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Alicia Lukas-Konstantin. Pensó en ella, en aquella mujer que le había ayudado para ayudar a Damon. Ella no podría marcharse, ni los guardias que le habían dado dinero en el hospital, ni el nativo que les siguió y vigiló para que estuvieran a salvo, ni la gente que había sobrevivido al infierno de las naves y de la cuarentena, ni los hombres, las mujeres y los niños…

Lloró, apoyando la cabeza entre las manos, mientras en algún profundo lugar de su interior, todavía funcionaban los instintos con fría inteligencia, sabiendo cómo acabar con un lugar como Pell, sabiendo que esa era la única razón de su existencia.

Ya no creía en el resto.

Se enjugó los ojos, bebió el café, permaneció sentado y esperó.

VI

Transporte de la Unión Unity: Espacio profundo; 8/1/53

Rodó el dado, salió un dos, y Ayres se encogió de hombros, malhumorado, mientras Dayin Jacoby se anotaba otra serie de puntos y Azov preparaba otra ronda. Los dos guardianes asignados perpetuamente en la sala principal de la cubierta inferior les observaban desde los bancos adosados a la pared, sus rostros jóvenes e inmaculados totalmente inescrutables. Ayres y Jacoby, y alguna que otra vez Azov, jugaban por puntos imaginarios apostando créditos auténticos que obtendrían cuando llegasen a algún lugar civilizado, lo cual, pensaba Ayres, era un elemento tan azaroso como el rodar del dado.

El tedio era el único enemigo presente. Azov estaba cada vez más sociable. Ataviado de negro, se sentaba con ellos a la mesa, jugaban juntos, pues no se rebajaba a jugar con los miembros de su tripulación. Tal vez los maniquíes se divertían por su parte en algún otro lugar. Ayres no podía imaginarlo… Nada les afectaba, nada iluminaba aquellos ojos apagados y odiosos. Solamente Azov se les unía de vez en cuando y se sentaban en la sala principal, donde transcurrían tediosas veladas de ocho o nueve horas, allí sentados, pues no había trabajo alguno que hacer, ningún ejercicio al que someterse. Se pasaban la mayor parte del tiempo sentados en la única estancia que les permitían ocupar, y hablaban… finalmente hablaban.

Jacoby no se reprimía en su conversación; vertía confidencias de su vida, sus asuntos, sus actitudes. Ayres oponía resistencia a los intentos de Jacoby y Azov para hacerle hablar de su mundo natal. Eso sería peligroso. Pero de todos modos hablaba acerca de sus impresiones de la nave, de la situación actual, de cualquier nadería que no le pareciese perjudicial, de la abstracción de las leyes y la economía, en cuya teoría los tres hombres compartían ciertos conocimientos, y bromeaban acerca del cambio al que deberían pagar sus apuestas. Azov se reía francamente. Era un alivio inefable tener alguien con quien hablar, intercambiar chanzas con otros. Tenía un vínculo con Jacoby… un lazo de afinidad que no había escogido pero al que no podía renunciar. Cada uno constituía la cordura del otro. Finalmente empezó a aceptar que era concebible semejante vínculo también con Azov, pues le parecía un hombre comprensivo y de buen carácter. Aquello era también peligroso, y lo sabía. Jacoby ganó la siguiente partida. Azov anotó pacientemente los puntos y se volvió hacia los maniquíes.

—Jules, trae una botella, ¿quieres?

Uno de los jóvenes se levantó y salió de la sala.

—Habría dicho que en vez de nombres tenían números —comentó Ayres en voz baja. Ya habían dado cuenta de una botella. Y entonces se arrepintió de su franqueza.

—Hay muchas cosas en la Unión que usted no ve —dijo Azov—. Pero puede tener ocasión de hacerlo.

Ayres se rió, y de repente sintió un escalofrío en las entrañas. ¿Cómo?, estuvo a punto de decir, pero se contuvo. Habían bebido mucho juntos. Azov no había admitido nunca las ambiciones de la Unión, ningún otro proyecto más allá de Pell. No pudo evitar que su expresión cambiara aunque muy ligeramente, lo que también le ocurrió a Azov. Ambos mostraron consternación durante un momento que duró demasiado. Sus reacciones fueron lentas a causa del alcohol. Y allí estaba Jacoby, un tercero no dispuesto a participar.

