Pasó el tiempo de respuesta, ahora aún más corto, y otros mercantes habían empezado a moverse. Había un grupo de observadores cada vez más nutrido en el puente de la Finity's.
—Esto no me gusta —musitó alguien.
—Aquí Genevieve, procedente de la Unión, de Fargone. Hay rumores de que ocurre algo ahí. ¿Cuál es la situación?
—Déjame responder —intervino otra voz—. Genevieve, aquí Pixie II. Déjame hablar con el viejo, ¿de acuerdo, muchacho?
Hubo un silencio más largo de lo que habría sido normal. A Elene empezó a latirle el corazón aceleradamente, y giró en su asiento haciendo un torpe y frenético gesto a Neihart, pero ya sonaba la alarma general y Neihart pasaba la señal a su sobrino, que estaba ante el ordenador.
—Aquí Sam Dentón, de la Genevieve —retornó la voz.
—¿Cómo me llamo, Sam?
—Hay soldados aquí —transmitió la Genevieve y al instante se cortó la emisión. Elene alargó frenéticamente la mano hacia el comunicador, mientras por todas partes sonaban órdenes de que las naves permanecieran quietas o dispararían contra ellas.
—Genevieve, Genevieve, aquí Quen, de la Estelle. Responda.
Nadie disparaba. En la pantalla, los centenares de naves que giraban dentro de la zona de gravitación nula, se reorientaron para rodear al intruso.
—Aquí el teniente Marn Oborsk, de la Unión —dijo al fin una voz—. A bordo de la Genevieve. Esta nave será destruida antes que capturada. Los Dentón están a bordo. Confirmen su identidad. Los Quen han muerto y la Estelle es una nave desaparecida. ¿En qué nave está usted?
—Genevieve, no está en condiciones de exigir nada. Haga salir a los Dentón de su nave. Se hizo otra larga pausa.
—Quiero saber con quién estoy hablando.
Ella no respondió de inmediato. A su alrededor, en el puente, había una actividad frenética. Se orientaban las armas y se calculaban las posiciones relativas para velocidad, deriva y el uso probable de los reactores de plataforma para aumentarla.
—Habla Quen. Le exigimos que deje salir a los Dentón de esa nave. Escuche esto: si la Unión pone sus manos en otro mercante, el diablo andará suelto. El puerto de origen de cualquier nave atacante o que se apodere de un mercante estará sujeto a las sanciones de nuestra alianza. Eso es lo que ocurre aquí. Observe su situación, teniente Oborsk. Nos estamos extendiendo y superamos en número a sus naves de guerra. Si quiere un solo kilo de mercancía transportado de un lado a otro, de ahora en adelante tendrá que tratar con nosotros.
—¿Desde qué nave me habla?
Podían empezar a disparar en vez de hacer preguntas. Tenía que calmarlos, mantenerlos estables. Elene se enjugó el rostro y miró a Neihart, el cual asintió. Los cálculos estaban hechos.
—Quen es todo lo que necesita saber, teniente. Nuestro número es muy superior al suyo. ¿Cómo encontró este lugar? ¿Se lo informaron los Denton? ¿O se puso en contacto con ustedes una nave que no debía hacerlo? Le diré esto: la alianza de mercantes actuará como una unidad, y si quiere que haya problemas serios, señor, ponga las manos en otra nave mercante. Ustedes y la Flota de Mazian pueden hacer entre sí lo que gusten. Nosotros no pertenecemos a la Compañía ni a la Unión. Somos el tercer lado en este triángulo y a partir de ahora vamos a negociar en nuestro propio nombre.
—¿Qué se proponen aquí?
—¿Puede usted negociar o llevar mensajes a los suyos? Hubo una larga pausa.
—Teniente —prosiguió ella—, cuando los negociadores autorizados estén dispuestos a acercarse a nosotros, estaremos plenamente preparados para hablar con ellos. Mientras tanto le rogamos que deje salir a los Dentón. Si está dispuesto a hablar razonablemente, verá que somos amistosos. Pero si se perjudica a cualquier otro mercante, tomaremos represalias. Y esto es una promesa.
