La compañera de Saltarín. Miliko contempló la fiera expresión de la joven hembra, comprendiendo de súbito, y Susurro le cogió una mano y se la palmeó. Pie Rápido le palmeó el hombro. Todos los hisa se pusieron a hablar en su barboteante idioma con mucha rapidez, y de pronto parecieron tomar una decisión, se separaron por parejas y cada uno cogió a un humano de la mano.
—Miliko —protestó Ito.
—Confía en ellos. Sigámosles la corriente. Los hisa no se perderán; nos mantendrán en contacto y nos traerán de regreso cuando sea preciso. Te enviaré un mensaje. Espéralo.
Los hisa les instaban para que se separasen y cada uno avanzara en una dirección diferente. Ernst se volvió a mirarla.
—Ten cuidado —le dijo antes de desaparecer entre los árboles.
Miliko, Ernst e Ito tenían la mitad de todas las armas que había en Downbelow, aparte de las que poseían los soldados y los otros tres que iban con ellos. Seis armas y un poco de material explosivo para arrancar tocones… ése era todo su arsenal. Miliko había instado a los hisa para que no formaran grupos de más de tres, procurando que sus movimientos parecieran ordinarios en las pantallas de los sensores que les vigilaban. Y los hisa, siguiendo su curiosa lógica, los habían acompañado en grupos de tres: ella, Susurro y Pie Rápido, tres humanos y seis hisa, y ahora tres grupos de tres que se encaminaban rápidamente en distintas direcciones.
Las bromas habían cesado. De repente, Pie Rápido y Susurro se habían puesto muy serias. Avanzaban deslizándose entre los matorrales, y cuando Miliko hacía demasiado ruido, o así lo juzgaban sus sensibles oídos, se volvían hacia ella para advertirla. No podía evitar el siseo del respirador, pero ponía cuidado en romper ramas, imitando los pasos deslizantes de los hisa, la suavidad con que se detenían e iniciaban de nuevo la marcha, y Miliko pensó al fin que era como si la estuvieran enseñando.
Descansaba cuando debía hacerlo, y sólo entonces. Una vez, tras haber caminado demasiado, se cayó y los hisa se apresuraron a recogerla, tranquilizándola mediante palmaditas en los hombros y caricias en el cabello. La sostuvieron del mismo modo que se sostenían unos a otros, envolviéndola en su calor, pues el cielo estaba nublado y soplaba un viento frío. Empezó a llover. Miliko se levantó en cuanto pudo e insistió en avanzar con la misma celeridad que antes. Los nativos aplaudieron su ímpetu.
Por la tarde se encontraron con más hisa, varias hembras y un par de machos. Surgieron repentinamente de un montículo entre los bosques y de los árboles, como sombras marrones bajo la bruma y la lluvia, el agua perlando sus pelajes. Susurro y Pie Rápido hablaron con ellos, sin soltar a Miliko, y recibieron una respuesta.
—Dicen… que vienen de muy lejos, Escucha. Son muchos. Sus ojos se alegran de verte, Mihan-tisar.
Eran doce en total. Uno tras otro se acercaron, tocaron las manos de Miliko, la abrazaron, se agitaron e hicieron corteses reverencias. Lo que dijo Susurro fue largo, y obtuvo largas respuestas de uno y otro.
—Ellos ven —dijo Pie Rápido, que escuchaba mientras Susurro hablaba—. Ven lugar humano. Allí hisas y humanos heridos.
—Tenemos que ir ahí —dijo Miliko, llevándose la mano al corazón—. Todos mis humanos van allí, se sientan en las colinas, vigilan. ¿Comprendéis? ¿Me oís bien?
—Oímos —dijo Pie Rápido, y pareció traducir.
Los otros empezaron a andar, poniéndose en cabeza. Miliko no sabía qué harían cuando llegaran allí. La asustaba la furia de Ito y de los otros. Seis pistolas no bastaban para apoderarse de un transbordador, ni tampoco el resto de ellos cuando llegaran… desarmados y sin ningún medio para enfrentarse a tropas bien pertrechadas y con trajes blindados. No podrían hacer más que mirar, permanecer allí y confiar…
Caminaron durante todo el día, bajo una lluvia fría que se filtraba a través de las hojas. Y el viento lanzaba las gotas contra ellos cuando no llovía. Los arroyos desbordados y de superficie burbujeante corrían libremente. Los matorrales eran cada vez más espesos.
