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—¿Puedes oler el miedo?

—Veo tus ojos. Mucho dolor. Huelo sangre, huelo dura carrera.

Damon iluminó su codo; la tela estaba rasgada y ensangrentada.

—Me di con una puerta —explicó. Dienteazul se inclinó hacia delante.

—Haré que no duela más.

Recordó cómo trataban los hisa sus propias heridas y movió la cabeza.

—No, pero ¿puedes recordar los nombres que te he dicho?

—Dee, Ushant, Muler.

—¿Les encontrarás?

—Lo intentaré —replicó Dienteazul—. ¿Los traigo?

—Ven a buscarme para ir a su encuentro. Los hombres-con-armas están cerrando los túneles hacia el sector blanco, ¿Lo sabías?

—Lo sé. Nosotros, los nativos, andamos por los grandes túneles de afuera. ¿Quién nos mira?

Damon suspiró a través de la máscara, se puso en pie y abrazó al hisa con un brazo mientras con el otro recogía la linterna.

—Te amo —murmuró.

—Te amo —replicó Dienteazul, y se escabulló en la oscuridad, sin más que un ligero movimiento, una vibración en los escalones metálicos.

Damon palpó su camino, contando las curvas y los niveles, dispuesto a no cometer la menor imprudencia. Ya había estado a punto de cometer una al tratar de introducirse en el sector blanco, donde había hecho sonar una alarma. Temía que aquello pudiera provocar una investigación en los túneles, y crear problemas a los nativos y a su madre. Aún le temblaban las rodillas, aunque no había vacilado en disparar cuando se vio obligado. Tuvo que hacerlo contra un guardia sin armadura, tal vez lo había matado…, al menos esa fue su intención.

Aquello le ponía enfermo.

Y aún confiaba en haber evitado que la alarma se relacionara con su nombre, en que el testigo estuviera realmente muerto.

Seguía temblando cuando llegó al acceso del corredor donde estaba el local de Ngo. Entró en la pequeña cámara, se quitó la máscara, usó la tarjeta que no pasaba por el registro de seguridad y que sólo utilizaba para casos de extrema urgencia. La puerta se abrió sin que sonara ninguna alarma. Se apresuró por el pasillo estrecho y desierto y utilizó una llave manual para abrir la puerta trasera.

La esposa de Ngo, que estaba ante el mostrador de la cocina, se volvió a mirarle y salió al instante a la sala principal. Damon dejó la puerta trasera cerrada, abrió la del almacén y dejó allí el respirador. En su pánico se había olvidado de dejarlo en la antecámara, lo cual daba la medida de su sensatez. Se lavó las manos y la cara en el fregadero de la cocina, tratando de borrar también el olor de la sangre, el miedo y el recuerdo.

—Damon.

—Hola, Josh. —Dirigió una mirada de cansancio hacia la puerta de la sala principal y se secó el rostro con la toalla colgada allí—. Hay problemas. Pasó por el lado de Josh, entró en la sala y se dirigió al bar—. Una botella —le pidió a Ngo.

—Entra de nuevo ahí… —le susurró nervioso Ngo.

—Emergencia —dijo Damon. Josh se acercó a él y le cogió del brazo.

—No pienses ahora en la bebida, Damon. Vamos ahí, quiero hablar contigo.

Fueron al discreto rincón que era su territorio, a salvo de las miradas de los comensales. Se oía ruido de platos en la cocina, donde se había retirado la esposa de Ngo y su hijo. La sala olía al inevitable estofado de Ngo.

—Escucha —le dijo Josh cuando se sentaron—. Quiero que vengas conmigo al otro lado del corredor. He encontrado un contacto que creo que puede ayudarnos.

Damon pareció tardar un momento en comprender.

—¿Con quién has estado hablando? ¿A quién conoces?

—No se trata de mí. Es alguien que te ha reconocido, que quiera tu ayuda. No conozco todos los detalles. Un amigo tuyo. Hay una organización… que se extiende entre los miembros de cuarentena y los estacionados. Una serie de personas que saben que podrías tener la habilidad necesaria para ayudarles.

Damon reflexionó, tratando de sacar algo en claro.

