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Lukas repitió todo el anuncio. Probablemente se trataba de una grabación; era dudoso que le dejaran hablar en directo.

—Vamos —dijo Damon, cogiendo a Josh del brazo. Salieron por la puerta principal y doblaron la esquina para salir a la plataforma verde, recorrieron la curva dirigida hacia arriba, donde se había reunido una gran masa de gente que miraba hacia el sector blanco. No eran los únicos. Habían soldados que se movían a lo largo de la pared más alejada, junto a los ensambladeros y las estructuras metálicas.

—Nos van a disparar —musitó Josh—. Damon, salgamos de aquí.

—Mira las puertas. Mira las puertas.

Josh las miró. Las enormes válvulas estaban herméticamente unidas. El acceso de personal en el lado no estaba abierto. No se abría.

—No van a dejarlos pasar —dijo Damon—. Era una mentira… para hacer que los fugitivos se dirigieran a las plataformas.

—Regresemos —le suplicó Josh.

Alguien disparó. Una andanada pasó por encima de sus cabezas y alcanzó las fachadas de las tiendas. La gente chilló y empujó, y los dos hombres huyeron con la muchedumbre por la plataforma, hasta el nivel nueve, cruzando el umbral del establecimiento de Ngo mientras estallaban los disturbios en el corredor. Algunos más trataron de seguirles, pero Ngo se hizo con un palo y los rechazó, mientras maldecía a Josh y Damon por entrar en su bar con los revoltosos pisándoles los talones.

Cerraron la puerta, pero la multitud en el exterior estaba más interesada en correr, siguiendo el camino de la menor resistencia. Se encendieron las luces en el local cubierto de sillas volcadas y platos tirados por el suelo.

Ngo y su familia empezaron a poner orden en silencio.

—Toma —le dijo Ngo a Josh, y le arrojó un trapo húmedo, empapado en el caldo del cocido.

Luego Ngo miró a Damon con el ceño fruncido, aunque no le dio ninguna orden: un Konstantin todavía tenía algunos privilegios. Pero Damon empezó a recoger platos, enderezar sillas y fregar como los demás.

En el exterior había vuelto la calma, y sólo de vez en cuando se oía algún golpe en la puerta. Los rostros les miraban a través del plástico del escaparate, rostros de gentes que sólo querían entrar, agotados y asustados, ansiosos de un lugar donde refugiarse.

Ngo abrió las puertas, maldijo y gritó, les dejó entrar, se puso detrás de la barra y empezó a distribuir bebidas sin pensar en conceder crédito por el momento.

—Vais a pagar —advirtió a todos en general—. Sentaos y prepararemos los tickets.

Algunos se marcharon sin pagar, otros obedecieron y se sentaron. Damon cogió una botella de vino y llevó a Josh a una mesa en el rincón más alejado de la entrada, donde había un recodo en forma de L. Era su lugar habitual, desde donde veían la puerta principal y tenían acceso sin obstrucciones a la cocina y su escondite. El hilo musical se había restablecido, y los altavoces emitían una melodía nostálgica y romántica.

Josh apoyó la cabeza en las manos y deseó atreverse a beber hasta emborracharse. Pero no podía, porque entonces le asaltaban los sueños. Damon no se retuvo y bebió hasta que sus ojos se cubrieron por una neblina anestésica que causó la envidia de su amigo.

—Mañana voy a salir —dijo Damon—. Ya he permanecido demasiado tiempo en ese agujero… Voy a salir, tal vez hablaré con algunas personas, procuraré efectuar algunos contactos. Tiene que haber alguien a quien no hayan evacuado del sector verde, alguien que aún le deba a mi familia algunos favores.

Ya lo había intentado antes.

—Hablaremos de ello —le dijo Josh.

El hijo de Ngo les sirvió le cena, estofado, en la mayor cantidad posible. Josh tomó un tenedor y tocó a Damon con el pie cuando se sentó. Damon cogió el suyo, pero su mente aún parecía en otra parte.

