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Emilio pasó junto a grupos de hisa dedicados a sus juegos, subió por el sendero de piedra triturada en dirección a Operaciones, la cúpula más alta en la colina. Oyó ruido de pisadas sobre las piedrecillas y al mirar atrás vio a Satén que le seguía, con los brazos extendidos para mantener el equilibrio, los pies desnudos en las agudas piedras y una mueca de dolor, porque aquel camino había sido hecho para que lo pisaran botas humanas. Emilio sonrió al ver cómo imitaba sus pasos. Ella se detuvo y sonrió también. Vestía con desacostumbrada esplendidez, con finos pellejos, cuentas de vidrio y un trozo de paño sintético rojo.

—Llega transbordador, Konstantin-hombre.

Así era. Se esperaba un aterrizaje aquel día despejado. Y él le había prometido, contra lo que aconsejaba el buen sentido, pese al axioma de que las parejas de nativos eran inestables en la estación primaveral, que ella y su pareja podrían trabajar algún tiempo en la estación. Si había un nativo que se hubiera tambaleado bajo cargas demasiado pesadas, era Satén. Había intentado impresionarle a toda costa… «Mira, Konstantin-hombre, fíjate qué bien trabajo».

—Vaya, has hecho el equipaje —observó Emilio, al ver las pequeñas bolsas que colgaban de ella.

—Mis cosas —dijo la nativa, dando unos golpecitos a las bolsas, con una sonrisa radiante—. Vengo a ayudarte, Konstantin-hombre, a ti y a tu amiga.

Decía «amiga» y no esposa. Los hisa nunca habían comprendido la relación matrimonial.

—Anda, ven —le dijo él, conmovido por aquel gesto.

El placer iluminó los ojos de la nativa. A los hisa les asustaba la cúpula de Operaciones, y no se atrevían a acercarse. Era muy poco frecuente que invitaran a uno de ellos al interior. Emilio bajó los escalones de madera, se limpió las botas en la estera, sostuvo la puerta abierta para que Satén entrara y esperó a que ella se colocara su respirador, que le colgaba del cuello, antes de abrir la puerta interior hermética.

Algunos humanos que estaban trabajando alzaron la vista, y más de uno frunció el ceño al ver a la nativa. Varios técnicos tenían sus oficinas en la cúpula, divididas por unas mamparas bajas de mimbre. La zona que Emilio compartía con Miliko era la situada más al interior, donde la única pared maciza de la gran cúpula les permitía a él y a Miliko un espacio residencial privado, una sección de tres metros y medio con una estera en el suelo, que servía a la vez como dormitorio y despacho. Abrió la puerta junto a los armarios y Satén le siguió, mirando a su alrededor como sino pudiera absorber la mirada de lo que veía. Emilio pensó que no estaba acostumbrada a los tejados e imaginó el gran cambio que supondría para un nativo que le enviaran de repente a una estación, sin vientos, sin sol, rodeado solamente de acero. Pobre Satén.

Miliko alzó la vista de una serie de gráficas extendidas sobre la cama.

—¡Vaya, a quién tenemos aquí! —exclamó.

—Te quiero —dijo Satén, y con absoluta confianza abrazó a Miliko, juntando su mejilla con la de ella a pesar del obstáculo del respirador.

—Te marchas —dijo Miliko.

—Vengo a tu hogar. A ver hogar de Bennett. —Vaciló y, tímidamente, enlazó las manos a la espalda y se balanceó un poco, mirando a uno y otro—. Amaba a Bennett-hombre. Veré su hogar, llenaré mis ojos con él y mis ojos se alegrarán.

A veces las palabras de los nativos tenían poco sentido; otras veces los significados surgían a través de su jerigonza con sorprende claridad. Emilio la miró sintiéndose un poco culpable, porque aunque llevaban mucho tiempo tratando con los nativos, ninguno de ellos podía dominar más de algunas palabras del animado idioma de aquellos seres. Bennett fue el que aprendió más.

