El descenso era largo y descansaron mientras el sol pasaba al cénit, siguieron su marcha descansando a intervalos, y el sol se deslizó hacia abajo y brilló más allá de las colinas bajas y redondeadas. El cilindro de la máscara de Emilio dejó de funcionar estropeado por la humedad y los mohos del bosque, mal augurio para los otros. Jadeó contra la obstrucción, buscó otro cilindro, contuvo la respiración mientras efectuaba el cambio y volvió a ponerse la máscara. Ahora caminaban lentamente por la llanura.
A lo lejos se alzaba una masa en forma de pez, una columna irregular que sobresalía de un mar de cuerpos hisa… y no solo hisa. Había humanos allí, los cuales se levantaron y fueron a su encuentro. Allí estaba Ito, de la base dos, con su personal y trabajadores, y Jones, de la base uno, con los suyos. Les tendieron las manos, con un aspecto tan sorprendido como el de ellos.
—Dijeron que viniéramos aquí —explicó Ito—. Dijeron que vendríais.
—La estación ha caído —dijo Emilio. La marea viviente seguía avanzando, hacia el centro, y los hisa le instaban a seguir, a él y a Miliko sobre todo—. Nos hemos quedado sin alternativas, Ito. Mazian está al frente… esta semana. No sé lo que ocurrirá la próxima.
Ito se quedó atrás, y Jones, con su propia gente. Había otros humanos, muchos centenares, reunidos allí, todos en pie, serios, como paralizados. Emilio vio a Deacon, del equipo de los pozos; a Mcdonald, de la base tres, a Herbert y Tausch de la cuatro; pero los hisa se lo llevaron, y cogió la mano de Miliko para no separarse en medio de la multitud. Ahora estaban rodeados únicamente de hisa. La columna se acercaba más y más, revelando que no era una columna, sino un grupo de imágenes, como aquellas que los hisa habían regalado a la estación, rechonchas y globulares unas, altas otras, cuerpos con múltiples rostros hisa, bocas abiertas en expresión de sorpresa y ojos muy abiertos mirando eternamente al cielo.
Era una obra antigua de los hisa, y Emilio se sintió presa de un temor reverente. Miliko redujo el paso y alzó la vista, rodeada por los hisa, y se sintió igual que Emilio perdida, pequeña y extraña ante aquella alta y antigua estatua de piedra.
—Ven —le ordenó una voz de hisa. Era Saltarín, que le cogió la mano y le llevó al pie de la imagen.
Estaban allí sentados los hisa más viejos de todos, los rostros y los hombros plateados, rodeados de pequeños palos clavados en la tierra, con rostros grabados y cuentas colgantes. Emilio vaciló, sin decidirse a entrar en aquel círculo, pero Saltarín le llevó a presencia de los Viejos.
—Siéntate —le ordenó Saltarín.
Emilio y Miliko hicieron sendas reverencias y se sentaron con las piernas cruzadas ante los cuatro ancianos. Saltarín habló en la lengua hisa y le respondió el más frágil de los cuatro.
Y entonces, con mucho cuidado, el Viejo alargó una mano para tocar primero a Miliko y luego a Emilio, como si los bendijera.
—Es buena vuestra venida —dijo Saltarín, quizá traduciendo—. Os saludan cariñosamente.
—Dales las gracias, Saltarín. Dales muchísimas gracias, pero diles que hay peligro desde el Mundo Superior. Que los ojos de allí arriba miran este lugar y los hombres-con-armas pueden venir aquí y hacer daño.
Saltarín habló. Cuatro pares de ojos les miraron serenamente. Uno respondió.
—Si viene una nave de arriba, les traeremos aquí. Vendrán, verán, se irán.
—Estáis en peligro. Por favor, haz que lo comprendan. Saltarín tradujo. El más viejo alzó una mano hacia las imágenes apiladas por encima de ellos y respondió:
—Lugar hisa. Llega la noche. Dormimos, soñamos que se van.
Habló entonces otro de los ancianos. Entre lo que decía se distinguía un nombre humano: Bennett. Y luego otro: Lukas.
—Bennett —corearon los más próximos—. Bennett, Bennett, Bennett.
El murmullo rebasó los límites del círculo, moviéndose como el viento entre los reunidos.
