El viejo en persona atendía el bar. Josh se dirigió al mostrador y se apoyó en él, pidió una botella. Ngo se la dio sin pedirle la tarjeta. Luego lo arreglarían, en la habitación trasera. Pero a Josh le temblaba la mano al coger la botella y Ngo se apresuró a cogerle la muñeca.
—¿Problemas?
—Uno bastante reciente —mintió él… aunque quizá estaba diciendo una verdad—. He podido librarme. Un lío entre bandas. No te preocupes. Nadie me ha seguido. No es nada oficial.
—Será mejor que estés seguro.
—No hay nada que temer. Son sólo los nervios.
Cogió la botella y se dirigió al fondo, se detuvo un momento ante la puerta de la cocina y esperó para asegurarse de que nadie observaba su salida.
Tal vez uno de los hombres de Mazian. El corazón todavía le latía con fuerza. Alguien que vigilaba el establecimiento de Ngo. No, no podía ser. Era fruto de su imaginación. Los hombres de Mazian no necesitaban ser tan sutiles. Abrió la botella y tomó un trago de vino nativo, un tranquilizante barato. Tomó un segundo trago largo y empezó a sentirse mejor. A veces cruzaban por su mente aquellos recuerdos repentinos, pero no con frecuencia. Siempre eran malos. Cualquier cosa podía desencadenarlos, normalmente algo nimio y sin importancia, un olor, un sonido, un modo momentáneamente erróneo de mirar a una cosa familiar o a una persona común. Lo que más le inquietaba era que hubiese ocurrido en público. Podrían haberlo observado. Tal vez le habían visto. Decidió que aquel día no volvería a salir. No estaba seguro de si lo haría al día siguiente. Tomó un tercer trago y lanzó una última mirada a la docena de mesas. Entonces entró en la cocina, donde estaban guisando la esposa y el hijo de Ngo. Les miró disimuladamente, recibiendo a cambio miradas hoscas, y siguió andando hasta el almacén. Abrió la puerta con el dispositivo manual.
—Damon —dijo, y la cortina detrás de los armarios se abrió. Damon salió y se sentó entre las cajas que usaban como mobiliario, a la luz de la linterna que utilizaban para escapar a la memoria infalible y economizadora del ordenador. Josh se sentó con gesto de fatiga y pasó a Damon la botella. Su compañero tomó un trago. Los dos estaban sin afeitar y tenían el mismo aspecto de la muchedumbre sucia y deprimida que se reunía en aquella zona.
—Te has retrasado —le dijo Damon—. ¿Intentas provocarme una úlcera?
Josh se sacó las tarjetas del bolsillo, las ordenó de memoria y tomó unas rápidas notas con un lápiz grasiento antes de olvidarse. Anotó en el papel que le dio Damon los detalles de cada una. Mientras lo hacía, los dos guardaban silencio.
Al terminar, dejó el montón de tarjetas sobre la caja más cercana y cogió la botella de vino. Tomó otro trago.
—Me encontré con Dienteazul. Dice que tu madre está bien. Te envía esto.
Sacó el broche del bolsillo y observó cómo Damon lo tomaba en sus manos con la expresión melancólica indicadora de que el objeto podría tener un significado que iba más allá del valor del oro. Damon asintió tristemente y se lo guardó. No hablaba mucho de su familia, ni de los vivos ni de los muertos, nunca los evocaba.
—Lo sabe —dijo Damon—. Sabe lo que se avecina. Lo puede ver en sus pantallas de vídeo, se lo dicen los nativos… ¿Te ha dicho Dienteazul algo concreto?
—Sólo que tu madre creía que lo necesitarías.
—¿Ninguna noticia de mi hermano?
—No me habló de él. No estábamos en un lugar donde pudiéramos detenernos a conversar.
Damon asintió, aspiró hondo y apoyó los codos en la rodillas, la cabeza gacha. Aquellas noticias llenaban su vida. Cuando le faltaban se sentía profundamente deprimido, y los dos sufrían. Josh sentía como si hubiera abierto la herida.
—Las cosas se están endureciendo ahí afuera —dijo Josh—. Hay mucha inquietud. Me entretuve un poco por el camino, escuchando, pero no había ninguna noticia. Todo el mundo está asustado, pero nadie sabe nada.
