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Pero ahora llegaban en número cada vez mayor, abriéndose paso hasta aquel refugio en un orden razonable. Era posible que hubieran perdido algunas naves al atravesar la zona de batalla. Ella no sabría decirlo.

La náusea la afectó de nuevo. Iba y venía con cierta regularidad. Tragó saliva varias veces, decidida a hacer caso omiso, y miró desazonada a Neihart, el cual había dejado los controles de la nave a su hijo y se acercaba a verla.

—Tengo una proposición —le dijo ella tragando saliva varias veces más—. Déjeme de nuevo el comunicador. No podemos correr desde aquí. Mire lo que hay detrás de nosotros, capitán. La mayor parte de los mercantes que transportaban cargas para las estaciones de la Compañía. Somos muchos, ¿no le parece? Y si nos lo proponemos, podemos conseguir más.

—¿Qué se le ocurre?

—Que nos defendamos y salvaguardemos nuestros intereses, que empecemos a preguntarnos en serio lo que estamos haciendo antes de desperdigarnos por ahí. Hemos perdido las estaciones a las que servíamos. Y estamos dejando que la Unión nos absorba, que nos imponga su voluntad… ¿por qué estamos pasados de moda si nos comparamos con sus nuevas naves militares? Esa es la idea que podríamos producirles si les pedimos licencia para servir a sus estaciones. Pero mientras las cosas estén inseguras tenemos voz y voto, y apuesto a que algunos de los llamados mercantes de la Unión se dan cuenta también de lo que les espera, tan claramente como nosotros. Podemos interrumpir el comercio con todos los planetas y estaciones, podemos dejarlos aislados. Llevamos medio siglo dejándonos avasallar, Neihart, medio siglo siendo el blanco de cualquier nave de guerra que no está de humor para respetar nuestra neutralidad. ¿Y qué conseguiremos cuando los militares lo tengan todo? ¿Quiere darme acceso al comunicador?

Neihart reflexionó un largo momento.

—Cuando las cosas vayan mal, Quen, se sabrá en todas partes cuál fue la nave que incitó a la revuelta. Tendremos problemas.

—Lo sé —dijo con voz ronca—. Pero aún así se lo pido.

—Puede disponer del comunicador si lo desea.

XXI

Pelclass="underline" Plataforma azul; a bordo de la Norway; 2400 h. d.; 1200 h. n.

Signy se volvió inquieta y chocó con un cuerpo dormido, un hombro, un brazo inerte. Por un momento no pudo recordar quién era, todavía confusa por el sueño. Finalmente pensó que era Graff. Volvió a tenderse, apoyada cómodamente en él. Habían terminado juntos su turno. Mantuvo un instante la mirada fija en la oscura pared, la hilera de cajones bajo la tenue luz procedente de un lugar situado sobre su cabeza. No le gustaban las imágenes que se proyectaban en sus párpados, cuando cerraba los ojos, las sombras de la muerte que no podía apartar de su memoria…

Pell era suyo. Las naves Atlantic y Pacific efectuaban su patrulla solitaria con todas las naves auxiliares de la flota, por lo que la capitana y su segundo se atrevían a dormir. Signy deseaba vivamente que la Norway estuviera de patrulla. El pobre Di Janz tenía el mando en las plataformas y dormía en el acceso delantero cuando podía conciliar el sueño. Sus soldados estaban esparcidos por las plataformas, de mal talante. Diecisiete de ellos habían resultado heridos y nueve muertos durante los disturbios de la cuarentena, lo cual no contribuía a mejorar su estado de ánimo. Hacían guardia por turnos, pero no tenían otros planes. Cuando llegaran las naves de la Unión, subirían a bordo y la Flota reaccionaría tal como lo había hecho en lugares cuyas posibilidades eran tan malas como allí… Fuego contra los objetivos alcanzables y mantener abiertas las restantes opciones tanto tiempo como fuera posible. Era una decisión de Mazian, no suya.

Finalmente cerró los ojos y exhaló un apacible suspiro. Graff se movió contra ella y quedó inmóvil de nuevo, una amistosa presencia en la oscuridad.

