—¿Pero todas las zonas de operaciones son seguras?
—Las disposiciones de seguridad para la central de Pell son de risa. He hecho recomendaciones para el logro de una seguridad aceptable.
Mazian asintió.
—Cuando dispongamos de trabajadores que ya hayan terminado las tareas de reparación de daños. ¿Nos ocupamos de la seguridad?
—Hay alguien, excepcionalmente protegido por la presencia de nativos en la zona herméticamente cerrada del sector azul uno cuatro. La viuda de Konstantin y hermana de Lukas. Es una inválida incurable, y los nativos cooperan en todo mientras asegure su bienestar.
—Ahí tenemos una brecha —dijo Mazian.
—He conseguido un enlace a través del comunicador con ella. Coopera totalmente enviando nativos a las zonas necesarias. En este momento es de alguna utilidad, al igual que su hermano.
—Mientras los dos lo sean… —dijo Mazian—.
Había detalles, estadísticas, asuntos tediosos cuyo trato podría haberse dejado al ordenador. Signy lo soportó con el rostro sombrío, incubando un dolor de cabeza mientras la presión sanguínea distendía las venas de sus manos, tomaba notas minuciosas y contribuía con sus propias estadísticas.
Agua, alimentos, piezas de maquinaria… Cargaban al máximo todas las naves, preparándose para huir de nuevo si se veían obligados a hacerlo. Reparaban los daños principales y se ocupaban de los desperfectos menores que habían quedado pospuestos cuando emprendieron la acción para tomar Pell. Efectuaban una puesta a punto total mientras mantenían la Flota con la mayor movilidad posible.
Los suministros constituían una dificultad abrumadora. Semana tras semana disminuía la esperanza de que los cargueros de gran tonelaje más atrevidos se aventurasen a entrar en la estación. Ellos tenían siete transportes para mantener una estación y un planeta, pero con sólo cargueros de pequeño tonelaje para abastecerlos. Y lo único que podían proporcionales eran algunos artículos manufacturados… los mismos que aquellos cargueros llevaban a bordo para su propio uso.
Estaban encerrados allí, bajo asedio, sin mercantes para ayudarles, sin los cargueros de gran tonelaje que habían ido y venido libremente durante lo peor de la guerra. Ahora no podían confiar en llegar a las estaciones de las Estrellas Posteriores… de las cuales quedaba muy poco, devastadas, saqueadas, algunas probablemente inestables debido al largo tiempo transcurrido sin regulación. Las naves de guerra por sí solas no podían encargarse de las pesadas tareas de arrastre de piezas que requería la construcción en gran escala. Sin los mercantes de gran tonelaje, Pell era la única estación en funcionamiento que les quedaba aparte de la misma Sol.
Signy tenía desagradables pensamientos mientras permanecía allí sentada, pensamientos como los que tenía con demasiada frecuencia desde que las operaciones de Pell empezaron a ir mal. De vez en cuando alzaba la vista hacia Mazian, hacia el rostro delgado y serio de Tom Edger. La Australia de Edger acompañaba a la Europe con más asiduidad que cualquier otra nave… un viejo equipo, realmente veterano. Edger era el segundo en veteranía y ella la tercera, pero había un gran abismo entre el segundo y la tercera. Edger nunca hablaba en el consejo, nunca tenía nada que decir. Hablaba con Mazian en privado, compartiendo opiniones, era el poder al lado del trono, por así decirlo. Signy lo sospechaba desde hacía mucho tiempo. Si había algún hombre en la sala que realmente conociera la mente de Mazian, ese era Edger.
Pell era la única estación en funcionamiento aparte de Sol.
Pensó sombríamente que eran solamente tres quienes lo sabían, y mantuvo la boca cerrada al respecto. Habían recorrido un largo camino… desde la Flota de la Compañía a esto. Los bastardos de la Compañía en la Tierra y la estación Sol iban a llevarse una buena sorpresa cuando tuvieran una guerra en sus umbrales… cuando se apoderasen de la Tierra como lo habían hecho de Pell. Y siete transportes podían hacerlo, contra un mundo que había abandonado el vuelo interestelar, que como Pell, sólo contaba con cargueros de pequeño tonelaje y unas pocas naves de guerra que operaban dentro de los límites de su sistema con la Unión pisándoles los talones. Era una casa de cristal, la Tierra. No podía luchar… y ganar.
