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—Un agujero donde escondernos —le dijo, y se guardó la tarjeta que había usado, pensando que era la mejor de las llaves que poseían.

—Vamos a quedarnos aquí y, pasadas unas horas, entraremos en turno de día. Dos de las tarjetas pertenecían a personas de ese turno, solteras, con permisos de circulación en las plataformas. Sentémonos. Las luces se apagarán enseguida. No podemos mantenerlas encendidas… El ordenador descubrirá que hay luz en un almacén y nos delatará… Es muy económico.

—¿Estamos seguros aquí?

Damon rió amargamente, se sentó, apoyándose en la pared, las piernas dobladas a fin de hacerle sitio a Josh frente a él entre la multitud de bultos. Aún tenía el arma en el bolsillo, y la palpó para asegurarse de su presencia. Aspiró hondo.

—No hay ningún lugar seguro.

La cara de ángel estaba manchada de grasa, el pelo revuelto. Josh parecía aterrado, además de exhausto, aunque había sido su instinto lo que les habían salvado bajo el fuego. Entre los dos, uno conociendo los accesos y el otro con los reflejos adecuados, constituirían un considerable problema para Mazian.

—Antes te han disparado —le dijo—. No sólo en una nave… más cerca de aquí. ¿Lo sabes?

—No lo recuerdo.

—¿De veras?

—He dicho que no.

—Conozco la estación, cada agujero, cada pasadizo; y si los transbordadores empiezan a moverse de nuevo, si las naves empiezan a ir y venir de las minas, utilizaremos las tarjetas para acercarnos lo suficiente a las plataformas, unirnos a un equipo de carga, introducirnos en una nave…

—¿Y adonde iremos entonces?

—A Downbelow, o a las minas de los asteroides. En ninguno de esos lugares nos harán preguntas. —Era un sueño que creaba a fin de consolarse y consolar a Josh—. O tal vez Mazian decida marcharse de Pell. Todo es posible.

—Antes de irse destrozaría la estación, y las instalaciones de Downbelow con ella. ¿Querría dejar a la Unión una base que usarían contra él cuando retrocediera?

Aquella verdad, que ya conocía, hizo fruncir el ceño a Damon.

—¿Tienes una mejor sugerencia sobre lo que deberíamos hacer?

—No.

—Podría entregarme, negociar para recuperar el control, evacuar la estación.

—¿Crees que eso es viable?

—No, —Era algo que ya había descartado—. No lo creo. Las luces se apagaron. El ordenador las había cerrado. Sólo continuó la ventilación.

XIX

Pelclass="underline" Central de la estación; 2130 h. d.; 0930 h. n.

Pero no hay necesidad —dijo Porey en voz baja, implacable su rostro moreno cruzado por una cicatriz—. No necesitamos ya su presencia, señor Lukas. Ha cumplido usted con su deber cívico. Ahora vuelva a sus aposentos. Uno de mis hombres se encargará de que llegue allí con seguridad.

Jon miró a su alrededor en el centro de control, a los soldados que estaban allí, con los seguros de sus rifles levantados, la mirada fija en el nuevo turno de técnicos que manejaban los controles, mientras los demás dormían bajo custodia. Hizo acopio de valor para transmitir órdenes al jefe de ordenadores, se detuvo en seco cuando un soldado hizo un movimiento preciso, el leve crujido de la armadura, el rifle apuntándole.

—Señor Lukas —dijo Porey—. Tenemos la norma de disparar contra quienes ignoran las órdenes.

—Estoy cansado —dijo él nerviosamente—. Me alegro de irme, señor. No necesito escolta.

Porey hizo un gesto. Uno de los soldados que estaban junto a la puerta se hizo cortésmente a un lado, dejándole pasar. Jon salió, el soldado tras él, luego a su lado imponiéndole una compañía no deseada. Pasaron junto a otros soldados que montaban guardia en el tranquilo sector azul uno, que mostraba las huellas de los disturbios.

Estaban ensamblando más naves de la Flota. Se habían aproximado en un perímetro más estrecho, decidiendo finalmente ensamblar en las plataformas, lo cual le parecía a Lukas una locura de los militares, un riesgo que no comprendía. El riesgo de Mazian, y el suyo propio. Y el de Pell, porqué Mazian había vuelto.

Era posible que hubieran castigado seriamente a la Unión, aunque le resultaba difícil creerlo. Tal vez había cosas mantenidas en secreto. Puede que se produjera un retraso en la toma de la estación por parte de las fuerzas unionistas. Le preocupaba pensar que el dominio de Mazian podría prolongarse.

De repente salieron unos soldados del ascensor en el sector azul uno, soldados que exhibían una insignia distinta. Le interceptaron y presentaron a su escolta un papel.

—Venga con nosotros —le ordenó uno de ellos.

—He recibido instrucciones del capitán Porey… —objetó, pero otro hombre le empujó con el cañón de su pistola y le hizo avanzar hacia el ascensor. Europe, decían sus insignias. Tropas de la Europe. Mazian había llegado.

—¿Adónde vamos? —les preguntó presa del pánico. Habían dejado atrás al soldado de la África—. ¿Adónde me llevan?

No obtuvo respuesta. Era una intimidación deliberada. Sabía a donde iban… sus sospechas se confirmaron cuando, tras descender en el ascensor, le acompañaron por el corredor del sector azul nueve a las plataformas, hacia el brillante tubo de acceso de una nave ensamblada.

Nunca había estado a bordo de una nave de guerra. Estaba tan abarrotada como un carguero, y Lukas sintió claustrofobia. Los rifles en manos de los soldados a su espalda no le hacían sentirse mejor, y cada vez que titubeaba, al girar a la izquierda, al entrar en el ascensor, le empujaban con los cañones de las armas. Se sentía enfermo de miedo.

No le abandonaba la idea de que lo sabían. Trataba de persuadirse de que lo habían llevado allí por cortesía militar, que Mazian había decidido reunirse con él en su condición de nuevo jefe de la estación y que quería jactarse o intimidarle. Pero en aquel lugar podrían hacer lo que quisieran. Podían arrojarle al vacío espacial a través de un conducto de evacuación de basuras, y sería indistinguible de los centenares de cadáveres que ahora flotaban a la deriva, congelados, y que constituían una molestia en la vecindad de la estación. Un vehículo recogedor espacial tenía que actuar sobre toda aquella materia congelada y arrojarla lejos. No, habría la menor diferencia. Lukas trató de serenarse para mantener sus reflejos en funcionamiento, pues serían su única posibilidad de sobrevivir.

Le hicieron salir del ascensor a un pasillo vigilado por soldados, y entraron en una sala más amplia que las anteriores, con una mesa redonda ante la que no se sentaba nadie. Le obligaron a sentarse en una de las sillas y se quedaron esperando con los rifles sobre sus brazos.

Entró Mazian, con un uniforme azul oscuro sin ningún distintivo, el rostro ojeroso. Jon se puso en pie, en señal de respeto. Conrad Mazian le hizo un gesto para que se sentara de nuevo. Entraron otros que fueron ocupando sus lugares alrededor de la mesa, oficiales de la Europe, ninguno de los capitanes. La mirada de Jon iba de uno a otro.