Haciendo un esfuerzo, Ayres rió de nuevo, procurando no mostrar su sentimiento de culpabilidad, se reclinó en su asiento y miró a Azov.

—Cómo, ¿es que también juegan? —preguntó, tratando de mostrar que interpretaba mal las palabras del otro.

Azov apretó los labios hasta formar una fina línea, le miró y sonrió como si le resultara divertido.

«No voy a casa», pensó Ayres desalentado. «No habrá información al respecto. Eso era lo que quería decir.»

VII

Pelclass="underline" Túneles de los nativos; 8/1/53; 1830 h.

El oscuro lugar estaba abarrotado de cuerpos. Damon escuchaba, se sobresaltó al oír que uno se movía cerca de él, y luego una mano le tocó el brazo en la negrura del túnel. Enfocó la linterna, estremeciéndose en el frío.

—Soy Dienteazul —le susurró la voz familiar—. ¿Vienes a verla?

Damon titubeó durante largo rato, miró las escalas que se elevaban como hilos de telaraña, rebasando el límite que alcanzaba la luz de la linterna.

—No —replicó tristemente—. No. Sólo estoy de paso. He estado en el sector blanco. Lo único que deseo es cruzar.

—Ella pide que vayas. Lo pide siempre.

—No —susurró Damon con voz áspera, pensando que las ocasiones iban disminuyendo, que pronto ya no habría ninguna oportunidad—. No, Dienteazul. La amo y no iré. ¿No sabes que sería peligroso para ella que yo fuese allí? Entrarían los hombres-con-armas. No puedo. No puedo, por mucho que lo desee.

La cálida mano del nativo palmeó la suya.

—Dices buena cosa.

Damon se sorprendió. El nativo razonaba, y aunque sabía que aquellos seres lo hacían, le causó extrañeza su manera de pensar tan parecida a la humana. Tomó la mano de Dienteazul y la estrechó, agradecido por su presencia en unos momentos en que no tenía ningún otro consuelo. Se sentó en los escalones metálicos, aspiró lentamente a través de la máscara, sentado con quien, a pesar de todas las diferencias, se había convertido en un amigo. Los hisa se agachaban en la plataforma ante él, sus ojos oscuros brillando en la luz indirecta, y le daban unas palmadas en la rodilla, en señal de amistad.

—Me vigiláis continuamente —les dijo Damon. Dienteazul asintió y se bamboleó ligeramente.

—Los hisa sois muy amables, muy buenos.

Dienteazul ladeó la cabeza y arrugó la frente.

—Tú bebé de ella. —Los lazos de parentesco eran un concepto muy difícil para los nativos—. Tú bebé de Licia.

—Lo fui, sí.

—Ella tu madre.

—Lo es.

—Milio su bebé.

—Sí.

—Le amo.

Damon sonrió tristemente.

—Contigo no valen las cosas a medias, ¿eh, Dienteazul? O todo o nada. Eres un buen tipo. ¿Qué más saben los hisa? ¿Conocen a otros humanos…o sólo a los Konstantin? Creo que todos mis amigos están muertos, Dienteazul. He intentado encontrarlos. Y o bien están ocultos o han muerto.

—Me pones tristes los ojos, Damon-hombre. Tal vez hisa los encuentren. Dinos sus nombres.

—Pregunta por cualquiera de los Dee, o los Ushant, o los Muller.

—Pregunto. Quizá alguno conoce. —Dienteazul se llevó un dedo a su nariz chata—. Los encuentro.

—¿Cómo?

Dienteazul tendió una mano y le tocó la barba cerdosa.

—Tu cara como los hisa, pero hueles igual a humano. Damon sonrió, divertido a pesar de su depresión.

—Ojalá tuviera el aspecto de un hisa. Entonces podría ir y venir. Esta vez casi me cazan.

Has venido aquí con miedo —dijo Dienteazul.