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Comida. Aquel pensamiento empezaba a obsesionarle. No decía nada al respecto, pero se abrazaba las rodillas y sentía los miembros débiles a causa del hambre. Lamentó no haberse preocupado de comer antes, pues no estaba acostumbrado al ayuno. Como mucho se había saltado una comida en un día de intenso trabajo. En tales casos era una inconveniencia, un malestar, pero ahora empezaba a ser algo más, cambiaba su naturaleza, haciéndole oponer resistencia a todo. Jugaba con su mente, preveía nuevas dimensiones de sufrimiento. Si le capturaban y reconocían era probable que fuese en una cola para obtener comida; pero tenían que salir de su refugio para alimentarse, o se morirían de hambre. Su misma permanencia se hizo aún más evidente cuando el aroma de la comida se difundió por las plataformas y otros se movieron, cuando pasaron los carritos empujados por nativos. La gente los asaltaba, arrebatando cosas a gritos; pero entonces los escoltaron los soldados y cesó el desorden. Los carros de comida se iban aproximando. Damon y Josh se pusieron en pie, apoyados en el umbral del bar.

—Voy a salir —dijo finalmente Josh—. Quédate aquí. Diré que estás herido. Conseguiré suficiente comida para los dos.

Damon movió la cabeza. Estaba sudoroso, despeinado, vestido con un mono manchado de sangre. Si no podía cruzar la plataforma por temor al arma de un asesino o a que le reconociera un soldado, iba a volverse loco. Por lo menos no parecían pedir los documentos de identidad para repartir la comida. Tenía tres tarjetas, aparte de la suya propia que no se atrevería a usar. Josh tenía dos más la suya, pero las fotos no coincidían.

Era un acto sencillo: avanzar bajo la mirada de un guardia, coger un bocadillo frío y un envase de zumo de fruta tibio y retirarse. Pero cuando lo hizo regresó al refugio de la tienda con una sensación de triunfo, y se agachó allí para comer mientras Josh se le unía… Comió y bebió, sintiendo con aquel acto trivial como si hubiera pasado gran parte de la pesadilla, y se vio inmerso en una nueva realidad en la que ya no contaban los sentimientos humanos, sino sólo la cautela animal.

Oyó entonces el agudo y ondulante lenguaje de los nativos. El que empujaba el carrito de la comida hablaba con otros de su especie, al otro lado de la plataforma. Damon se sobresaltó; los nativos eran generalmente tímidos cuando las cosas estaban en calma a su alrededor. El soldado de escolta se inquietó también; bajó el rifle y miró a su alrededor. Pero no había nada, sólo sosiego, gente atemorizada y serios nativos de ojos redondos, que se habían detenido y ahora seguían con sus ocupaciones. Damon terminó el bocadillo mientras el carrito pasaba por la elevación curva de la plataforma en dirección al sector verde.

Un nativo se acercó a ellos, arrastrando una caja en la que echaba los recipientes de plástico. Josh le miró inquieto mientras el nativo tendía la mano, y él le entregaba los envoltorios. Damon echó los suyos en la caja y alzó la vista asustado cuando el nativo posó suavemente una mano en su brazo.

—Tú Konstantin-hombre.

—Vete —susurró él ásperamente—. No digas mi nombre, nativo. Me matarán si me descubren. Calla y márchate rápido.

—Yo Dienteazul. Dienteazul, Konstantin-hombre.

—Dienteazul —recordó él. Los túneles, el nativo al que habían disparado. Los fuertes dedos del nativo le apretaron más.

—Nativa de nombre Lily nos envió a Sol-su-amiga, tú llamas «Licia». Envió a nosotros para parar a los Lukas, no entrar en su morada. Te amo, Konstantin-hombre. «Licia» segura, nativos rodean a ella, mantienen a salvo. Te llevamos, ¿quieres?

A Damon le costó respirar por unos instantes.

—¿Viva? ¿Está viva?

—«Licia» segura. Envió a buscarte, para estar seguro con ella.

Damon trató de pensar, aferrado a la mano peluda, mirando fijamente los ojos redondos y marrones, deseando saber mucho más de lo que podía decirle el nativo en su inglés chapurreado.

—No, no. Ella correrá peligro si vamos allí. Hombres-con-armas, ¿entiendes, Dienteazul? Los hombres me buscan. Dile… dile a Alicia que estoy a salvo. Dile que me escondo y que Elene se marchó con las naves. Todos estamos bien. ¿Me necesita, Dienteazul? ¿Me necesita?

—Segura en lugar. Nativos con ella, todos los nativos aquí arriba. Lily con ella. Satén con ella. Todos, todos.

