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Ella sonrió tensamente.

—¿Cuándo?

—Ese hombre constituye ya un riesgo. Que no sea nada público, sin la menor exhibición. Porey se encargará del otro… Emilio Konstantin. Hay que hacer limpieza, Signy, no dejar nada que ayude a la Unión, que no consigan refugiados de este lugar.

—Le comprendo. Tomaré las medidas pertinentes.

—Usted y Tom, a pesar de sus enfrentamientos, han hecho un buen trabajo. Me preocupaba mucho tener a Konstantin en paradero desconocido. Han hecho un trabajo excelente. Lo digo en serio.

—Sabía lo que se proponía hacer —dijo Signy en tono neutro—. Por eso el ordenador ya ha sido debidamente manipulado; una clave convenida puede estropearlo por completo. Faltan un par de operaciones de ordenador. Me propongo cerrar el sector verde mañana. O se rinden, o lanzo al vacío a todos los ocupantes de esta sección, lo cual arregla las cosas de todos modos. Tengo las huellas de los operadores que faltan. Arrestaré al informador Ngo y su gente. Los interrogaré y determinaré con precisión lo que pueda antes de que nos vayamos. Si los agentes logran localizar a los operadores que faltan para que estemos absolutamente seguros, tanto mejor.

—Mis hombres cooperarán —dijo Edger. Ella asintió.

—Así es como debe hacerse —comentó jovialmente Mazian—. Eso es exactamente lo que espero de usted, Signy. Basta de disputas por las prerrogativas. ¿Ahora se pondrán los dos manos a la obra?

Signy apuró su copa y se levantó. Edger hizo lo mismo. Ella sonrió y asintió a Mazian, pero no a Edger, y salió con una deliberada suavidad en sus movimientos.

«Cabrón», pensó. No oyó los pasos de Edger tras ella. Cuando entró en el ascensor y empezó a bajar para reunirse con su escolta, Edger no estaba con ella. Se había quedado atrás para hablar con Mazian.

El ascensor la dejó en la salida del nivel. Sus soldados estaban donde los había dejado, rígidos y evitando cuidadosamente cualquier altercado con las tropas de la Europe que entraban y salían del vestuario. Tres soldados de la Europe dejaron de sonreír en cuanto la vieron avanzar entre ellos.

Reunió su escolta y cruzó la puerta hermética, hacia el acceso a la plataforma y las filas de sus propios soldados que aguardaban.

X

Pelclass="underline" Norway; Plataforma azul; 8/1/53; 2300 h. d.; 1100 h. n.

Se sintió mejor cuando tuvo ocasión de relajarse y bañarse, una vez solucionado el desbarajuste de la plataforma y redactados los informes. No acariciaba ilusiones de que le hicieran nada al soldado de la Australia que había disparado contra Di. Pero el causante haría bien en no acercarse a las tropas de la Norway mientras viviera.

Di había salido ya de la enfermería y se recuperaba rápidamente. Estaba furioso, lo cual era una señal saludable. Le habían empalmado una costilla y buena parte de la sangre que corría por su cuerpo era prestada, pero podía mirar la pantalla y soltar juramentos con coherencia. Esta situación reconfortaba a Signy. Graff estaba con él, y había una lista de oficiales y tripulantes dispuestos a hacer compañía a Di y mantenerle tranquilo. Una exhibición de interés hacia él que podría perturbar mucho al mayor si se daba cuenta de su magnitud.

Habría paz durante algunas horas, y al día siguiente se realizarían las operaciones en el sector verde. Signy apoyó los pies en su cama, sentada a un lado de la mesa de su propio aposento, y se sirvió un segundo trago, lo cual hacía en raras ocasiones. Y cuando lo hacía continuaba hasta tomar una tercera una cuarta y una quinta, y deseaba que Di o Graff estuvieran allí, sentados con ella, charlando. Podría haber ido a sentarse con ellos, pero Di aún no se encontraba bien del todo, y su presión arterial iría en aumento mientras le contaba lo ocurrido. No sería bueno para Di.

Había otras diversiones. Reflexionó un momento, vacilando entre dos opciones, y finalmente oprimió el botón para comunicarse con el puesto de guardia.