Los hisa amaban los regalos. Emilio pensó en uno que estaba en el estante al lado de la cama, una concha que había encontrado en la orilla del río. Se la dio y los ojos de Satén brillaron. Le echó los brazos al cuello.

—Te quiero —le dijo.

—También yo te quiero, Satén.

Y pasándole un brazo sobre los hombros la acompañó a través de las oficinas hasta la puerta hermética. Más allá del plástico, ella se quitó la máscara, le sonrió y le saludó agitando la mano.

—Me voy a trabajar —le dijo.

El transbordador estaba a punto de llegar. Un obrero humano no habría trabajado el día en que se marchaba, pero Satén cerró la delgada puerta de plástico y echó a andar con paso vivo, como si en aquella fecha tardía pudiera hacerse cambiar a alguien de idea. O tal vez era injusto adjudicarle motivaciones humanas. Tal vez se trataba de alegría o de gratitud. Los nativos no comprendían el sistema de salarios y jornales. Ellos siempre hablaban de regalos.

Bennett Jacint los había comprendido. Los nativos cuidaron de su tumba, en la que colocaron conchas perfectas y pieles, y erigieron las extrañas esculturas nudosas que significaban algo importante para ellos.

Emilio dio media vuelta, regresó al centro de operaciones y se reunió con Miliko en su apartamento. Se quitó la chaqueta, la colgó en la percha, con el respirador todavía colgado del cuello, un adorno que todos llevaban encima desde que se vestían por la mañana hasta que se desvestían por la noche.

—He recibido el parte meteorológico de la estación —le dijo Miliko—. Después de la próxima tormenta habrá otra al cabo de uno o dos días, una gran tormenta que está formándose en el mar.

Emilio lanzó un juramento. Aquella noticia era como un jarro de agua fría vertido sobre sus esperanzas de que llegara la primavera. Se hizo un hueco en la cama, entre los diagramas y los mapas, y miró los daños que ella había señalado con lápiz rojo, las áreas inundadas que la estación podía mostrarles, a lo largo de las cadenas de bolitas que eran los campamentos establecidos en caminos sin pavimentar, de los que se había eliminado a mano la maleza.

—Las cosas van a empeorar —dijo Miliko, mostrándole el mapa topográfico—. Según el ordenador, las lluvias de esta tormenta bastarán para inundar de nuevo las zonas azules, hasta las mismas puertas de la base dos. Pero la mayor parte de la carretera quedará sobre la inundación.

Emilio frunció el ceño y exhaló un tenue suspiro.

—Tengamos confianza. Los nativos están en lo cierto: dejarlo todo durante las lluvias de invierno, andar por ahí cuando florecen los árboles, hacer el amor, preparar un nido y esperar a que el grano madure.

La carretera era lo importante, pues los campos permanecerían inundados durante semanas, sin causar más daños que el retraso de sus programas. El grano de aquel lugar medraba con el agua, y dependía de ella en las primeras etapas de sus ciclos naturales. Los enrejados evitaban que las plantas jóvenes se fueran río abajo. Lo que más sufría era la maquinaria y el temperamento humano.

Miliko sonrió y siguió señalando los mapas. Emilio suspiró de nuevo, extendió la tabla de plástico que le servía como escritorio y comenzó su tarea, reordenando las prioridades del equipo. Pensó que, tal vez, si hablaba con los nativos y les hacía algunos regalos especiales, se quedarían un poco más antes de su deserción estacional. Lamentaba perder a Satén y Dienteazul, que le habían sido de gran ayuda, persuadiendo siempre a sus compañeros cuando se trataba de algo que Konstantin-hombre deseaba mucho. Pero aquella ayuda tenía sus contrapartidas. Satén y Dienteazul querían irse, querían algo que él tenía ahora el poder de concederles, y estaban en su derecho a hacerlo, antes de que llegara la primavera y perdieran todo control de sí mismos.