Ahora había cúpulas para los humanos, zanjas excavadas por los hisas, y los compresores producían su ruido sordo, con el pulso de la vida bajo las cúpulas toscas y llenas de parches, pero que servían para cobijar a viejos y niños, y a todos los demás mientras el breve verano cedía ante el otoño, los cielos se nublaban y eran cada vez menos los días soleados y las noches tachonadas de estrellas.
Las naves les sobrevolaban, transbordadores que iban y venían. Ya estaban acostumbrados y no les asustaba.
«Ni siquiera en los bosques debéis reuniros —había explicado Miliko a los Viejos a través de intérpretes—. Sus ojos ven las cosas cálidas, incluso a través de los árboles. La tierra profunda puede ocultar a los hisa. Pero ellos ven incluso cuando el sol no brilla.»
Los nativos se habían sorprendido mucho al oír aquello. Habían hablado entre sí, de los Lukas. Pero parecieron comprender.
Día tras día habló con los Viejos, habló hasta enronquecer y fatigar a sus intérpretes, intentando hacerles comprender a qué se enfrentaban. Y cuando se fatigaba, unas manos extrañas le tocaban los brazos y el rostro y los ojos redondos de los hisas la miraban con profunda ternura. A veces eso era todo lo que podían hacer.
Y los humanos… de noche se acercaba a ellos. Estaba Ito, Ernst y los demás, cada día de peor humor… Ito porque todos los demás oficiales se habían ido con Emilio; y Ernst porque, como era de baja estatura, no le habían elegido. También estaba uno de los hombres más fuertes de todos los campamentos, Ned Cox, el cual no se había ofrecido voluntario y ahora empezaba a avergonzarse. Había una especie de malestar que se extendía entre ellos, vergüenza quizá, cuando escuchaban las noticias de la base principal, que no decían más que desgracias: un centenar de personas sentadas fuera de las cúpulas, eligiendo el tiempo frío y el alivio de los respiradores, como si al rechazar la comodidad se demostraran algo unos a otros y a sí mismos. Se habían vuelto silenciosos, y sus ojos, como decían los nativos, eran brillantes y fríos. Día y noche en aquel santuario, en el lugar de las imágenes hisa, sentados ante las cúpulas en las que otros vivían, en las que otros esperaban ansiosos que les tocara su turno, pues no todos cabían a la vez. Permanecerían allí porque no tenían más remedio, ya que cualquier deserción sería observada desde el cielo. Habían elegido el santuario y no había nada más que hacer salvo permanecer allí sentados y pensar en los otros. Pensar y juzgarse a sí mismos.
A aquella actitud los hisa la llamaban soñar. Era lo mismo que ellos hacían.
«Usad la cabeza», les había dicho Miliko los primeros días, cuando estaban más inquietos y hablaban sin tino de emprender alguna acción. «Tenemos que esperar.» Cox le preguntó qué tenían que esperar, y eso empezó a turbar los propios sueños de Miliko.
Aquella noche los hisa bajaban por la cuesta, unos nativos a los que habían enviado días atrás. Aquella noche ella se sentó con los otros y los vio llegar, las manos en el regazo, observó los cuerpos pequeños y distantes moviéndose por la oscuridad de la llanura, sintiendo una curiosa tirantez en las entrañas. Eran hisa para cubrir el número de los humanos; de modo que quienes exploraban el campamento no notaran su ausencia. Miliko llevaba el arma en un bolsillo impermeable, y las ropas con que se cubría la mantenían caliente. Aún así, la incertidumbre de las cosas le hizo estremecerse. Se había quedado aquí para cuidar de los hisa, pero éstos le habían pedido que se fuera, porque estaba apenada y tenía los ojos fríos como los demás.
Irse o perder a la gente que mandaba. De otro modo no podría retenerlos más.
