—Hay que buscar refugio —le instó Emilio a Saltarín—. Las naves nos localizarán. Es peligroso.
—Duerme ahora —se limitó a decir Saltarín, acurrucándose en el suelo, sin que nada pudiera ponerle en movimiento, ni a él, ni a los otros.
Emilio se quedó mirándole impotente, recorrió con la vista la ladera en que hisa y humanos yacían tras haber dejado en el suelo sus cargas, algunos arrebujados en sus mantas y otros demasiado cansados para tenderlas. Emilio utilizó la suya a modo de almohada y se tendió al lado de Miliko, atrayéndola hacia él bajo el sol que se filtraba a través de las ramas. Saltarín se acercó a ellos y rodeó a Emilio con un brazo. No pudo hacer más que abandonarse a un sueño profundo y reparador.
Las sacudidas de Saltarín le despertaron, y vio a Miliko agachada, con las manos en las rodillas. Una leve niebla humedecía las hojas. Anochecía, el cielo estaba encapotado y amenazaba lluvia.
—Pensé que debería despertarte, Emilio. Creo que vienen unos hisa muy importantes.
Emilio se incorporó, entrecerrando los ojos para ver entre la fría niebla, mientras otros humanos se despertaban a su alrededor. Los hisa visitantes eran Viejos que habían salido de entre los árboles. Tres de ellos con abundantes cabellos blancos en su pelaje. Emilio les hizo una reverencia, que le pareció apropiada en la tierra y los bosques de aquellos seres. Saltarín hizo una reverencia y se bamboleó, pareciendo más serio de lo que Emilio habría deseado.
—No hablan lenguaje humano —le advirtió—. Dicen que vayamos con ellos.
—De acuerdo. Miliko, haz que se levanten los demás.
Miliko fue a despertar a los pocos que seguían durmiendo, y pronto todos los humanos dispersos por la ladera de la colina, cansados y humedecidos por la niebla, se levantaron y recogieron sus pertenencias. Llegaron más hisas. Los bosques parecían rebosantes de ellos, y era probable que cada tronco ocultara un cuerpo de pelaje marrón.
Los Viejos desaparecieron entre los árboles. Saltarín esperó a que los demás estuvieran dispuestos y se puso en marcha. Emilio se echó al hombro la manta de Miliko y lo siguió.
Cada vez que un humano parecía rezagarse y andaba penosamente, rozando las hojas mojadas y las ramas goteantes, los hisa estaban allí para ayudar, cogerles de la mano y hablarles afectuosamente. Incluso aquellos que no podían comprender el lenguaje humano. Tras ellos llegaron los otros, los hisa ladrones, cargando con la cúpula hinchable, los compresores, los generadores, su propia comida y todo lo que habían podido llevarse de los camiones, aunque no supieran como utilizarlo, como un enjambre de insectos carroñeros.
Cayó la noche, y siguieron caminando durante gran parte de ella, siempre a través del bosque, pero los hisa los guiaban para que ninguno pudiera extraviarse, y se apiñaban a su alrededor cuando se detenían, a fin de que no les afectara tanto el frío.
Y en una ocasión se oyó un trueno en los cielos que no tenía nada que ver con la lluvia.
«Aterrizaje». La palabra pasó de unos a otros. Los hisa no preguntaron nada. Sus aguzados oídos podrían haberlo captado mucho antes.
Porey había regresado. Probablemente era Porey. No perderían mucho tiempo inspeccionando la base abandonada y enviarían coléricos mensajes a Mazian. Tendrían que conseguir información mediante los detectores, decidir qué hacer con ella y solicitar la aprobación de Mazian… Todo aquel tiempo sería precioso para ellos.
Siguieron su marcha, descansando a intervalos, y cuando no podían más, los amables nativos estaban allí para tenderles una mano, instarles a seguir, persuadirles. Sentían el frío y la humedad cuando se paraban, aunque no llovía. Y agradecieron la llegada de la mañana, la primera aparición de la luz entre los árboles, que los nativos saludaron con gorjeos, parloteo y renovado entusiasmo.
