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Empezaron a dispersarse, algunos quedándose demasiado rezagados. Emilio llevó a Miliko a un lado y observó el paso de la columna.

—Descansaremos más adelante —iba diciendo a cada grupo que cruzaba ante él. Seguid avanzando hasta que lleguemos allí.

Poco después llegó el final de la columna, una hilera de caminantes extenuados que iban a la zaga. Los más viejos, pacientes y tenazmente decididos y un par de miembros del personal que iban en último lugar.

De repente apareció otro miembro del personal que venía del otro extremo de la hilera, corriendo, tropezando con otros que le hacían preguntas. Emilio y Miliko corrieron hacia él.

—Hemos recibido un mensaje a través del comunicador —dijo el hombre jadeando, y Emilio siguió corriendo por el inclinado margen de la carretera, doblando las curvas bordeadas de árboles, hasta que vio los camiones y la gente reunida alrededor de ellos. Se abrió paso entre la multitud, hacia el camión delantero, en el que estaba sentado Jim Ernst con el ordenador y el generador. Subió a la caja del camión, pasó entre los equipajes, los fardos y los viejos que no podían caminar, hasta llegar al lado de Ernst, y se quedó inmóvil mientras Ernst se volvía hacia él, apretando con una mano el auricular a su oreja, con una expresión en los ojos que sólo prometía desgracia.

—Muerto —dijo Ernst—. Tu padre… Disturbios en la estación.

—¿Y mi madre y mi hermano?

—No hay noticias, ni tampoco de otras bajas. Es un mensaje militar, de la Flota de Mazian. Quieren ponerse en contacto con nosotros. ¿Respondo?

Estremecido, aspiró hondo, consciente del silencio que se había hecho a su alrededor, de la gente que le miraba, entre ellos un puñado de residentes de la cuarentena cuyas miradas eran tan solemnes como las imágenes de los hisa.

Alguien más subió a la caja del camión y se acercó a él, rodeándole con un brazo. Era Miliko y él agradeció su presencia. El cansancio y la conmoción le hacían estremecerse. Ya había previsto que ocurría aquello; ahora tenía la confirmación.

—No, no respondas —ordenó. Se alzaron murmullos entre la multitud. Se volvió a ellos—: No hay noticias de más víctimas —les gritó, ahogando los rumores—. Ernst, diles lo que has recibido.

Ernst se puso en pie y se lo dijo. Emilio abrazó a Miliko, cuyos padres y hermana estaban allá arriba, sus primos y tíos. Los Dee podrían sobrevivir o morir sin que lo registraran los mensajes. Había más esperanza para ellos. No eran objetivos a eliminar como los Konstantin.

La Flota había controlado la estación e impuesto la ley marcial. La cuarentena… Ernst titubeó y luego prosiguió tenazmente, ante todos los rostros alzados hacia él… La cuarentena se había rebelado y se habían escapado de su sección, con destrucción y pérdida de vidas, tanto de internos como de estacionados.

Uno de los viejos internos de cuarentena lloraba. Emilio pensó entristecido que quizá también ellos tenían por quien preocuparse.

Miró hilera tras hilera de rostros serios, los de su propio personal y los trabajadores, los miembros de cuarentena y algunos hisa. Ahora nadie se movía ni decía nada. No había más que el viento entre las hojas y el rumor del río más allá de los árboles.

—Así que van a venir aquí —dijo esforzándose por mantener la voz firme—. Volverán y querrán que les cultivemos la tierra y trabajemos en los molinos y los pozos, y la Compañía y la Unión seguirán luchando, pero no ya por Pell, que ya no estará en sus manos, sino que podrán apoderarse de lo que cultivemos para llenar sus bodegas. Si nuestra propia Flota viene aquí y nos hace trabajar a punta de pistola… ¿qué ocurrirá cuando la Unión venga después de ellos? Querrán más y más trabajo, y ninguno de nosotros podrá intervenir para nada en lo que ocurra en Downbelow. Volved si queréis, trabajad para Porey hasta que llegue aquí la Unión. Pero yo sigo adelante.

—¿Adónde, señor?

