Sintió que la cólera le encendía el rostro y le invadía la rabia, pero había pedido a quienes iban con él que conservaran el dominio de sí mismos. Permaneció inmóvil como una roca, esperando el regreso de Haynes y los otros.
—¿Me ha entendido, señor Konstantin?
—Mis saludos al capitán Mazian y el capitán Porey —replicó él.
Entonces se hizo el silencio. Esperaban. Finalmente regresaron Haynes y los otros, llevando consigo una gran cantidad de equipo.
—Saltarín —dijo Emilio en voz baja, mirando al hisa que estaba cerca con sus compañeros—. Si vienes, será mejor que camines hacia la base. Los hombres van en la nave, ¿me escuchas? Allí están los hombres-con-armas. Los hisa pueden caminar.
—Voy rápido —convino Saltarín.
—Adelántese, señor Konstantin.
Caminó lentamente, delante de los otros. Los soldados se hicieron a un lado, vigilando su avance con los rifles preparados. Y suavemente al principio, como una brisa, un murmullo, un cántico se alzó de la multitud que rodeaba la columna.
El cántico fue en aumento hasta que estremeció el aire. Emilio miró atrás, temeroso de la reacción de los soldados. Permanecían inmóviles, rifles en mano. En aquel momento debían sentirse en inferioridad de condiciones, a pesar de sus armaduras y sus armas.
El cántico prosiguió hasta llegar a la histeria, un elemento en el que se movían. Millares de hisa agitaron sus cuerpos al ritmo de aquella melodía, como se habían bamboleado bajo el cielo nocturno.
—El-viene-de-nuevo. El-viene-de-nuevo.
Lo escucharon mientras se aproximaban a la nave, con su enorme acceso abierto y las tropas que les rodeaban. Era un sonido que estremecía incluso al Mundo Superior, cuando transmitieran los mensajes… algo que no les gustaría oír a los nuevos amos. Se dejó arrastrar por el poder de aquellas voces innumerables, pensando en Miliko, en su familia asesinada… Lo que había perdido, perdido estaba, y se dirigió con las manos vacías, como iban los hisa, hacia los invasores.
LIBRO QUINTO
I
Pelclass="underline" Plataforma azul; a bordo de la ESC 1 Europe; 29/11/52
Signy se reclinó en su sillón ante la mesa del consejo en la Europe, cerró un momento los ojos y apoyó los pies en el sillón vecino. La paz duraba poco. Apareció Tom Edger, con Edo Porey, los cuales se sentaron en sus sitios. Signy abrió un ojo y luego el otro, con los brazos todavía cruzados sobre el vientre. Edger se había sentado detrás de ella y Porey en el sillón del que ella había retirado los pies. Cedió con gesto cansado a la cortesía, apoyó los pies en el suelo y se inclinó contra la mesa, mirando con expresión vacía la pared del fondo, sin ganas de conversar. Entró Keu y tomó asiento, y a continuación Mika Kreshov se sentó entre ella y Porey. Sung, de la Pacific todavía estaba de patrulla, con los infortunados capitanes de las naves auxiliares desplegados bajo su mando en servicio perpetuo, ensamblando por turnos para el cambio de tripulaciones. No bajarían la guardia, por muy largo que resultara el asedio. No tenían noticias de las naves de la Unión que sabían que estaban allá afuera. Había una sola nave, una mota llamada Hammer, un mercante que con toda seguridad no era tal mercante, detenido en el borde del sistema, emitiendo propaganda… era una nave de gran tonelaje y podía saltar con la suficiente celeridad para que ellos no pudieran alcanzarle con su fuego. Era una nave de observación, y lo sabían. Podría haber otra, una nave llamada Ojo de Cisne, un mercante como el Hammer que no tenía fines comerciales, y otra cuyo nombre desconocían, un fantasma que aparecía asiduamente en el radar de largo alcance y desaparecía de nuevo, y que muy bien podría tratarse de una nave de guerra de la Unión… o más de una. Los cargueros de pequeño tonelaje que permanecían en el sistema mantenían las minas en funcionamiento, y procuraban estar alejados de Pell y de lo que sucedía alrededor del borde. Eran mercantes desesperados que buscaban sus propios intereses prescindiendo del sombrío conjunto de la situación, la ausencia de naves de gran tonelaje, la Flota que recorría como una nube de espectros el borde del sistema, y las naves de observación que les tenían vigilados.