—Robamos comida —dijo Saltarín, sonriente—. Aprendemos a robar bien. Robamos para ti, te ponemos a salvo.
—Armas —protestó Miliko—. Armas, Saltarín.
—Aquí a salvo. —Saltarín hizo una pausa para captar algo de lo que decían los Viejos—. Os dan nombres: El-viene-de-nuevo, y Ella-alza-las-manos. To-he-me; Mihan-tisar. Vuestro espíritu bueno. Aquí estáis seguros. Os amamos. Bennett-hombre nos enseñó a soñar sueños humanos. Ahora nosotros os enseñamos sueños hisa. Os amamos, To-he-me, Mihan-tisar.
No supo qué decir y se limitó a mirar las grandes imágenes de ojos redondos dirigidos al cielo. Después paseó la vista en torno suyo, sobre los reunidos que parecían extenderse hasta el horizonte, y por un momento le pareció que era posible, que aquel lugar tenía una cualidad reverencial y temible que impediría la proximidad de cualquier enemigo.
Los Viejos empezaron a entonar un cántico, que se extendió poco a poco entre todos los demás. Los cuerpos empezaron a oscilar, siguiendo el ritmo del canto.
—Bennett… —decían una y otra vez.
—Nos enseñó a soñar sueños humanos… Te llaman El-viene-de-nuevo.
Emilio se estremeció, rodeó a Miliko con un brazo, bajo aquel susurro que paralizaba la mente, como el golpear de un martillo sobre bronce o el suspiro de algún gran instrumento que llenaba el cielo crepuscular.
El sol declinó al fin. La desaparición de la luz dejó pasar el frío y un suspiro de incontables gargantas, interrumpiendo el cántico. Luego la aparición de las estrellas levantó entre ellos suaves gritos de alegría.
—Aquella se llama Ella-sale-primero —les dijo Saltarín, y fue nombrando una tras otra a las estrellas, mientras los demás hisa las saludaban como si fueran amigos que volvían. Andan-juntas, Sale-en-primavera, Siempre-danza…
El cántico volvió a animarse, en tono menor, y los cuerpos oscilaron.
La fatiga se apoderó de ellos. A Miliko se le cerraban los ojos. Emilio trató de sostenerla, de permanecer él mismo despierto, pero los hisa cabeceaban también, y Saltarín les dio unos golpecitos, haciéndoles saber que podían descansar.
Emilio durmió y al despertar encontró a su lado alimentos y bebida. Se quitó la máscara para comer y beber, comiendo y respirando alternativamente. En todas partes los pocos que estaban despiertos se movían entre la multitud dormida, para hacer sus necesidades. Emilio sintió las suyas propias y se deslizó entre la inmensa multitud hacia los bordes, donde dormían otros humanos, y más allá, hasta las trincheras sanitarias excavadas por los hisa. Permaneció algún tiempo en los límites del campamento, hasta que llegaron otros y recobró el sentido del tiempo, y volvió a ver las estatuas, el cielo estrellado y la muchedumbre dormida.
Emilio captó la respuesta hisa. Estar allí, sentados bajo los cielos, hablando con los cielos y sus dioses viéndolos a ellos… Los humanos tenían esperanza. Sabía en el fondo que era una locura, pero dejó de temer por sí mismo y hasta por Miliko. Aguardaban un sueño, todos ellos; y si los hombres dirigían sus armas contra los dulces soñadores de Downbelow, entonces la esperanza moriría. Por eso los hisa los habían desarmado al principio… con las manos vacías.
Regresó hacia Miliko, hacia Saltarín y los Viejos, creyendo de un modo absurdo que estaban a salvo, de una manera que nada tenía que ver con la vida y la muerte, que aquel lugar estaba allí desde tiempo inmemorial y había esperado mucho antes de que llegaran los hombres, mirando a los cielos.
Se tendió al lado de Miliko y miró las estrellas, pensando en sus alternativas.
Y por la mañana llegó una nave.
No hubo pánico entre los millares de hisa, ni tampoco entre los humanos, sentados entre ellos. Emilio se levantó, cogiendo a Miliko de la mano y observó cómo se posaba la nave, primero la sonda de aterrizaje, al otro lado del valle, donde podía encontrar terreno despejado.