XXII

Pelclass="underline" Sector azul uno, número 0475; 2400 h. d.; 1200 h. n.

Duerme —dijo Lily.

Satén aspiró hondo y se rodeó las rodillas con los brazos. Habían complacido a Sol-su-amiga. La Soñadora había llorado de alegría al oír la noticia que Dienteazul le había traído: Konstantin-hombre y su amigo estaban a salvo… Era tan asombroso ver las lágrimas correr por aquel rostro sereno… Y los hisa se sintieron muy apenados hasta que comprendieron que las lágrimas eran de felicidad. Ahora brillaban los ojos oscuros y vivaces, y todos se habían apiñado para verlos. «Os quiero», había susurrado la Soñadora. «Os quiero a todos.» Y añadió: «Mantenedle a salvo.»

Entonces sonrió al fin y cerró los ojos.

—Sol-brilla-a-través-de-las-nubes. —Satén dio un suave codazo a Dienteazul, y éste, que se había aplicado a acicalarse, procurando en vano poner en orden su pelaje por respeto al lugar, la miró—. Vuelve y vigila a ese joven Konstantin-hombre. Los hisa de ahí arriba son otra cosa; tú eres muy rápido, muy listo cazador de Downbelow. Le observas. Anda, vete.

—Bien —accedió Lily—. Bien, manos fuertes. Vete.

Él se volvió tímidamente, como joven macho que era, pero los otros se apartaron haciéndole sitio. Satén le miró con orgullo, porque hasta los viejos desconocidos se daban cuenta de su valía. Y era cierto: su amigo tenía un ingenio agudo y rápido. Tocó a los Viejos y a ella, y luego con pasos silenciosos abandonó la reunión.

Y la Soñadora durmió, segura entre los hisa, aunque por segunda vez los humanos habían luchado contra otros humanos y el mundo seguro de allá arriba se había balanceado como una hoja en la corriente del río. El Sol la miraba, y las estrellas todavía ardían a su alrededor.

XXIII

Downbelow; 10/11/52; día local

Los camiones avanzaron lentamente a través de la zona despejada, solitaria, las cúpulas abatidas, los almacenes vacíos y, por encima de todo, el silencio de los compresores que era la señal inequívoca de abandono. Era la base número uno, el primer campamento después de la base principal. Un ligero viento hacía oscilar las puertas abiertas. Ahora la cansada columna caminaba dispersa, todos mirando la desolación, y Emilio lo contempló sintiendo una punzada en el corazón, porque él había ayudado a construir lo que ahora era una ruina. No había la menor señal de que habitara alguien allí. Se preguntó hasta dónde habrían llegado carretera abajo, y cuál sería su situación.

—¿Los hisa vigilan aquí también? —le preguntó a Saltarín, casi el único hisa que permanecía con la columna, junto a él y a Miliko.

—Nuestros ojos ven —respondió Saltarín, lo cual le dijo a Emilio menos de lo que quería saber.

—Señor Konstantin. —Un hombre llegó a su lado desde la cola de la columna, un trabajador de cuarentena—. Tenemos que descansar, señor Konstantin.

—Después de atravesar el campamento —le prometió él—. Hemos de hacer lo posible para no permanecer en campo descubierto. ¿De acuerdo?

El hombre permaneció inmóvil, dejando que pasara la columna hasta que llegó su propio grupo. Emilio dio una palmadita en el hombro de Miliko y anduvo con más rapidez hacia los dos vehículos oruga que encabezaba la comitiva; rebasó a uno en el claro, y alcanzó al otro cuando llegaban a los últimos tramos de la carretera, llamó la atención del conductor y le hizo señas para que se detuviera medio kilómetro más adelante. Entonces se paró y dejó que la columna avanzara hasta que Miliko se reunió con él. Se daba cuenta de que algunos de los trabajadores de más edad y los niños podrían hallarse en los límites de sus fuerzas. Aunque caminaran con los respiradores puestos, no podían aguantar un esfuerzo sostenido durante tantas horas. Se detenían para descansar y las peticiones de hacer un alto eran cada vez más frecuentes.