Lo mismo ocurría en la estación, tratando de volver a la normalidad en algunas de sus secciones, con soldados de servicio y de descanso yendo de un lado a otro entre ellos. El mando de la Flota se había visto obligado a darles permiso. No era posible mantener tropas o tripulaciones encerradas durante meses en las plataformas, con los lujos de Pell al alcance de la mano, cuando el espacio vital de los transportes era en exceso austero y estaba abarrotado durante una estancia prolongada en la plataforma de ensamblaje.
Y aquello tenía sus dificultades.
Entró Mazian, inmaculado como siempre, y tomó asiento. Extendió unos documentos ante él sobre la mesa… miró a su alrededor. Por último su mirada se detuvo en Signy, durante más tiempo que en los demás.
—Capitana Mallory. Creo que será mejor oír primero su informe.
Sin apresurarse, Signy extendió los papeles ante ella y se puso en pie.
—El 28 de noviembre del 52, a las 23.14 horas, entré en el número 0878 azul de esta estación, un número residencial en una sección restringida, actuando de acuerdo con un rumor que había llegado hasta mí, en compañía de mi comandante de tropa, mayor Dison Janz y veinte soldados armados a mi mando. Descubrí allí al teniente Benjamín Goforth, al sargento Bila Mysos, ambos de la Europe y a otros catorce individuos de tropa que ocupaban aquel apartamento de cuatro habitaciones. Era evidente la existencia de drogas y licor. Los soldados y oficiales del apartamento protestaron verbalmente de nuestra entrada e intervención, pero los soldados Mila Erton y Tomas Centia estaban intoxicados hasta tal grado que eran incapaces de reconocer la autoridad. Ordené un registro del lugar, en el curso del cual descubrimos a otros cuatro individuos, varones de veinticuatro, treinta y uno y veintinueve años, respectivamente, y una mujer de diecinueve, todos civiles, desnudos y mostrando señales de quemaduras y otras lesiones, encerrados en una habitación. En una segunda habitación había garrafas que contenían licor y medicinas tomadas de la farmacia de la estación, como así lo indicaban sus etiquetas, junto con una caja que contenía ciento trece artículos de joyería y otra que contenía ciento cincuenta y ocho documentos de identidad de Pell y tarjetas de crédito. También había una relación que he añadido al informe reseñando artículos de valor y cincuenta y dos tripulantes y soldados de la Flota, aparte de los presentes en el local, poseedores de ciertos artículos de valor. Presenté estos hallazgos al teniente Benjamín Goforth y le pedí una explicación de las circunstancias. Sus palabras fueron: Si quiere una parte no hay necesidad de toda esta conmoción. ¿Qué debo darle para satisfacerla? Le respondí: Señor Goforth, está usted bajo arresto; usted y sus compañeros serán entregados a sus capitanes respectivos para que se les apliquen los castigos correspondientes. Se está efectuando una grabación que será utilizada en el juicio. Ante esto sus palabras fueron: Maldita zorra asquerosa, di cuánto quieres. Al llegar a este punto dejé de discutir con el teniente Goforth y le disparé en el vientre. La cinta mostrará que las protestas de sus compañeros cesaron en ese instante. Mis soldados los arrestaron sin más incidentes y los devolvieron al transporte Europe, donde permanecen bajo custodia. El teniente Goforth murió en el apartamento tras hacer una confesión detallada, que se adjunta. Ordené que los artículos encontrados allí se entregaran a la Europe, lo cual se ha hecho. Ordené la liberación de los civiles de Pell tras intensivos procedimientos de identificación, con una seria advertencia de que serían arrestados si cualquier detalle de este asunto llegaba a ser de conocimiento público. Devolví nota del apartamento a los archivos de la estación una vez quedó vacío. Final del informe. Siguen apéndices.