—Dile… dile que la quiero. Dile que tanto Elene como yo estamos bien. Te amo, Dienteazul.

Los brazos marrones le abrazaron. Él también abrazó fervorosamente al nativo y éste le dejó y se escabulló como una sombra, dedicándose rápidamente a recoger desperdicios mientras se alejaba. Damon miró a su alrededor, temeroso de que pudieran haberles observado, pero no encontró otra cosa que la mirada asombrada de Josh. Él desvió la vista, se enjugó los ojos con el brazo que descansaba sobre su rodilla. El aturdimiento disminuyó y empezó a sentir miedo de nuevo. Tenía algo por lo que temer, alguien a quien aún podían dañar.

—Tu madre —dijo Josh—. ¿Hablaba de ella? Él asintió sin hacer comentarios.

—Me alegro de que esté bien —le dijo el joven sinceramente.

Damon asintió por segunda vez. Parpadeó, tratando de pensar, sintiendo como si su cerebro estuviera sometido a continuas sacudidas que le harían perder el juicio.

—Damon.

Él alzó la vista y miró en la dirección de la mirada de Josh. Surgían del horizonte pelotones de soldados, procedentes de la plataforma verde, en formación, con aspecto de disponerse a alguna acción inmediata. Lentamente, disimulando, Damon se levantó, se sacudió la ropa y se volvió de espaldas a la plataforma para proporcionar cobertura a Josh mientras se incorporaba. Con el mayor disimulo empezaron a dirigirse en la dirección contraria.

—Parece que van a reunirse aquí —dijo Josh.

—No corremos peligro —le aseguró Damon. No eran los únicos en movimiento. El corredor de la sección blanca no estaba lejos. Avanzaron entre otros que parecían tener el mismo motivo, encontraron un lugar público para descansar cerca de uno de los bares que estaba en la esquina del nivel blanco noveno. Josh dobló la esquina y Damon le siguió. Ambos descansaron un momento y prosiguieron su camino, a paso normal. Había guardias apostados en las intersecciones del corredor con la plataforma, pero no hacían nada, sólo mirar. Siguieron caminando por el nivel noveno y se detuvieron ante una unidad pública de comunicación.

—Tápame —dijo, y Josh se inclinó contra la pared entre ellos y la abertura del nivel noveno, donde estaban los guardias.

—Voy a ver qué tarjetas tenemos, cuántos créditos y quienes eran sus propietarios. No necesito mi propia tarjeta de dirigente para hacerlo, sólo un número de registro.

—De una cosa estoy seguro —dijo Josh en voz baja—, y es de que no parezco un ciudadano de Pell. Y tu cara…

—Nadie quiere que se fijen en él; nadie puede entregarnos sin hacerse notar. Eso es lo mejor que tenemos. Todo el mundo quiere pasar desapercibido.

Colocó la primera tarjeta en la ranura y oprimió las teclas. Altener, Leslie, 789,90 créditos en cuenta, casado, un hijo, empleado, concesión de ropas. Se guardó aquella tarjeta en el bolsillo, pues no quería robar a los supervivientes. Lee Antón Quale, soltero, tarjeta de personal en la Compañía Lukas, con permiso de circulación restringido, 8967,89 créditos… una cantidad sorprendente para semejante hombre. William Teal, casado, sin hijos, jefe de carga, 4567,67 créditos, permiso de circulación en los almacenes.

—Veamos las tuyas —le dijo a Josh.

Este le entregó sus tarjetas y Damon introdujo la primera febrilmente en la ranura, preguntándose si tantas solicitudes seguidas desde una terminal pública no pondrían sobre aviso a los operadores de la central de ordenadores. Secil Sazony, soltero, 456,78 créditos, maquinista y cargador en ocasiones, privilegios en los aposentos del personal; Louis Diban, divorciado tras cinco años de matrimonio, sin personas a su cargo, 3421,56, capataz de equipo de plataforma. Se metió las tarjetas en el bolsillo y echó a andar seguido por Josh, el cual llegó a su altura al doblar una esquina que les dio acceso a un cruce de pasillos. Torcieron a la derecha y encontraron un almacén. Todas las plataformas eran idénticas en los corredores centrales e inevitablemente había en todas un almacén de mantenimiento. Damon encontró la puerta, de la que habían desprendido los indicativos, utilizó la tarjeta del capataz para abrirla y encendió las luces. Había ventilación en aquel almacén de papel, artículos de limpieza y herramientas. Josh entró tras él y oprimió el botón para cerrar la puerta.