—Jefe de estación en funciones —dijo Mazian en tono sosegado—. Veamos, señor Lukas, ¿qué le ocurrió a Angelo Konstantin?
—Murió —dijo Jon, haciendo lo posible para que sus reacciones no resultaran sospechosas—. Los alborotadores invadieron las oficinas de la estación. Le mataron junto con todo su personal.
Mazian se limitó a mirarle, con expresión inescrutable. Jon sudaba.
—Creemos que puede haber existido una conspiración —continuó Jon, adivinando los pensamientos del capitán… el ataque a los demás oficiales, la apertura de la puerta de cuarentena, el cronometraje de todo ello—. Estamos investigando.
—¿Qué han descubierto?
—Nada todavía. Sospechamos la presencia de agentes de la Unión que de algún modo se infiltraron en la estación mientras se procesaba a los refugiados. Puede que dejaran pasar a algunos porque tenían amigos o parientes en cuarentena. Aún no comprendemos cómo pudieron pasar los contactos. Sospechamos confabulación con los guardias de barrera… conexiones de mercado negro.
—Pero no han encontrado nada todavía.
—Aún no.
—Y no descubrirán nada pronto, ¿verdad, señor Lukas?
El corazón empezó a latirle muy fuerte. Se esforzó para que el pánico no se reflejara en su rostro. Creyó que lo conseguía.
—Pido disculpas por la situación, capitán, pero hemos estado bastante ocupados, enfrentándonos a la revuelta, con los daños sufridos por la estación… trabajando últimamente a las órdenes de sus capitales Mallory y…
—Sí. Una buena jugada, los medios que utilizó usted para eliminar los disturbios de los corredores. Pero la revuelta ya había amainado por entonces, ¿no es cierto? Creo que se dejó pasar a residentes de cuarentena a la central.
A Jon le costaba respirar. Se hizo un silencio prolongado. No se le ocurría nada que decir. Mazian hizo una señal a uno de los guardias apostados junto a la puerta.
—Estábamos en crisis —dijo Jon, cualquier cosa para llenar aquel terrible silencio—. Puede que haya actuado arbitrariamente, pero se nos presentó una oportunidad de controlar una situación peligrosa. Sí, traté con el consejero de esa zona, el cual no creo que estuviera implicado en la situación, pero su autoridad podía calmar los ánimos… no había nadie más en el…
—¿Dónde está su hijo, señor Lukas? Él se quedó mirándole en silencio.
—¿Dónde está su hijo?
—En las minas. Lo envié a las minas en un carguero de pequeño tonelaje. ¿Está bien? ¿Ha tenido noticias suyas?
—¿Por qué lo envió, señor Lukas?
—Francamente, para mantenerlo lejos de la estación.
—¿Por qué?
—Porque últimamente había estado al frente de las oficinas de la estación mientras yo estaba en Downbelow. Al cabo de tres años surgieron ciertos problemas con respecto a lealtades y autoridades y canales de comunicación en las oficinas que tiene aquí la compañía. Pensé que una breve ausencia ayudaría a solucionar las cosas, y quería tener a alguien allá en las minas que pudiera hacerse cargo si se interrumpían las comunicaciones. Una jugada política, por razones internas y por seguridad.
—¿No fue para equilibrar la presencia en la estación de un hombre llamado Jessad?
Tuvo la sensación de que se le iba a detener el corazón. Movió la cabeza con calma.
—No sé de qué me habla, capitán Mazian. Si tiene la bondad de decirme cuál es la fuente de su información…
Mazian hizo un gesto y alguien entró en la sala. Jon alzó la vista y vio a Bran Hale, el cual desvió la mirada.
—¿Se conocen ustedes? —preguntó Mazian.
—Este hombre estaba confinado en Downbelow por mala administración y motín. Tuve en cuenta su historial y le contraté. Me temo que fue una equivocación otorgarle mi confianza.
—El señor Hale se acercó a la África con la idea de enrolarse… Afirmó que tenía cierta información. Pero usted niega totalmente conocer a un hombre llamado Jessad.