Quizá pensaba en Elene. A veces, mientras dormía, Damon pronunciaba su nombre. A veces el de su hermano. O quizá pensaba en otras cosas, en los amigos perdidos, en personas probablemente muertas. No iba a hablar y Josh lo sabía. Pasaban largas horas en silencio, cada uno sumido en su pasado. Él pensaba en sus propios sueños más felices, lugares agradables, una carretera iluminada por el sol, polvorientos campos de cereales en Cyteen, gentes que lo habían amado, rostros que había conocido, viejos amigos, viejos camaradas, lejos de aquel lugar. Sus horas estaban llenas de aquellos recuerdos, las largas y solitarias horas que pasaban ocultos, las noches, con la música que les llegaba desde el bar de Ngo, estremeciendo las paredes durante la mayor parte del día y de la noche artificiales, una música interminable, enervante, o dulzona. Dormían en los momentos de quietud y permanecían tendidos, inmóviles, en los demás. Josh no se entrometía en las fantasías de Damon ni éste en las suyas. Nunca negaban su importancia, porque eran el mejor consuelo que tenían en aquel lugar. Ninguno de los dos pensaba ya en la posibilidad de entregarse. Habían visto el rostro de Lukas en la pantalla, aquella calavera que era un ejemplo del trato que Mazian daba a sus marionetas. Si Emilio Konstantin estaba aún vivo, como se rumoreaba… Josh se preguntaba para sus adentros si eso sería una buena o una mala noticia, pero no decía nada.

—He oído por ahí que algunos hombres de Mazian se dejan comprar —habló finalmente Damon—. A lo mejor se podría conseguir de ellos algo mejor que mercancías. Si hay algún agujero en su nuevo sistema…

—Eso es absurdo. No les interesa. Piensa que no estás hablando de un saco de harina. Haz esa clase de preguntas y los tendrás sobre nosotros.

—Probablemente tienes razón.

Josh empujó el bol y se quedó mirando el borde del recipiente. Se les estaba agotando el tiempo, eso era todo. Con el cierre hermético del sector blanco también ellos quedaban encerrados. Todo lo que los otros necesitaban ahora era una redada desde la plataforma o el sector verde uno, hacer pasar a los que estaban dispuestos a rendirse y disparar contra los demás.

Ocurriría cuando tuvieran en orden el sector blanco. Y ya estaba empezando.

—Tendría que acercarme a la Flota —concluyó Josh—. Es más probable que los soldados te reconozcan a ti que a mí, mientras me mantenga alejado de las tropas de la Norway…

Damon se quedó en silencio un momento, quizá sopesando las probabilidades.

—Déjame intentar otra cosa. Pensaré en ello. Tiene que haber un modo de llegar a los transbordadores. Voy a echar un vistazo a los equipos de plataforma y veré quiénes trabajan ahí.

No iba a salir bien. Siempre había sido una idea alocada.

III

Mercante Finity's End: Espacio profundo; 6/1/53

Entraba otro mercante. Las llegadas eran bastante corrientes. Elene oyó el informe y se levantó del sofá, recorriendo los estrechos espacios de la Finity's para ver lo que Wes Neihart tenía en pantalla.

—¿Cómo están las cosas aquí? —preguntó al cabo de un rato una voz meliflua.

El carguero había procedido al salto a una distancia respetuosa, con toda precaución. Tardaría algún tiempo en recorrer el trayecto hasta finalizar el salto. Elene se sentó en uno de los sillones ante el radar, fastidiada inconscientemente por la pesadez de su cuerpo; era una molestia con la que había aprendido a vivir. El bebé, aquella interna e impredecible compañía, le daba patadas. Ella le ordenó mentalmente que se estuviera quieto, dio un respingo y se concentró en la pantalla. Neihart se acercó para ver.

—¿No va a responderme nadie? —preguntó el recién llegado, ahora mucho más cerca.

—Deme su identificación —dijo una voz desde otra nave—. Aquí el mercante Osito. ¿Quiénes son ustedes? Sigan avanzando y limítense a darnos su identificación.