—No lo sé.
—¿No los conoce?
—No sé dónde están. No creo que sigan vivos, si se supone que están en el sector verde. Conozco muy bien la zona. Tenía medios para encontrarlos si hubieran estado ahí.
—Entonces lo siento —dijo ella—. Haré lo que pueda y tan razonablemente como pueda, se lo prometo. Es usted un hombre civilizado, señor Konstantin, de una casta que ya ha desaparecido. Si descubro algún modo de hacerle salir de esto, lo haré, pero estoy rodeada por todas partes.
Damon no respondió. Ella siguió mirándole, bebiendo de la botella. Él se llevó el vaso a los labios.
—¿Qué me dice del resto de mi familia? —le preguntó al fin.
—Están bien, muy bien, señor Konstantin. Su madre hace cuanto le pedimos y su hermano no puede hacer daño alguno allá donde está. Los suministros llegan según los plazos previstos y no tenemos motivo alguno para poner objeciones a su presencia allá abajo. Es otro hombre civilizado, pero por fortuna no tiene acceso a las grandes muchedumbres y los sofisticados sistemas de la estación donde nuestras naves están ensambladas.
Con labios temblorosos, Damon apuró su vaso. Ella se inclinó para servirle un poco más de licor. Corrió el riesgo deliberado de acercarse más a él; era un atrevimiento que igualaba los platillos de la balanza. Ya era hora de dar por terminado el juego. Si aquel hombre seguía vivo al día siguiente, sabría demasiadas cosas de lo que iba a ocurrir, y eso sería cruel. Signy tenía en la boca un sabor amargo que el coñac no podía disipar. Le ofreció la botella.
—Llévesela. Ahora le dejaré irse a su aposento. Adiós, señor Konstantin.
Algunos hombres habrían protestado, llorado y suplicado; otros se habrían abalanzado contra ella, lo cual era una forma de acelerar las cosas. Damon se levantó y, sin coger la botella, se dirigió a la puerta, mirando atrás cuando ésta no se abrió. Signy oprimió el botón para llamar al oficial de guardia.
—Recojan al prisionero. —Le acusaron recibo de la orden, y entonces, como si acabara de ocurrírsele, Signy añadió—: Y traigan a Josh Talley, ya que están en ello.
Un destello de pánico apareció en la mirada de Konstantin.
—Lo sé —dijo ella—. Está mentalizado para matarme. Pero ha sufrido algunos cambios, ¿no es cierto?
—Él la recuerda.
Signy frunció los labios y luego sonrió vagamente.
—Está vivo para recordar, ¿verdad?
—Déjeme hablar con Mazian.
—Es poco práctico, y él no querría escucharle. ¿Acaso ignora, señor Konstantin, que él es la fuente de sus problemas? Mis órdenes proceden de él.
—Una vez la Flota perteneció a la Compañía. Era nuestra. Creíamos en ustedes. Las estaciones —todos nosotros— creíamos en ustedes, si no en la Compañía. ¿Qué sucedió?
Ella bajó la vista sin querer, y encontró difícil alzarla de nuevo y mirarle a los ojos.
—Alguien está loco —dijo Konstantin. «Es muy posible», pensó ella. Se reclinó en el sillón, sin saber qué decir.
—Pell no es exactamente como las demás estaciones —añadió él—. Siempre ha sido diferente. Por lo menos acepte mi consejo. Deje a mi hermano a cargo de Downbelow. Obtendrán más de los nativos si hacen las cosas sin precipitarse. Dejen que él los maneje. No son fáciles de comprender, pero tampoco ellos nos entienden fácilmente. Déjenles hacer las cosas a su manera y trabajarán diez veces más. No son belicosos, le darán cualquier cosa que les pida, si lo pide y no se lo quita.
—Su hermano se quedará allí —dijo ella.
Se encendió la luz al lado de la puerta. Signy apretó una tecla para abrirla. Habían traído a Josh Talley. Permaneció sentada, observando… un intercambio de miradas en silencio, un intento de hacer preguntas sin preguntar nada.
