendas, junto a la pared interior, y se dirigió allí con Josh pisándole los talones. Llegaron al ancho umbral de un bar que había sido cerrado herméticamente contra los revoltosos, un lugar donde sentarse tranquilamente, donde no llegarían disparos hechos al azar.
Varios cuerpos estaban tendidos en la plataforma delante de ellos. No podía decir si llevaban allí algún tiempo o si acababan de caer. La visión de los cadáveres se había convertido en algo normal en las últimas horas. Hubo actos ocasionales de violencia mientras permanecieron sentados al abrigo de aquel umbral, peleas entre estacionados y posibles internos de cuarentena. La mayoría de la gente iba sin rumbo, a veces pronunciando nombres, padres en busca de sus hijos, amigos o parejas buscándose. A veces se producían alegres reuniones… y en una ocasión un hombre identificó a uno de los muertos y se puso a gritar y sollozar. Damon ocultó la cabeza entre los brazos. Finalmente algunas personas se llevaron a aquel hombre.
Y por fin los militares enviaron destacamentos de soldados con armadura a la zona, para reunir a los equipos de trabajo y ordenarles la recogida de los cadáveres para lanzarlos al vacío. Damon y Josh se acurrucaron en lo más profundo del amplio umbral y esquivaron aquella tarea; los soldados elegían a los activos e incansables.
Entonces los nativos salieron de sus escondites, tímidamente, con pasos precavidos y lanzando temerosas miradas a su alrededor. Se encargaron, sin que nadie se lo pidiera, de limpiar las cubiertas, frotando hasta eliminar los signos de la muerte, fieles a sus deberes cotidianos de limpieza y orden. Damon les miró con una débil esperanza, pues era la primera cosa buena que veía en muchas horas… el regreso de los afables nativos al servicio de Pell.
Dormitó un poco, como lo hicieron otros sentados en la zona de las plataformas, como lo hizo Josh a su lado, acurrucado contra el marco de la puerta. De vez en cuando lo despertaban los anuncios del comunicador general sobre horarios restaurados o la promesa de que se enviaría comida a todas las zonas.