No había perdido el sueño pensando en ello. Ni pensaba perderlo. Cada vez estaba más convencida de que la única finalidad de la operación de Pell era tenerlos ocupados, de que Mazian podría estar haciendo precisamente lo que ella había aconsejado desde el principio, mantener a las tropas ocupadas, mantener ocupados a los capitanes y las tripulaciones, mientras la verdadera operación allí era la de Downbelow y lo que proponía con las minas y los cargueros de pequeño tonelaje, la recogida de suministros, las reparaciones, la clasificación del personal de la estación para identificación y captura de todos los fugitivos que podrían salir a la superficie y hacer que a la Unión le resultara fácil y barato la toma de la estación. Ese era su trabajo.
Pero allí no había mercantes a los que pudieran presionar para que sirvieran como transportes, y ningún transporte iba a dejarse convertir en nave de refugiados. No podían. No tenían espacio. No era de extrañar que Mazian no hablara, que se negara a decir nada sobre los planes de contingencia que bajo numerosos pretextos ya estaban entrando en acción. Una trama bien construida: el ordenador de la estación fuera de uso, pues ahora ellos tenían todas las nuevas claves de ordenador; la base de Downbelow sumida en el caos mediante la eliminación del único hombre que la mantenía unida y la ejecución de todas aquellas multitudes de humanos y nativos, de modo que los nativos nunca volvieran a trabajar para los humanos; la misma estación sumida en órbita descendente; y ellos corriendo hacia un punto de salto con una pantalla de cargueros de pequeño tonelaje que sólo podían servir como peligros de navegación. El salto hacia las Estrellas Posteriores y, en rápida sucesión, hacia la misma Sol…
Mientras la Unión debería decidir si salvaba a una estación llena de gente y una base, y combatir el caos de Downbelow… o dejar que Pell muriera e ir a un ataque libre de trabas, no teniendo tras ellos ninguna base más cercana que Viking… a una inmensa distancia de la Tierra.
«Bastardo», le dijo mentalmente a Mazian, mirándole con rabia. Era característico de Mazian preparar jugadas que serían para la oposición hechos consumados y pensar lo inimaginable. Era el mejor. Siempre lo había sido. Ella le sonrió cuando le dio órdenes escuetas y precisas sobre la catalogación, y tuvo la alegría de ver que, por un instante, el gran Mazian perdía el hilo de su pensamiento. Pero lo recuperó y continuó hablando, mirándola de vez en cuando con perplejidad y luego con mayor afecto.
De modo que ahora, con toda seguridad, eran tres los que sabían.
—Seré franca con vosotros —les dijo a los hombres y mujeres que se habían reunido acuclillados y de pie en el vestuario de la cubierta inferior, el único lugar de la Norway donde podía ver a la mayoría de las tropas reunidas sin nada que le obstruyera la visión, apretados como estaban hombro contra hombro—. No se sienten contentos de nosotros. El mismo Mazian no está satisfecho con mi manera de dirigir esta nave. Parece que ninguno de vosotros está en la lista. Parece que ninguno de nosotros está implicado en el mercado negro. Parece que otras tripulaciones están molestas con vosotros y conmigo, y hay rumores por ahí de que hemos amañado la lista, acerca de un informe dado por debajo de cuerda debido a alguna rivalidad por el mercado negro entre la Norway y otras naves… ¡Tranquilos! Por eso doy órdenes desde arriba. Tenéis libertades, con el mismo programa y las mismas condiciones que las demás tropas. Vuestro servicio se rige también por el mismo horario. No voy a hacer comentario alguno, excepto para felicitaros por vuestro excelente trabajo, y deciros dos cosas más: me siento halagada en nombre de toda esta nave de que la Norway no estuviera implicada en ese escándalo del sector azul, y en segundo lugar, os pido que evitéis discusiones con las otras unidades, sean cuales fueren los rumores que corran y por mucho que os provoquen. Al parecer hay ciertos resentimientos, de los que asumo la responsabilidad personal. Al parecer… bien, dejemos las cosas así. ¿Alguna pregunta? Se hizo un profundo silencio. Nadie se movió.