—Pero tú le llevaste allí.
—Así es.
—¿Sabía algo de ti?
—No.
Signy aspiró hondo y exhaló el aire.
—¿Crees que supone alguna diferencia para nosotros el modo como Lukas llegó a su puesto? Es nuestro ahora.
—Se lo digo para que sepa que está acabado, que ya no hay nada más que buscar. Ustedes han ganado. No hay necesidad de matar más.
—¿Debo aceptar la palabra de un unionista de que no hay nada más que cazar?
No hubo respuesta, pero el joven no se sumía en algún limbo remoto. Los ojos estaban vivos, rebosantes de dolor.
—Representaste un buen papel ante mí, Josh.
—No fue una actuación. Nací para hacer lo que hago. Todo mi pasado es un entrenamiento hecho con cintas. No tenía nada cuando se comunicaron conmigo en Russell. Soy uno de sus hombres huecos, Mallory. Nada real. No tengo nada dentro. Pertenezco a la Unión porque programaron mi cerebro de esa manera. Carezco de lealtades.
—Excepto de una, quizá.
—Damon.
Ella consideró el asunto. Bebió hasta que le escocieron los ojos.
—¿Por qué entonces le relacionaste con ese Gabriel?
—Creí ver una manera de escapar de Pell, conseguir un transbordador e ir a Downbelow. Sáquele de aquí por lo menos.
—¿A espaldas del control de Pell?
—Usted misma lo ha dicho. La boca de Lukas se mueve cuando ustedes le proporcionan las palabras. Eso es todo lo que quieren, lo que siempre han querido. Sáquele de aquí, sano y salvo. ¿Qué le cuesta?
Josh sabía lo que aguardaba, al menos respecto a las posibilidades de Konstantin. Miró al joven y luego al vaso de nuevo.
—¿Por tu gratitud? Crees que existe una cierta falta de juicio por mi parte, ¿no te parece? Vaya negocio. ¿Están funcionando en ti todas esas profundas enseñanzas que te condicionan?
—Al final supongo que sí. ¿Qué piensa hacer? Ella apretó el botón.
—Vengan a buscarle.
—Mallory… —dijo Josh.
—Pensaré en tu propuesta —dijo ella—. Lo pensaré.
—¿Puedo hablar con él?
Signy pensó un momento y al final asintió.
—Eso no cuesta nada. ¿Vas a decirle cómo están las cosas?
—No —dijo él con un hilo de voz—. No quiero que sepa nada de esto. En las cosas pequeñas, Mallory, confío en usted.
—Y me odias a muerte.
Él se levantó y movió la cabeza, mirándola. La luz de la puerta se encendió.
—Sal —le dijo, y al soldado que apareció en el umbral—: Alójelo con su amigo, y proporcióneles cualquier comodidad razonable que soliciten.
Josh salió con el guardián. La puerta se cerró herméticamente. Ella permaneció inmóvil, y finalmente apoyó los pies en la cama.
Se le había ocurrido la idea de que Konstantin pudiera ser útil en la última etapa de la guerra. Si la Unión picaba el anzuelo, si se apoderaban de Pell y lo restauraban. Entonces podría ser útil poner a un Konstantin en sus manos… si fuera como Lukas. Pero no era así. No había utilidad con él. Mazian nunca lo aceptaría. El transbordador era una forma de aclarar el dilema. Y la operación no se sabría… si la Flota se marchaba pronto. Pasaría largo tiempo antes de que la Unión pudiera buscar al joven Konstantin entre la espesura de Downbelow, tiempo suficiente para que funcionara el resto del plan, para que Pell se extinguiera, privando de una base a la Unión, o sobreviviera, causando a la Unión perturbaciones de organización. La idea de Josh podría salir bien. Se sirvió otro vaso y permaneció sentada, apretándolo, los nudillos blancos.
La Unión operativa. Se sentía francamente azorada. Indignada. Irónicamente divertida. Tenía cierta capacidad para la humildad.
Y aquello era a lo que se reducía el Más Allá… una Flota renegada y un planeta que alimentaba a criaturas como Josh.
¿Quién podría hacer lo que Josh había hecho? ¿Lo que Gabriel/Jessad había tratado de hacer? ¿Lo que ellos se preparaban para llevar a cabo?