Damon alzó la mano, cogió la botella y bebió la mitad del vino restante casi de un trago.
—No sé qué vamos a hacer, pero sea lo que fuere, hemos de hacerlo pronto. O vamos a las secciones aseguradas… o intentamos apoderarnos del transbordador. No podemos seguir aquí.
—O nos fabricamos una burbuja en los túneles —dijo Josh.
Le parecía que aquella era la única idea realista. La mayoría de los humanos tenían un miedo patológico a los túneles. A los pocos que intentaran internarse en ellos… quizá podrían ahuyentarlos. Tenían las armas. Podrían vivir allí, pero se les estaba terminando el tiempo… para intentar cualquier alternativa. No era aquella una forma de existencia muy deseable. «Y tal vez tendremos suerte», pensó tristemente, mirando a Damon, el cual tenía la vista fija en el suelo, perdido en sus propios pensamientos: «Puede que se limiten a destruir la zona.»
Se abrió la puerta del almacén y entró Ngo, se acercó a ellos y recogió las tarjetas, leyó las anotaciones, frunciendo a la vez los labios y el entrecejo.
—¿Estás seguro?
—No hay errores.
Ngo rezongó decepcionado por la calidad de la mercancía, como si fuera defectuosa, y se dispuso a marcharse.
—Ngo —le llamó Damon—, he oído el rumor de que el mercado se interesa por los nuevos documentos. ¿Es cierto?
—¿Dónde has oído eso? Damon se encogió de hombros.
—Dos hombres hablaban ahí delante. ¿Es cierto, Ngo?
—Están soñando. Si ves una manera de poner las manos en el nuevo sistema me lo dices.
—Estoy pensando en ello. Ngo rezongó algo más y salió.
—¿Es verdad eso? —le preguntó Josh. Damon meneó la cabeza.
—Me pareció que debía dejar una puerta entornada. O Ngo se entera o no hay modo alguno de que lo sepa nadie.
—Apostaría por lo último.
—También yo. —Damon se llevó las manos a las rodillas, suspiró y alzó la vista—. ¿Por qué no salimos a comer algo? No hay nadie ahí afuera que pueda molestarnos, ¿verdad?
El recuerdo que le había abandonado, regresó a la memoria de Josh con sombría fuerza. Abrió la boca para decir algo, pero de súbito se oyó un ruido sordo que hizo temblar el suelo, un retumbar al que siguieron gritos en el exterior.
—Los cierres herméticos— dijo Damon, poniéndose en pie.
Continuaron los gritos, los salvajes chillidos, el ruido de las sillas volcadas en la sala delantera. Damon se precipitó a la puerta del almacén y Josh corrió con él. Llegaron a la puerta trasera, donde Ngo, su esposa y su hijo se habían reunido para salir. Ngo tenía en la mano sus notas del mercado.
—No —dijo Josh—. Esperad… Habrán sido las puertas de acceso al sector blanco… Estamos encerrados, pero también había soldados en el nivel noveno, y no los habrían dejado aquí si fueran a apretar el botón…
—El comunicador —exclamó la esposa de Ngo.
Surgía un anuncio de la unidad de vídeo en la sala principal. Corrieron en aquella dirección, entrando en el restaurante, donde un grupo de gente se había reunido en torno al vídeo y un saqueador se afanaba en coger botellas del bar.
—¡Eh! —gritó Ngo, indignado, y el hombre cogió un par de botellas más y echó a correr.
La imagen de Jon Lukas estaba en la pantalla, como siempre que Mazian tenía que hacer un anuncio oficial a la estación. El hombre se había convertido en un esqueleto, un ser patético de ojos rodeados de círculos oscuros.
…—ha sido cerrada herméticamente —decía Lukas—. A los residentes en la zona blanca y otros que deseen marcharse se les dejará salir. Vayan al acceso de la plataforma verde y se les permitirá pasar.
—Están reuniendo aquí a todos los indeseables —dijo Ngo, su rostro arrugado bañado en sudor—. ¿Y qué me dice de los que trabajamos aquí, señor jefe de estación Lukas? ¿Qué pasa con la gente honesta atrapada aquí?