Ya sabes el riesgo que corremos con la gente de cuarentena… ¿Contra los soldados? ¿Y por qué han recurrido precisamente a ti, Josh? Tal vez temen que yo pueda reconocer los rostros y deducir algo más de lo que quieren decirnos. No me gusta esto.

—¿Con cuánto tiempo podemos contar, Damon? Es una posibilidad. A estas alturas todo supone un riesgo. Ven conmigo. Por favor, ven conmigo.

—Van a registrar todo el sector blanco. He tropezado allí con una alarma… Es posible que haya matado a alguien. Van a moverse, buscarán la persona que utiliza los accesos…

—¿Cuánto tiempo nos queda entonces para pensarlo? Si no lo hacemos… —Se detuvo y miró seriamente a la esposa de Ngo, que les traía los platos de estofado—. Vamos a ir a un sitio. Mantennos la comida caliente.

Los ojos oscuros de la mujer se posaron en los dos. Silenciosamente, como todo lo que hacía, recogió los platos y los llevó a otra mesa.

—No tardaremos en averiguarlo, Damon, por favor —dijo Josh.

—¿Qué se proponen hacer? ¿Atacar la central?

—Causar problemas. Llegar al transbordador. Organizar la resistencia en Downbelow… un pequeño número de nosotros, Damon, todo se base en tus conocimientos, tu habilidad con el ordenador y tu experiencia en los pasadizos.

—¿Disponen de un piloto?

—Creo que hay uno, sí.

Damon intentó hacer acopio de sensatez y meneó la cabeza.

—No.

—¿Qué significa ese no? Tú mismo hablaste de un transbordador, lo planeaste.

—Pero no para tener otra revuelta en la estación, con más muertos, para seguir un plan que nunca saldría bien.

—Ven a hablar con ellos, ven conmigo. ¿O no confías en mí? Damon, Damon, ¿cuánto tiempo podemos esperar a que se presente una oportunidad? Ni siquiera has escuchado el plan con detalle.

Damon suspiró.

—De acuerdo, iré. Muy pronto empezarán a revisar los documentos de identidad en el sector verde. Tengo miedo. Hablaré con ellos. Tal vez conozca mejores modos de hacerlo, más discretos. ¿Está lejos ese sitio?

—El local de Mascan.

—Al otro lado del corredor.

—Sí, vamos.

Se abrieron paso entre las mesas y al pasar por el lado del bar, Ngo les llamó.

—Vosotros… No volváis aquí si tenéis líos. ¿Me oís? Os he ayudado y no quiero esa clase de pago. ¿Entendido?

—Entendido —dijo Damon.

No había tiempo para suavizar la situación. Josh esperaba junto a la puerta. Se dirigió hacia él, miró a izquierda y derecha y los dos hombres cruzaron el corredor hacia el interior más oscuro y ruidoso del local de Mascari.

Un hombre, que estaba a la izquierda de la entrada, se levantó y les indicó el camino. Como Josh entró sin vacilaciones, Damon se tragó sus protestas y les siguió hasta el fondo de la sala, donde estaba tan oscuro que resultaba difícil no tropezar con las sillas.

En un reservado cubierto por una cortina brillaba una luz débil. Damon y Josh entraron, pero su guía desapareció.

Un momento después entró un hombre, joven y con una cicatriz en el rostro. Damon no lo conocía.

—Ya vienen —dijo el recién llegado, y enseguida volvieron a retirarse las cortinas y entraron otros dos hombres.

—Kressich —musitó Damon. Al otro no lo había visto nunca.

—¿Conoce al señor Kressich? —le preguntó el recién llegado.

—Sólo de vista. ¿Quién es usted?

—Me llamo Jessad… El señor Konstantin, ¿verdad? El menor de los Konstantin.

Cualquier clase de reconocimiento le ponía nervioso. Miró a Josh, confuso, perplejo. Era de suponer que conocían su identidad.

—Este hombre es de la cuarentena, Damon —dijo Josh—. Hablemos de los detalles. Siéntate.

Damon se sentó a la mesita, inseguro y aprensivo, mientras los otros se acomodaban junto a él. Miró a Josh por segunda vez. Confiaba en él, con una confianza por la que arriesgaría su vida. Incluso le daría su vida si se la pidiera, pues no tenía nada mejor en que utilizarla. Y Josh había mentido. Se sentía seguro de que Josh le estaba mintiendo.