—Pie Rápido —llamó—. Corre, busca a los nativos y a todos los humanos que salieron conmigo. ¿Entiendes? Diles… Miliko habla con Konstantin-hombre. Diles que todos esperen, que esperen y no se muevan.
Pie Rápido trató de repetirlo, pero le resultaba difícil con su parco vocabulario. Pacientemente, Miliko lo intentó de nuevo, y al final Pie Rápido se bamboleó demostrando que comprendía.
—Les digo sentarse —dijo con excitación—. Tú hablas con Konstantin-hombre.
—Sí, sí —dijo Miliko, y la nativa echó a correr.
Los nativos podían ir y venir. Como Susurro decía, los hombres de Mazian no veían ninguna diferencia entre unos y otros, no podían distinguirlos. Y esa era la única esperanza que tenían, mantener la comunicación entre ellos, hacer saber a los hombres que no estaban solos. Emilio sabía que ella estaba allí. Tal vez, aunque deseara que estuviera en otra parte, aquello era algún consuelo.
V
Pelclass="underline" Sector verde nueve; 8/1/53; 1800 h.
Los rumores se extendían por todo el sector verde, pero no había señales de un cierre inminente, ni registros ni amenaza de crisis. Las tropas entraban y salían de los lugares habituales. La música a todo volumen trepidaba en los bares de la plataforma, y los soldados de permiso se relajaban bebiendo, algunos incluso bebiendo demasiado. Josh echó un vistazo cauteloso a la puerta del local de Ngo y se escondió de nuevo cuando un pelotón de soldados marciales, sobrios, vestidos con armaduras avanzó por el corredor con unas intenciones definidas. Josh se sintió un poco nervioso, como le ocurría cuando presenciaba tales movimientos en ausencia de Damon. Aguantaba la espera en el refugio, su turno de sudar en el almacén de Ngo, saliendo a la sala principal sólo a las horas de comer… pero ya era la hora de la cena, casi pasada, y su preocupación empezaba a ir en aumento. Damon había insistido en salir el día anterior y aquel mismo día, siguiendo pistas, buscando un contacto… hablando con gente y corriendo el riesgo de meterse en líos.
Paseó inquieto por el reducido ámbito de la sala, y se dio cuenta de que Ngo le miraba desde el bar con el ceño fruncido. Procuró calmarse y finalmente regresó al interior, asomó la cabeza a la cocina y le pidió la cena al hijo de Ngo.
—¿Cuántos? —le preguntó el muchacho.
—Uno —dijo él. Necesitaba una excusa para permanecer en la sala principal. Calculó que cuando Damon regresara podría encargar otra cena. Su crédito era bueno, la única comodidad de su existencia. El hijo de Ngo le señaló con una cuchara, indicándole que saliera.
Fue a su mesa de costumbre y se sentó, mirando de nuevo hacia la puerta. Dos hombres habían entrado en el local, lo cual no tenía nada de raro. Pero también miraban a su alrededor, y empezaron a avanzar hacia el fondo. Josh agachó la cabeza y trató de camuflarse en las sombras. Eran tipos del mercado, tal vez amigos de Ngo…, pero el movimiento le alarmó. Y los hombres se detuvieron junto a su mesa y uno de ellos retiró una silla. Él alzó la vista, lleno de aprensión, al ver que el hombre se sentaba mientras el otro permanecía de pie.
—Talley —dijo el hombre sentado, un joven de facciones duras con una cicatriz de quemadura que le cruzaba la mejilla—. Es usted Talley, ¿verdad?
—No conozco a ningún Talley. Usted se confunde.
—¿Quiere salir fuera un momento? Vaya hacia la puerta.
—¿Quién es usted?
—Hay un arma apuntándole. Le sugiero que se mueva.
Era la pesadilla largo tiempo esperada. Josh pensó en lo que podría hacer, pero cualquier cosa provocaría sus disparos. Cada día morían hombres en el sector verde, y no había otra ley que las tropas, a las cuales no iba a pedir auxilio. Aquellos no eran hombres de Mazian. Se trataba de alguna otra cosa.
—Muévase.
