—¿Cómo se encuentra? —le preguntó Damon.
No era fácil responder a la pregunta. Intentó resumir y no pudo. Era necesario asociar sus pensamientos y su dispersión en todas las direcciones a la vez.
—¿Quiere alguna cosa? —le preguntó Damon.
—Quiero pudin, con frutas.
Era su plato favorito. Lo tomaba con todas las comidas excepto el desayuno. Allí le daban todo lo que pedía.
—¿Y algunos libros? ¿Quiere que se los procure? Aquello no se lo habían ofrecido antes.
—Sí —replicó, animándose por el recuerdo de que había amado los libros—. Gracias.
—¿Me recuerda? —le preguntó Damon. Josh meneó la cabeza.
—Lo siento —dijo desconsolado—. Probablemente nos hemos conocido, pero, mire, no recuerdo las cosas con claridad. Creo que debemos habernos visto después de mi llegada aquí.
—Es natural que lo haya olvidado. Me han dicho que se porta muy bien. He venido aquí varias veces para ver cómo seguía.
—Lo recuerdo.
—¿De veras? Cuando se ponga bien, quiero que venga de visita a mi apartamento alguna vez. A mi esposa y a mí nos agradaría.
Él pensó en el ofrecimiento y su universo se ensanchó, duplicándose, multiplicándose, de modo que no estuvo seguro del terreno que pisaba.
—¿La conozco también?
—No, pero ella le conoce a usted, porque le he hablado. Dice que quiere que nos visite.
—¿Cómo se llama?
—Elene. Elene Quen.
Talley repitió el nombre en silencio, moviendo los labios, para conservarlo. Era el nombre de un mercader. No había pensado en las naves, y ahora lo hizo. Recordó la oscuridad y las estrellas. Miró fijamente el rostro de Damon, para no perder contacto con él, con aquel punto de realidad en un mundo blanco y movedizo. Podría parpadear y estar a solas de nuevo. Podría despertar en su habitación, en su cama, y no tener nada de aquello a lo que aferrarse. Fijó en ello su pensamiento con toda su voluntad.
—Volverá usted de nuevo —dijo—, aunque yo le olvide. Por favor, venga y recuérdeme que ha estado aquí.
—Lo recordaré —replicó Damon—. Pero de todas formas, vendré.
Josh lloró, lo cual hacía con facilidad y frecuencia. Las lágrimas que se deslizaban por su rostro eran mero producto de la emoción, no de pesar o alegría, sino sólo de un alivio profundo. Una limpieza.
—¿Está bien? —inquirió Damon.
—Estoy cansado —dijo él, pues el tiempo que llevaba en pie le había debilitado las piernas y sabía que debía regresar a la cama antes de llegar a sentir vértigo—. ¿Quiere entrar?
—Debo quedarme en esta zona —dijo Damon—. Pero le enviaré los libros.
Ya se había olvidado de los libros. Asintió, complacido y azorado a un tiempo.
—Vuelva adentro —le dijo Damon, soltándole. Josh se volvió y regresó a su cuarto.
La puerta se cerró. Se dirigió a la cama, sintiéndose más mareado de lo que había creído. Tenía que andar más. Era preciso que dejara de permanecer tendido, si quería ponerse bien con mayor rapidez.
Damon. Elene. Damon. Elene.
Había en el exterior un lugar que se hizo real, al que por primera vez quería ir, un lugar al que dirigirse cuando hubiera superado la situación en la que se encontraba.
Miró a través de la ventana. Estaba vacía. Durante un terrible y solitario momento pensó que lo había imaginado todo, que era parte de un mundo de ensueño que tomaba forma en la blancura que le envolvía y que él había creado. Pero le había dado nombres; tenía detalles y sustancia independientes de sí mismo. Era real, o se estaba volviendo loco.
Llegaron los libros, cuatro cassettes para colocar en el magnetófono, y los oprimió contra su pecho, balanceándose atrás y adelante, sonriendo, riendo, con las piernas cruzadas sobre la cama, porque era cierto. Había tocado la realidad exterior y ésta le había tocado a él.