Transcurrió el tiempo previsto antes de la respuesta.
—Aquí Sam Dentón —dijo finalmente otra voz—. Tengo instrucciones para decirle que esta nave va a cambiar de virada y que a bordo hay un dispositivo de destrucción. Tengo aquí a toda la familia, Quen. Eso también es cierto.
De repente se produjo una desintegración. Elene miró la pantalla y el telémetro, vio la explosión registrada, su crecimiento súbito, convirtiéndose en una mancha inconfundible incluso en la pantalla. Sintió que el estómago se le ponía tenso y el bebé se movía… Se llevó una mano al vientre y, presa de náuseas, contempló las pantallas, mientras el cornunicador seguía emitiendo interferencias.
Una mano, la de Neihart, se posó sobre su hombro.
—¿Quién disparó? —le preguntó ella.
—Aquí Pixy II —dijo una voz áspera, cargada de emoción—. He disparado yo. Se acercaban al cénit, hacia el vacío, con los motores ardiendo. Un poco más y muchos habríamos estallado.
—Recibido, Pixy.
—Vamos a rastrear la zona —dijeron desde otra nave.
Cabía al menos la posibilidad de una cápsula… Que la Unión hubiera permitido salvarse al menos a los niños de los Dentón. Pero no era muy probable que la cápsula hubiese soportado la deflagración.
Como lo ocurrido con la Estelle, allá en Mariner. El rastreo sería inútil. No iban a encontrar nada.
Aparecieron otras señales en la pantalla, presencias fantasmales en la oscuridad que rodeaba al punto de la explosión, sólo definidas por leves destellos, parpadeos o raudas luces y sombras en la pantalla, ocultando las estrellas. Eran amigos, centenares de naves moviéndose en la zona de rastreo.
—Ahora estamos metidos en ello —murmuró Neihart—. La Unión no tendrá descanso.
Pero todos lo sabían, desde el momento en que empezó a correr la noticia, en cuanto los mercantes empezaron a pasarse el aviso del lugar adonde tenían que ir y el nombre que les había convocado… una nave desaparecida y un nombre extinto, a causa de un desastre que todos conocían. Era inevitable que la Unión se enterase; seguramente ya habrían observado la curiosa ausencia de naves de sus estaciones, mercantes que no se movían de acuerdo con el programa establecido. Tal vez sentirían pánico, al percibir desapariciones en zonas donde no podía haber acción militar, con Mazian inmovilizado en Pell. La Unión tenía naves apropiadas —lo habían demostrado— y antes de que llegara aquella nave podría haber comunicado su rumbo a otras. El paso siguiente sería el envío de una nave de guerra… si la Unión podía distraer una de Pell.
Y la noticia no se había extendido solamente por el espacio de la Unión. Había llegado a Sol… pues Winifred había recordado sus vínculos con la Tierra, arrojando su carga al vacío, y apresurándose a adquirir la masa necesaria para proceder al salto lo antes posible… Habían emprendido aquel viaje largo e incierto, sin saber qué recibimiento obtendrían. «Habladles de Mariner», les había pedido Elene. «Y de Russell, de Viking y Pell. Hacedles comprender.» Lo hicieron obedientemente, porque ya habían pertenecido una vez a la Tierra. Pero fue un gesto solamente. No llegaba respuesta alguna.
No encontraron una cápsula, sino sólo residuos y chatarra.
IV
Downbelow: Santuario de los hisa; 6/1/53; noche local
Desde el principio los hisa habían estado yendo y viniendo, una silenciosa migración que entraba y salía del grupo reunido al pie de las imágenes, aislados y por parejas, en actitud reverente, respetando a los soñadores reunidos allí en gran número. Habían acudido de día y de noche, llevándoles alimentos y agua, haciendo cosas pequeñas y necesarias.