—«¿Temeréis que os deje?», había preguntado a los humanos que se quedarían, los silenciosos y retirados, los viejos, los niños, los que tenían seres queridos y aquellos que, tal vez, estaban más en su juicio que los que esperaban fuera. Se sentía culpable por ellos. Su misión consistía en protegerlos, y no podía hacerlo, ni siquiera podía dirigir al grupo del exterior… simplemente huía al frente de aquellos locos. Muchos de los que se quedarían eran miembros de cuarentena, refugiados que habían presenciado demasiado horror y estaban demasiado cansados, que nunca habían pedido encontrarse allí. Miliko imaginaba que debían tener miedo. Los viejos hisas podían ser perversamente extraños, y si la gente de Pell estaba acostumbrada a los nativos, para ellos eran aún inquietantes alienígenas. Pero una anciana le había dicho: «No, por primera vez desde Mariner no tengo miedo. Aquí estamos seguros. Quizá no de las armas, pero sí del miedo.» Y otras cabezas habían asentido, mientras sus ojos la miraban con la paciencia de las imágenes hisa.
Ahora un pequeño grupo de hisa se acercaban. Primero se detuvieron junto a ella e Ito y miraron a los otros que aguardaban detrás.
Escogieron a algunos más, que fueron a reunirse con los demás hisa cuesta arriba, mientras se aproximaba otro grupo. Aquella noche se irían ciento veintitrés humanos, y otros tantos hisa acudirían al campamento para ocupar su lugar. Miliko confiaba en que los hisa lo comprendieran. Finalmente pareció que lo entendían, y sus ojos se iluminaron de alegría por la broma que gastaban a los humanos que les espiaban desde arriba.
Fueron por la ruta más rápida, pasaron junto a otros hisa que les llamaban alegremente. Miliko avanzaba con tanta rapidez como podía, jadeando, decidida a no descansar, porque tampoco descansaban los hisa. Todos habían acordado prescindir del descanso. Miliko se tambaleó mientras emprendían la ascensión final por el margen del bosque, ayudada por las jóvenes hembras hisa que los rodeaban… Allí estaban Ella-camina-rápido, Viento-en-los-árboles y otras cuyos nombres no podía descifrar del todo ni las hisa decírselo. Ella le había dado a una el nombre de Pie Rápido y a la otra Susurro, pues a los nativos les encantaban los nombres humanos. Había intentado llamarlas por sus nombres nativos, pero su lengua no podía dominarlos y sus intentos hacía que las hisa arrugaran la nariz y estallaran en carcajadas.
Suspendieron su marcha hasta que salió el sol. Se quedaron entre los árboles y los brezos, bajo un saliente rocoso. Cuando rompió el alba volvieron a ponerse en camino, ella, Ito, Ernst y los hisa que los guiaban, mientras otros hisa habían conducido a otros de ellos al bosque, por otra parte. Los hisa se movían como si no hubiera enemigos en todo el mundo, jugando entre ellos. Una vez se produjo una emboscada que les detuvo el corazón… una broma de Pie Rápido. Miliko frunció el ceño, como los demás humanos, y entonces los hisa se dieron cuenta de que no estaban para bromas y se sosegaron, al parecer perplejos. Miliko cogió a Susurro de la mano y trató de hacerle comprender una vez más, pero la nativa tenía menos conocimiento del lenguaje humano que los hisa con los que estaban acostumbrados a tratar.
Al final, desesperada, cogió un palo y se agachó, arrancando helechos para hacer un pequeño claro.
—Mira —le dijo, trazando una línea en el suelo con el palo—. Este es el río. —Entonces apretó el palo para hacer una marca al lado de la línea—. Aquí está el campamento de Konstantin-hombre. —Decían los hombres que era improbable que ningún símbolo dibujado penetrara en la imaginación de los hisa; las líneas y señales que no guardaban relación con el objeto real no entraban en su modo de ver las cosas—. Hacemos un círculo, así, nuestros ojos vigilan el campamento humano. Ven a Konstantin. Ven a Saltarín.
Susurro asintió, súbitamente entusiasmada, haciendo oscilar con rapidez todo su cuerpo. Tendió un brazo en dirección a la llanura.
—Ellos… ellos… ellos… —Cogió el palo y lo agitó hacia arriba. Era el ademán más próximo a la amenaza que Miliko había visto jamás en un hisa—. Son malos —dijo al tiempo que lanzaba el palo al cielo. Saltó varias veces, batió palmas y se golpeó el pecho—. Yo amiga Saltarín.