—Que el señor Hale hable por sus propios conocidos. Esto no es más que una invención.
—¿Y un tal Kressich, consejero de cuarentena?
—Como le he explicado, el señor Kressich estaba en el centro de control.
—También lo estaba ese Jessad.
—Podría haber sido uno de los guardias de Kressich. No le pregunté sus nombres.
—¿Qué dice usted, señor Hale?
El rostro de Bran Hale se ensombreció.
—Me atengo a lo que he dicho, señor.
Mazian asintió lentamente y sacó lentamente su pistola. Jon se echó atrás en un movimiento brusco, y los hombres a su espalda le hicieron sentarse de nuevo con violencia. Se quedó mirando la pistola, paralizado.
—¿Dónde está Jessad? ¿Cómo efectuó el contacto con él? ¿Adónde puede haber ido?
—Esta ficción de Hale es…
Mazian alzó el seguro de la pistola, con un ruido leve y mortífero.
—Me amenazó —dijo Jon con voz entrecortada—. Me amenazó para que cooperase. Se apoderaron de un miembro de mi familia.
—Así que le entregó a su hijo.
—No tuve alternativa.
—Hale —dijo Mazian—. Usted, sus compañeros y el señor Lukas pueden ir al compartimiento vecino. Y grabaremos todo lo que digan. Les dejaremos a usted y al señor Lukas solucionar su discusión en privado, y cuando lo hayan resuelto, volverán aquí de nuevo.
—No —dijo Jon—. No. Le daré la información, todo lo que sé.
Mazian rechazó la oferta agitando una mano. Jon intentó aferrarse a la mesa. Los hombres a su espalda le pusieron en pie. Él se resistió, pero se lo llevaron, cruzando la puerta, al corredor. El equipo de Hale estaba allí afuera.
—Hará lo mismo con ustedes —gritó Jon en dirección a la sala donde seguían reunidos los oficiales de la Europe—. Acéptenlo y les servirá de la misma manera. ¡Está mintiendo!
Hale le cogió del brazo y le llevó a la habitación que les aguardaba. Los demás entraron tras ellos. La puerta se cerró.
—Estás loco —dijo Jon—. Estás loco, Hale.
—Has perdido —replicó Hale.
XX
Mercante Finity’s End: Espacio profundo; 2200 h. d.; 1000 h. n.
El parpadeo de las luces, el ruido de los ventiladores, el borboteo ocasional de comunicaciones desde otras naves… todo aquello tenía una familiaridad que era como un sueño, como si Pell nunca hubiera existido, como si estuviera de nuevo en la Estelle y la gente que la rodeaba pudiera volverse y presentarle unos rostros familiares, conocidos desde su infancia. Elene se abrió paso a través del abarrotado centro del control de la Finity's End y se introdujo en el hueco de una consola colgante para obtener una visión del radar. Todavía tenía sus sentidos embotados por las drogas. Se llevó una mano al vientre, sintiendo unas nauseas desacostumbradas. El salto no le haría daño alguno al feto. Las mujeres de los mercantes habían demostrado una y otra vez la fuerza de su constitución y su tolerancia a las tensiones que se sucedían durante toda su vida. Las nueve décimas partes de sus molestias se debían a los nervios, pues las drogas no eran demasiado fuertes. No perdería el bebé, ni siquiera pensaría en esa posibilidad. Poco después, su pulso, que se había acelerado por el breve desplazamiento desde la cámara principal, se serenó de nuevo y las oleadas de náusea cedieron. Observó las nuevas señales en la pantalla. Los mercantes se aproximaban, deslizándose sin energía, al punto de gravedad nula, de manera similar a su partida de Pell, a fin de avanzar en el espacio real tan velozmente como pudieran para ir por delante de las naves que avanzaban como una ola hacia una playa. Bastaría que algún piloto se equivocara y entrase en el espacio real demasiado cerca del punto para que tanto ellos como el recién llegado dejasen de existir, convertidos en una miríada de fragmentos. Elene siempre había pensado que aquel destino era especialmente desagradable. Durante los próximos minutos seguirían corriendo aquel riesgo.