—¿Estás bien? —le preguntó Josh. Konstantin asintió.
—El señor Konstantin se marcha— dijo ella—. Pasa, Josh. Vamos, entra.
Él obedeció, dirigiendo una última mirada inquieta a Konstantin. La puerta se cerró entre ellos. Signy cogió de nuevo la botella y vertió más licor en el vaso que Konstantin había dejado sobre la mesa.
También aquel joven estaba más aseado. Era delgado y tenía los pómulos muy salientes. Sus ojos… estaban vivos.
—¿Quieres sentarte? —le preguntó ella.
No sabía qué esperaba de él. Siempre se había mostrado condescendiente en todo. Ahora Signy le observaba, previendo algún acto descabellado, recordando la ocasión en que había ido a buscarla a la estación, gritándole desde la puerta. El joven tomó asiento, sosegado.
—Por los viejos tiempos —dijo ella, y se llevó el vaso a los labios—. Es un hombre decente, este Damon Konstantin.
—Así es —dijo Josh.
—¿Todavía interesado en matarme?
—Los hay peores que usted.
Ella sonrió sombríamente, y su sonrisa se desvaneció enseguida.
—¿Conoces a un par llamados Muller y Crowell? ¿Conoces a alguien por esos nombres?
—Los nombres no significan nada para mí.
—¿Tienes algunos contactos en Pell que pudieran manejar el ordenador de la estación?
—No.
—Esa es la única pregunta oficial. Siento que no lo sepas. —Tomó un sorbo de licor y añadió—. Considera que el bienestar de Konstantin depende de tu buen comportamiento. ¿Qué me dices?
No hubo respuesta. Pero era cierto. Ella le miró a los ojos y se dio cuenta de que le había dicho la verdad.
—Quería formularle la pregunta —le dijo—. Eso es todo.
—¿Quiénes son… esas personas a las que busca? ¿Por qué? ¿Qué han hecho?
Preguntas. Josh nunca había preguntado nada.
—La Corrección se puso de acuerdo contigo —dijo ella—. ¿Qué te proponías hacer cuando te capturaron los hombres de la Australia?
Silencio.
—Están muertos, Josh. ¿Importa eso ahora?
La mirada del muchacho se extravió, recuperó aquella vieja expresión ensimismada. Signy pensó que era hermoso, como lo había pensado un millar de veces. Y era otro de los que no podrían salvarse. Ella había creído que podría, pero no había contado con su cordura. Cuando Konstantin desapareciera se volvería muy peligroso. Pensó que debería hacerse al día siguiente sin falta.
—Soy de la Unión —dijo él—. No un soldado regular… no lo que mostraban los antecedentes. Pertenezco a servicios especiales. Usted misma me trajo aquí. Y hubo otro de nosotros que encontró su propio camino… en Mariner. Se llamaba Gabriel, y arruinó Pell. Él fue quien actuó contra usted, no los Konstantin. Fueron él y su grupo los que asesinaron al padre de Damon, y le hicieron perder a su esposa… No sé cómo sucedió todo. Yo no intervine en eso. Pero sean cuales fueren las suposiciones que ustedes hayan hecho, el poder que ustedes han puesto ahora al frente de la estación… fue sobornado por Gabriel para asesinar. Lo sé porque conozco la táctica. Se han equivocado de prisionero, Mallory. Lukas fue el hombre de Gabriel antes de serlo de ustedes.
El alcohol se esfumó con fría celeridad del cerebro de Signy. Permaneció sentada con el vaso en la mano, miró los claros ojos de Josh y notó que se le entrecortaba la respiración.
—Ese Gabriel… ¿dónde está?
—Muerto. Le han matado junto con un hombre llamado Coledy y un tal Kressich. En la estación conocían a Gabriel con el nombre de Jessad. Fueron muertos por los soldados que nos hicieron prisioneros. Damon no sabía… no sabía ni una palabra de todo esto. ¿Cree que habría estado allí reunido con ellos de haber sabido que eran los asesinos de su padre?