—Traedme a Konstantin —ordenó.

Los soldados acusaron recibo de la orden. Signy permaneció sentada, sorbiendo la bebida, sin dejar de observar los indicadores de control para asegurarse de que todas las operaciones tenían lugar como debían y que la cólera bajo las plataformas seguía contenida. La bebida no la tranquilizaba; seguía sintiendo la necesidad de pasear de un lado a otro, aunque no disponía de mucho espacio para hacerlo. Mañana…

Se propuso no seguir pensando en ello. Ciento veintiocho civiles muertos al estabilizar el sector blanco. En el verde sería mucho peor, porque allí todos tenían un verdadero motivo para temer la identificación y ponerse a cubierto. Podían lanzar al vacío a todo el sector si los dos técnicos especializados en ordenadores no aparecían a tiempo. Era la solución más juiciosa. Una muerte rápida, aunque indiscriminada; un medio para asegurarse de que tenían a todos los fugitivos… y más piadoso para aquellos individuos que ser abandonados en una estación en deterioro. La Hansford a gran escala, ése era el regalo que le dejarían a la Unión, cadáveres en putrefacción y el increíble hedor que despedían…

Se abrió la puerta. Signy alzó la vista y vio a tres soldados y a Konstantin…, limpio, vestido con un uniforme de faena y algunos trozos de esparadrapo en el rostro, aplicados por los sanitarios. Pensó vagamente que no tenía mal aspecto, y se inclinó hacia adelante, apoyándose en un brazo.

—¿Quiere hablar o no? —le preguntó.

Damon no respondió pero tampoco mostró una disposición agresiva. Signy hizo una seña a los soldados para que se marcharan. La puerta se cerró y Konstantin permaneció allí de pie, mirando fijamente algún punto más allá de la mujer.

—¿Dónde está Josh Talley? —preguntó finalmente.

—En algún sitio a bordo de esta nave. Hay un vaso en aquel armario. ¿Quiere beber algo?

—Quiero salir de aquí —replicó él—. Quiero que devuelvan esta estación a su legítimo gobierno y tener una relación de los civiles que han asesinado.

—Vaya —dijo ella, riendo, y volvió a mirar de arriba abajo al joven Konstantin. Luego sonrió irónicamente y empujó la cama con el pie, retirando un poco su sillón hacia atrás. Eso es lo que quiere, ¿eh? Ande, siéntese, señor Konstantin.

Damon obedeció y se quedó mirándola con la misma expresión sombría y enojada de su padre.

—Naturalmente, no se hace usted ninguna de esas ilusiones, ¿verdad?

—Ninguna.

Ella asintió, lamentándolo por él. Un joven de rostro agradable, inteligente, que sabía expresarse bien. Él y Josh eran muy parecidos. Algunas de las pérdidas que ocasionaba aquella guerra la enfermaban. Jóvenes como aquellos convertidos en cadáveres. Si fuera algún otro… Pero se llamaba Konstantin, y eso le condenaba. Pell reaccionaría a aquel nombre, y tenía que desaparecer.

—¿Quiere el trago?

Damon no lo rechazó. Ella le pasó su propio vaso y se quedó con la botella.

—Jon Lukas es su marioneta, ¿verdad? No había necesidad de atormentarle con la verdad. Signy asintió.

—Cumple órdenes.

—¿Su próximo objetivo será el sector verde? Ella asintió de nuevo.

—Déjeme hablar con ellos por el comunicador. Déjeme que intente razonar con ellos.

—¿Para salvar su vida? ¿O para sustituir a Lukas? No saldrá bien.

—Para salvar las de ellos.

Signy le dirigió una mirada larga y triste.

—Usted no va a salir a la superficie, señor Konstantin. Va a desaparecer muy discretamente. Creo que ya lo sabe. —Llevaba un arma a la cadera, y apoyó la mano en ella, por si acaso, aunque no creía que el joven intentara nada—. Digamos que si puedo encontrar a dos individuos no lanzaré al vacío a toda la sección. Se llaman James Muller y Judith Crowell. ¿Dónde están? Si pudiera localizarlos enseguida… Eso salvaría vidas.