—Confío en que comunicaréis la noticia al turno entrante, sin que tenga que hacerlo yo en persona. Mis disculpas por lo que otros consideran al parecer parcialidad con el personal a mi mando. Asunto concluido.
La tripulación siguió sin moverse. Ella giró sobre sus talones y se dirigió al ascensor, para ir a sus aposentos en el nivel principal.
—Lancémoslos al vacío —musitó alguien en voz audible. Ella se detuvo en seco, dándoles la espalda.
—¡Norway! —gritó alguien, y otro—: ¡Signy!
Un instante después toda la nave retumbaba de voces.
Ella reanudó su marcha hacia el ascensor abierto y aspiró hondo, satisfecha. Los lanzarían al vacío, desde luego, si Conrad Mazian creía que podría poner su mano en la Norway. Ella había comenzado con las tropas. Di Janz también tendría algo que decirles. Lo que amenazaba la moral de la Norway amenazaba vidas, amenazaba los reflejos que había adquirido durante años.
Y su orgullo. Eso también. El rostro le ardía aún mientras se dirigía al ascensor y oprimía el botón. Los gritos que resonaban en los corredores eran un alimento para su orgullo que, como ella misma admitía, igualaba al de Mazian. Seguiría las órdenes, sí; pero había calculado el efecto en las tropas y en su tripulación, y nadie le daba órdenes con respecto a lo que sucedía en el propio interior de la Norway. Ni siquiera Mazian.
II
Pelclass="underline" Sector verde nueve; 6/1/53
El nativo volvía a estar con él, una pequeña sombra marrón cuya presencia era bastante normal entre el tráfico del sector nueve. Josh se detuvo en el corredor que exhibía las huellas de la revuelta y apoyó el pie en una moldura, fingiendo que se ajustaba la bota. El nativo le tocó el brazo, se agachó arrugando la nariz y le miró.
—¿Konstantin-hombre está bien?
—Está bien —le respondió. Era el nativo llamado Dienteazul, que les seguía casi a diario y transmitía los mensajes que se dirigían Damon y su madre—. Ahora tenemos un buen lugar donde ocultarnos. No hay problemas. Damon está a salvo.
La mano fuerte y peluda buscó la suya y le entregó un objeto.
—¿Se lo llevas a Konstantin-hombre? Ella lo ha dado, dice que lo necesita.
El nativo se diluyó entre el tráfico tan rápidamente como había llegado. Josh se enderezó, resistiendo la tentación de mirar a su alrededor o al objeto metálico que tenía en la mano hasta que estuvo a cierta distancia del corredor. Era un broche de un metal que podría ser oro. Se lo guardó pensando en el tesoro que representaba para ellos, algo vendible en el mercado, algo que no necesitaba tarjeta, que sobornaría a alguien insobornable por otros medios… como el propietario de su alojamiento actual. El oro tenía otros usos aparte de la joyería: los metales preciosos valían vidas… según las tarifas vigentes. Y se acercaba el día en que haría falta un enorme poder de persuasión para mantener a Damon oculto. La madre de Damon era una mujer con un gran sentido. Tenía oídos y ojos a su servicio; los de cada nativo inofensivo que se deslizaba por los corredores. Y ella conocía su desesperación… ofreciéndole, a pesar del peligro, un refugio que Damon no aceptaría porque, por encima de todo no quería que sometieran a registro los recintos de los nativos.
La red se cerraba sobre ellos. La zona de corredores utilizables iba disminuyendo. Se estaba instalando un nuevo sistema, nuevas tarjetas, y las secciones evacuadas por las tropas seguían evacuadas. Cuando las tropas sellaban una sección, reunían a sus moradores y los cotejaban con las listas de personas buscadas, dando nuevos documentos de identidad a la mayoría de ellos. Algunos desaparecían, y no había que hacer demasiadas conjeturas para suponer lo que les había ocurrido. Y el nuevo sistema de tarjetas golpeaba el mercado negro con más dureza a medida que se extendía. El valor de tarjetas y documentos descendió, pues sólo valdrían durante el período en que se efectuara el cambio, y la gente ya empezaba a mostrarse cautelosa con los viejos documentos. De vez en cuando se encendía una alarma silenciosa en el ordenador, y las tropas iban a algún establecimiento y empezaban a buscar a alguien encartado… como si la mayoría de la gente en secciones inseguras utilizaran sus propias tarjetas. Pero las tropas hacían preguntas y verificaban los documentos de identidad en aquellas acciones, mantenían las zonas abiertas a sus redadas y a la población aterrada y sospechando unos de otros, lo cual servía a los propósitos de Mazian.
Aquello también les proporcionaba un medio de vida. El recurso usual de Josh y Damon era la purificación de tarjetas, su valor dentro de la organización del mercado negro. Un comprador quería estar seguro de que una tarjeta no accionaría las alarmas del ordenador, alguien deseaba el número de código bancario para revisar los valores… Los bares y las habitaciones de las plataformas estaban llenos de gentes cuyos rostros no coincidían con los de sus documentos de identidad. Y Damon tenía los números de acceso para solucionarlo. También él había aprendido el oficio, de modo que ahora trabajaban en sociedad y ninguno de ellos tenía que aventurarse por los corredores con demasiada frecuencia. Su tarea se había convertido en algo científico… Utilizaban los túneles de los nativos e incluso cruzaban las secciones a través de las barreras —Dienteazul les había enseñado a hacerlo— de manera que ninguna terminal de ordenador presentara un número sospechoso de solicitudes. Nunca se les había disparado una alarma, aunque algunas de las tarjetas habían estado a punto de hacerlo. Eran buenos profesionales; tenían un oficio —irónicamente una creación de Mazian— que los alimentaba, los albergaba y los ocultaba con todas las protecciones que el mercado negro podía ofrecer a sus valiosos operadores. Josh tenía en aquel momento el bolsillo lleno de tarjetas, el valor de cada una de las cuales conocía de acuerdo con el nivel de compensación y la cantidad en la cuenta de crédito. En la mayoría de los casos no había nada en la cuenta. Los familiares de personas desaparecidas no habían perdido el tiempo y el ordenador de la estación había atendido sus peticiones de inmovilizar el acceso a un número determinado… Eso era lo que se rumoreaba, y probablemente era cierto. Ahora la mayoría de las tarjetas constituían un problema. Josh disponía de algunas utilizables entre todas las que tenía y una colección de números de código. Las tarjetas que habían pertenecido a personas solteras o cuentas independientes eran las únicas que seguían siendo válidas.
Pero había presagios de cambios rápidos. Quizá se trataba de su imaginación, pero aquel día los corredores en todos los niveles del sector verde parecían más llenos de gente. Tal vez se tratara de eso; todos aquellos que no se atrevían a someterse a identificación y nuevo fichaje se habían reunido en espacios cada vez más reducidos… los sectores verde y blanco seguían abiertos, pero a él, personalmente, le ponía nervioso el blanco y no quería permanecer allí más del tiempo estrictamente necesario. No había oído rumores, pero se notaba algo en el aire, algo indicativo de que iban a sellar otra zona… y lo más probable era que se tratase del sector blanco.