Miró a su alrededor y sólo vio una habitación, con paredes que ya no necesitaba.
LIBRO SEGUNDO
I
Base Principal de Downbelow; 9/2/52
El cielo matutino estaba despejado, con sólo unas nubecillas algodonosas en lo alto y una línea de ellas que avanzaba por el horizonte septentrional, más allá del río. El panorama era amplísimo; las nubes del horizonte solían tardar día y medio en descender a la base de Downbelow, y entonces se cernían sobre aquella brecha, rellenando el espacio dejado por el corrimiento de tierras que los había separado de la base cuatro y de todos los campamentos a lo largo de la cadena. Confiaban en que aquélla sería una última tormenta invernal. En las ramas de los árboles las yemas estaban hinchadas, a punto de eclosión, y las espigas, que la inundación había arrumbado contra los enrejados de palos transversales en los campos, pronto querrían que las entresacaran y trasplantaran en sus campos permanentes. La base principal sería la primera en secarse, y luego lo harían las bases situadas río abajo. Aquel día el nivel del río había descendido un poco, según decía el informe enviado desde el molino.
Emilio vio el tractor oruga de los suministros que avanzaba por la enfangada carretera paralela al río, volvió la espalda y caminó por un sendero muy hollado hacia el terreno más alto y las cúpulas hundidas en las colinas, cúpulas que habían llegado a estar el doble de pobladas que antes, por no mencionar a aquellos que habían sido transferidos a otros lugares, carretera abajo. Los compresores producían un ruido sordo y arrítmico, el pulso interminable de la humanidad que habitaba Downbelow. Las bombas se afanaban, aumentando el ruido, arrojando el agua que habían absorbido del interior de las cúpulas, a pesar de que se había hecho lo humanamente posible para impermeabilizar los suelos, y otras bombas trabajaban junto a los diques del molino y los campos. No cesarían hasta que emergieran en toda su longitud los troncos en los campos.
Estaban en primavera y probablemente el aire tenía un aroma delicioso para los nativos. A los humanos, que respiraban húmeda y entrecortadamente a través de las máscaras, el aroma les pasaba desapercibido. La caricia del sol en la espalda le resultaba agradable a Emilio, y se pasaba la mayor parte del día gozando de aquel suave calor. Los nativos se deslizaban a su alrededor, realizando sus tareas con menos destreza que exuberancia, y preferían realizar diez viajes ligeramente cargados que uno solo con una pesada carga completa. Reían y, a la menor excusa, dejaban caer sus pequeñas cargas para hacer travesuras. A Emilio le sorprendía francamente que siguieran trabajando pese a la llegada de la primavera. La primera noche clara mantuvieron a todo el campamento despierto con su cháchara: señalaban el firmamento, llenos de júbilo, y hablaban con las estrellas. El primer alborear claro agitaron los brazos al sol naciente y saludaron a gritos la llegada de la luz…, pero también los humanos estaban de buen talante aquel día, al ver los primeros signos inequívocos de que finalizaba el invierno. Las hembras se habían vuelto coquetamente incitantes y los machos respondían con creciente frivolidad; se oían muchos cantos de nativos entre los arbustos y los árboles de las colinas, gorjeos, susurros y silbidos suaves y sensuales.
No era una excitación tan intensa como la que habría cuando los árboles florecieran plenamente. Llegaría una época en que los hisa perderían todo interés por el trabajo e iniciarían su peregrinación, primero las hembras solitarias y luego las seguirían tercamente los machos, a lugares en los que no se entrometían los humanos. Un buen número de hembras de la tercera estación pasarían el verano redondeándose cada vez más —al menos con la redondez a que podían llegar los filiformes hisa— para parir en invierno, escondidas en túneles abiertos en las laderas de las colinas, unos bebés rubicundos y de miembros peludos, que ya corretearían por su cuenta la próxima primavera, apenas entrevistos por los humanos.