Quien le formuló la pregunta era el muchacho, cuyo nombre había olvidado, aquel al que Hale había intimidado el día del motín. Su madre estaba con él, rodeándole con un brazo. No se trataba de desafío sino de un sincero deseo de saber.

—No lo sé —admitió Emilio—. A cualquier lugar seguro a que nos lleven los hisa, si existe alguno, para estar allí, excavar y vivir. Cultivar para nosotros mismos.

Un murmullo se extendió entre ellos. El temor era siempre un sentimiento omnipresente en aquellos que no conocían Downbelow, temor a la tierra, a los lugares donde el hombre estaba en minoría. Los hombres que no se preocupaban de los hisa en la estación, les temían en el campo abierto porque allí dependían de ellos. La pérdida de un respirador, un fallo… En Downbelow se moría por cosas así. El cementerio situado en la base principal había crecido al mismo ritmo que el campamento.

—Los hisa jamás han hecho daño a los humanos —les dijo de nuevo—. Y eso a pesar de las cosas que hemos hecho, a pesar de que aquí somos extraños. —Bajó del camión, golpeó los blandos surcos de la carretera, alzó las manos a Miliko, sabiendo que ésta, por lo menos, estaba de su parte. Ella bajó sin decir nada—. Podemos dejaros en el campamento anterior. Al menos haremos eso por aquellos que quieran arriesgarse a trabajar para Porey. Y pondremos en funcionamiento los compresores.

—Señor Konstantin.

Emilio alzó la vista. Era una de las mujeres ancianas, desde la caja del camión.

—Soy demasiado vieja para trabajar tanto, señor Konstantin. No quiero quedarme atrás.

—Muchos de nosotros seguiremos adelante —dijo un hombre.

—¿Alguien desea volver? —preguntó uno de los capataces de la cuarentena—. ¿Es necesario que hagamos volver a uno de los camiones con alguien?

Se hizo un silencio. Las cabezas se agitaron. Emilio los miró a todos, fatigado.

—Saltarín —dijo a uno de los hisa que esperaban al borde del bosque—. ¿Dónde está Saltarín? Lo necesito.

Saltarín salió de entre los árboles en la ladera de la colina.

—Ven —le gritó el hisa, haciéndole señas hacia la colina y los árboles—. Venid todos.

—Estamos cansados, Saltarín. Y necesitamos las cosas de los camiones. Si vamos en esa dirección no podremos llevar los camiones, y a algunos de nosotros nos es imposible caminar. Hay enfermos, Saltarín.

—Los hisa llevamos enfermos. Muchos, muchos hisa. Robamos buenas cosas de los camiones, Konstantin-hombre. Robamos para ti. Venid.

Emilio miró los rostros consternados y dubitativos de los demás.

Los hisa les rodearon. Salieron más y más del bosque, algunos incluso con pequeños hisa, a los que los humanos raramente veían. Que se atrevieran a salir de aquel modo era una prueba de confianza. Toda la compañía debió entenderlo así, porque no hubo protestas. Ayudaron a los viejos y los enfermos a bajar de los camiones. Fuertes jóvenes hisa entrelazaron las manos para ayudarles. Otros cargaron con las provisiones y el equipo.

—¿Y qué ocurrirá cuando nos localicen? —musitó Miliko preocupada—. Tenemos que encontrar un refugio profundo, y rápidamente.

—Se necesitan detectores muy sensibles para distinguir a los humanos de los hisa. Tal vez no les parecerá rentable ir en nuestra busca… de momento.

Saltarín llegó a su lado, le tomó de la mano y arrugó la nariz, gesto que en los hisa correspondía a un guiño.

—Anda, vamos.

No estaban en condiciones de hacer un largo camino, por mucho que las noticias hubieran renovado su fortaleza y sus temores. Una pequeña ascensión por la colina y luego la marcha entre los arbustos y los brezos bastó para que todos jadearan, y algunos de los que habían iniciado la marcha por su propio pie tuvieron que ser acarreados por los hisa. Poco después los mismos hisa empezaron a andar con más lentitud. Y al final, cuando el número de humanos a los que tenían que cargar superó sus posibilidades, hicieron un alto y se tendieron a dormir entre los brezos.