Josh se levantó, separándose de la mesa. El segundo le cogió del brazo y le acompañó a la puerta. Salieron a la brillante luz del exterior.
—Miré hacia allí —le dijo el hombre a su espalda—. Mire a la puerta de enfrente, al otro lado del corredor. Dígame si nos hemos equivocado de hombre.
Él obedeció. Era el hombre al que había visto antes, el que le había estado observando. Se le empañó la vista y sintió que la náusea le atenazaba el estómago, a causa de un reflejo condicionado.
Conocía a aquel hombre. No recordaba su nombre, pero le conocía. Su acompañante le cogió por el codo y le hizo avanzar en aquella dirección, al otro lado del corredor, y mientras el otro hombre entraba, le llevó al interior del bar de Mascari, en el que flotaban los efluvios del licor y el sudor y sonaba una música que estremecía el suelo. Las cabezas se volvieron, las de los clientes del bar que podían verle mejor de lo que le permitía verlos a ellos su visión momentáneamente deslumbrada, y sintió que le sobrecogía el pánico, no sólo porque le podían reconocer, sino también porque había algo en aquel lugar que él reconocía, a pesar de que no debería conocer nada de Pell, después de lo ocurrido, al otro lado del abismo que habían cruzado.
Le empujaron a un rincón de la sala y le hicieron entrar en uno de los compartimientos cerrados. Dos hombres estaban allí, uno de edad mediana que no provocaba en él ninguna alarma… y el otro… el otro…
Volvió a sentirse maclass="underline" un nuevo asalto de reflejo condicionado. Tanteó en busca del respaldo de una silla de plástico y se apoyó en él.
—Sabía que eras tú —dijo el hombre—. Josh, ¿verdad? ¿Eres tú?
—Gabriel.
El nombre surgió de su pasado bloqueado, y estructuras enteras se tambalearon. Vio de nuevo su nave… su nave y sus compañeros… y aquel hombre… aquel hombre entre ellos…
—Jessad —le corrigió Gabriel, el cual le tomó del brazo y le miró de un modo extraño—. ¿Cómo llegaste aquí, Josh?
—Los de Mazian.
Le hicieron pasar al fondo del recinto cerrado por una cortina, un lugar íntimo, una trampa. Volvió la cabeza y vio que los otros bloqueaban la salida, y cuando volvió a mirar en la penumbra apenas pudo distinguir el rostro de Gabriel… igual que aquella vez en la nave, cuando se separaron, cuando él transfirió Gabriel a Blass, en la Hammer, cerca de Mariner. Gabriel apoyó suavemente una mano en su hombro, haciéndole sentarse en una silla alrededor de una pequeña mesa circular. Gabriel se sentó ante él y se inclinó hacia delante.
—Aquí mi nombre es Jessad. Estos caballeros… el señor Coledy y el señor Kressich… El señor Kressich era consejero de esta estación, cuando había consejo. Ustedes perdonarán señores. Quiero hablar con mi amigo. Esperen fuera. Procuren que nadie nos moleste.
Los otros se retiraron, y los dos hombres se quedaron a solas bajo la luz mortecina de una bombilla. Josh no quería estar allí solo con aquel hombre, pero la curiosidad le hacía seguir sentado, más que el temor al arma de Coledy, una curiosidad que contenía la premonición del dolor.
—Somos socios, ¿no es cierto, Josh? —le preguntó Gabriel/Jessad.
Podía ser una trampa o ser verdad. Movió la cabeza con un gesto de impotencia.
—Me han lavado la mente. Mi memoria… El rostro de Gabriel se contrajo, como si lo lamentara, y le cogió de un brazo.
—Josh… Entraste, ¿verdad? Trataste de efecutar la recogida. La Hammer me recogió cuando salió mal. Pero no lo sabías, ¿verdad? Hiciste entrar a la Kite y ellos te cogieron. Lavado de cerebro… Josh, ¿dónde están los otros? ¿Dónde está el resto, Kitha y…?
Él meneó la cabeza, frío por dentro, vacío.
—Muertos. No puedo recordar claramente. He perdido la memoria.