—El lugar humano —les recordó Miliko finalmente, desesperanzada—. Tenemos que encontrar el campamento.
—Vamos al lugar humano —le confirmó Susurro, y un instante después se había ido, deslizándose entre los matorrales con tal rapidez que engañaba la vista.
—Corre bien —le aseguró Pie Rápido—. Hace ir lejos a Saltarín para alcanzarla. Él se cae muchas veces, ella camina.
Miliko frunció el ceño, perpleja, como solía ocurrirle cuando le hablaban los hisa. Pero Susurro se había ido para hacer algo serio, o así lo parecía, y ella se esforzó en seguir caminando.
Al cabo de largo rato vio un claro entre los árboles y avanzó hacia allí con las pocas fuerzas que le quedaban, pues había humo en el aire, el humo de los molinos, y poco después pudo distinguir el brillo crepuscular de una cúpula. Se puso de rodillas en el borde del bosque y tardó un momento en comprender dónde estaba. Era la primera vez que veía el campamento desde aquel ángulo, desde lo alto de las colinas. Se apoyó allí, mientras Pie Rápido le palmeaba la espalda. Jadeaba y tenía la visión borrosa. Se palpó el bolsillo izquierdo, donde guardaba tres cilindros de recambio y confió en que no se hubiera estropeado el que llevaba colocado en la máscara. Había calculado que podrían vivir allí, al aire libre, durante semanas. Tenían que utilizar con cuidado los respiradores.
El sol se ponía. Pudo ver que se encendían las luces en el campamento, y mientras avanzaba por el filo de un saliente erosionado, distinguió las figuras que se movían bajo las luces, una fila de personas con pesadas cargas a cuestas que iban y venían entre el molino y la carretera.
—Ella viene —dijo de pronto Pie Rápido.
Miliko miró atrás y de repente echó en falta a los otros, que habían estado detrás de ellos, entre los árboles, y ahora no se veían por ninguna parte. Parpadeó de nuevo cuando se separaron las ramas de unos matorrales y Susurro cayó al suelo, jadeando.
—Saltarín —balbuceó la nativa, balanceándose mientras jadeaba—. Sufre, sufre, trabajo muy duro. Konstantin-hombre sufre. Te da esto.
Tenía un trozo de papel en el puño apretado, peludo y húmedo. Miliko cogió el fragmento empapado, y lo alisó cuidadosamente y secó, aunque la lluvia volvió a mojarlo enseguida, haciéndolo frágil como papel de seda. Tuvo que inclinarse mucho y ladearse para poder leerlo a la luz del crepúsculo. Las palabras habían sido garabateadas apresuradamente. Decía: «Las cosas aquí están bastante mal. No hay que fingir. Permaneced alejados, por favor. Te dije lo que tenías que hacer. Dispersaos y seguid fuera de su alcance. Me temo que querrán más mano de obra. Estoy bien. Por favor, volved, no os metáis en líos.»
Las dos hisa la miraban con expresión de asombro. Aquellos signos en un papel las confundían.
—¿Os ha visto alguien? —les preguntó Miliko—. ¿Algún hombre?
Susurro frunció los labios.
—Yo nativa —dijo con altivez—. Muchos nativos vienen aquí, llevan sacos al molino. Aquí está Saltarín. Humano no sabe. ¿Quién soy yo? Nativa. Saltarín dice tu amigo trabaja muy duro. Hombres matan a hombres. Dice te ama.
—También yo le amo.
Se guardó la nota en un bolsillo de la chaqueta y siguió agachada entre las hojas, con la cabeza cubierta por la capucha y la mano dentro del bolsillo, sobre la culata de la pistola.
Cualquier acción que emprendieran empeoraría las cosas, significaría la muerte de todos los que estaban allí. Aunque pudieran hacerse con una de las naves, sólo les acarrearía represalias. Un ataque masivo, allí y en el santuario. Vidas por vidas. Emilio trabajaba para salvar a Downbelow, lo que pudiera salvar. Y lo último que querría sería algún movimiento precipitado por su parte.