De súbito disminuyeron los árboles, la luz del día se hizo más y más clara en una ladera que descendía hacia una vasta llanura. Llegaron a lo alto de una pequeña elevación y vieron que los hisa salían de entre los árboles y se internaban en aquel ancho valle… Con repentina inquietud, Emilio se dio cuenta de que era el santuario, la zona que los hisa siempre habían pedido que permaneciera suya, libre de hombres, una gran extensión sólo suya y para siempre.
—No —protestó Emilio, mirando a su alrededor en busca de Saltarín. Le hizo una señal para que se acercara, y el joven hisa se apresuró a obedecerle—. No, Saltarín, no debemos salir al campo abierto. No debemos, ¿me oyes? Los hombres-con-armas vienen en naves. Sus ojos verán.
—Los Viejos dicen que vengáis —replicó Saltarín, sin dejar de caminar, como si dicho esto no hubiera nada que argumentar.
Empezaba ya el descenso, todos los hisa bajando como una marea marrón de los árboles, cargando con humanos y el equipaje de éstos, seguidos por más y más humanos, hacia la soleada llanura.
—¡Saltarín! —Emilio se detuvo, y Miliko a su lado—. Los hombres-con-armas nos encontrarán aquí. ¿Me comprendes, Saltarín?
—Comprendo. Ven a todos, hisa, humanos. Nosotros vemos también.
—No podemos ir ahí abajo. Nos matarán, ¿me oyes?
—Ellos dicen que vayamos.
Los Viejos. Saltarín se apartó de él y siguió ladera abajo, miró atrás y llamó con una seña a Emilio y Miliko.
Emilio echó a andar, sabiendo que era una locura, sabiendo que existía una manera hisa de hacer las cosas que no correspondía a la humana. Los hisa nunca habían alzado sus manos contra los invasores de su mundo, se habían sentado, mirando, y eso era lo que harían ahora. Los humanos les habían pedido ayuda y ellos se la prestaban a su modo.
—Les hablaré —dijo a Miliko—. Hablaré con los Viejos y se lo explicaré. No podemos ofenderles, pero escucharán… Saltarín, espera, Saltarín.
Pero Saltarín siguió andando, delante de ellos. Los hisa prosiguieron su descenso imparable por la herbosa ladera hacia la llanura, en cuyo centro, por donde parecía correr un arroyo, había algo parecido a un puño de roca en posición vertical y un círculo pisoteado, una sombra, que finalmente Emilio distinguió como un círculo de seres reunidos alrededor de aquel objeto.
—Deben estar reunidos todos los hisa junto a ese río —dijo Miliko—. Es una especie de lugar de encuentro, como un santuario.
—Mazian no lo respetará, y no es probable que la Unión lo haga tampoco.
Preveía una matanza, un desastre, los hisa allí sentados, impotentes, mientras se producía el ataque. Pensó que los ilativos, su misma amabilidad, habían hecho de Pell lo que era. Hubo un tiempo en que los humanos de la Tierra estaban aterrados por las informaciones de vida extraterrestre. Se hablaba incluso de colonias abandonadas por temor a otros descubrimientos… pero no terror en Downbelow, nunca allí, donde los hisa iban con las manos vacías al encuentro de los humanos y les infectaban con su confianza.
—Tenemos que persuadirles para que salgan de aquí.
—Estoy contigo —dijo Miliko.
—¿Os ayudo? —preguntó un hisa, tocando la mano de Miliko, pues andaba cojeando y apoyada en Emilio. Ambos negaron con la cabeza y siguieron andando juntos, ahora detrás de la muchedumbre de hisa, pues la mayoría de los otros se habían adelantado, arrebatos por la locura generalizada, incluso los viejos, transportados por los hisa.