Se cruzó de brazos y miró la superficie de su mesa. Finalmente tomó un sorbo, alargó la mano y tecleó en el ordenador: Asignaciones de tropas. En la pantalla aparecieron lugares y listas. Estaban todos en la nave excepto una docena que vigilaban los accesos. Tecleó un mensaje para el oficial de guardia. «Ben, sal a dar un paseo y haz entrar a esos doce que están en la plataforma. No uses el ordenador. Infórmame por el ordenador cuando lo hayas hecho.»
Marcó un nuevo código: Asignaciones de la tripulación. Los datos aparecieron ante ella. Estaba de servicio el turno de noche. Graff seguía con Di.
Volvió a teclear para ponerse en comunicación con Graff. «Ve al puente. Deja un sanitario con Di. Y tú, Di, quédate quieto.»
Entonces empezó a compaginar llamadas para todos los demás a través del comunicador. Se había puesto en contacto con el sondista Tiho cuando el oficial de guardia informó de que había cumplido la misión. El sondista acusó recibo del mensaje. Signy tomó un último trago y se levantó, con la cabeza notablemente clara. Por lo menos la cubierta no se inclinaba.
Se puso la chaqueta y salió de su cámara, avanzando por el pasillo hasta el puente. Permaneció allí y miró a su alrededor mientras los sorprendidos turnos de día y noche se volvían a mirarla.
—Abran la comunicación interna —ordenó—. Todos los puestos y dependencias conectados.
El técnico de comunicación oprimió el mando principal. Signy se colgó un pequeño micrófono en el cuello como hacía cuando realizaban operaciones imprevistas. Se colocó en su puesto de control, al lado de Graff, en el centro de los pasillos curvados.
—Todo el mundo a bordo. Tripulación, tropas, todo el mundo a bordo. El turno de día a sus puestos, el de noche en reserva. Ocupen los puestos de combate. Nos vamos de aquí.
Los hombres permanecieron un momento en silencio, sorprendidos. Ninguno se movía. De repente todos lo hicieron, cambiando de asientos, colocándose ante los controles y el ordenador, los técnicos dirigiéndose a los puestos laterales cerrados durante el ensamblaje. Los tableros vibraban al ser usados; se encendieron las luces rojas y sonó la sirena.
—No vamos a desensamblar. Nos soltamos directamente. —Se enderezó en su asiento y buscó el cinturón de seguridad. Pensó en colocarse el casco, pero de momento prefirió confiar en sus reflejos—. Señor Graff, separe la nave de Pell y desconéctela totalmente… —Aspiró hondo—. No establezca ningún rumbo. Luego tomaré yo el control.
—Instrucciones —pidió Graff con calma—. ¿Si disparan respondemos?
—Todas las defensas son plausibles, señor Graff. Separe la nave.
Llegaban preguntas a través del ordenador de la nave, oficiales de las tropas bajo las plataformas que querían conocer la emergencia. Las naves auxiliares estaban patrullando. No iban a hacerlas volver para consulta. No las harían regresar. Graff establecía su secuencia de órdenes, comprobando las posiciones de todo y asegurándose de que el ordenador tenía todos los datos. En las pantallas apareció un rumbo propuesto, un ascenso tangencial a la estación para salir por el lado contrario.
—Ejecuten —dijo Graff.
Se oyó un estrépito, el cierre hermético, el desenganche de emergencia, y una sacudida que les separó bruscamente del lento girar de Pell. Ascendieron hacia el cénit y los cables seccionados golpearon el casco de la nave. Siguieron acelerando, con el lado oscuro de Downbelow alzándose ante ellos.
«¡Mallory!», gritó una voz por el comunicador de nave a nave.
Era la noche artificial de la estación y los capitanes dormían. Tripulaciones y tropas estaban dispersas por la plataforma, y habían roto los umbilicales…
Signy apretó los dientes mientras la Norway pasaba por encima de Pell y tomaba un rumbo demasiado cercano a la atmósfera del planeta. Retuvo el aliento y escuchó las maldiciones que emitía el comunicador. Habían ordenado a la Pacific y la Atlantic que la interceptaran, pero no estaban preparados en aquel momento y, por poco tiempo que perdiera, les sería imposible darle alcance. El resto de la Flota estaba fuera de la estación, y no tenían posibilidades. La Australia estaba separándose de la estación, sin obstrucciones entre ellos, y aquél era el verdadero peligro.