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Se oyó una serie de sonidos inarticulados seguidos de algunas palabras inteligibles. Emilio meneó la cabeza, exasperado, y se aproximó a Jim Ernst, inclinándose por encima de él.

—Avisa a la cúpula de cuarentena de que tendremos que aceptar a esa gente hasta que podamos efectuar algunas transferencias más a otras bases.

—La mayoría de los encargados de la cuarentena están almorzando en sus casas —le recordó Ernst. Tenían la norma de evitar los anuncios cuando todos los de cuarentena estaban reunidos, pues tendían a una histeria irracional.

—Hazlo —le dijo a Ernst, y éste envió la información.

Emilio se puso el respirador y se dirigió a la salida, seguido de cerca por Miliko.

El mayor de los transbordadores había descendido y ya estaban descargados los pocos suministros que habían pedido a la estación. La mayor parte de los productos que transportaba la nave iban en la otra dirección, cajas con géneros de Downbelow que aguardaban en las cúpulas del almacén a que las cargaran rumbo a Pell.

Los primeros pasajeros bajaron por la rampa en cuanto la nave se posó en el círculo de aterrizaje. Vestían monos, tenían aspecto fatigado y probablemente habían hecho la travesía mortalmente asustados, en la bodega de un carguero que apenas podía contenerlos a todos, pues su número era muy superior al necesario para que no constituyeran un problema en Downbelow. Había algunos voluntarios de mejor aspecto, que habían salido perdiendo en aquella lotería y que intentaron caminar separados de los demás, pero los guardianes al pie del transbordador aguardaban con rifles para formar un grupo con los asignados a cuarentena. Había algunos viejos con ellos y al menos una docena de niños, familias y restos de familias que no sobrevivían adecuadamente en la cuarentena de la estación. Era la suya una transferencia humanitaria. Aquella gente necesitaba espacio y un compresor, y según su clasificación no se les podían confiar trabajos con máquinas delicadas. Había que encargarles trabajos manuales, todo el que pudieran soportar. En cuanto a los niños, por lo menos no eran tan pequeños que no pudieran trabajar o no entender la necesidad de usar respiradores o cómo cambiar apresuradamente el cilindro de un respirador.

—Muchos de ellos son demasiado débiles —dijo Miliko—. ¿Qué creerá tu padre que estamos haciendo aquí? Emilio se encogió de hombros.

—Supongo que estarán mejor aquí que en la cuarentena de la estación. Confío en que hayan llegado los nuevos compresores y las láminas de plástico.

—Apuesto a que no —dijo Miliko ásperamente.

Se oyeron unos gritos procedentes de lo alto de la colina y en dirección a la base y las cúpulas, chillidos de nativos, lo cual no era infrecuente. Emilio miró por encima del hombro y no vio nada, por lo que no prestó atención. Los refugiados que desembarcaban se habían detenido al oír los gritos. Los guardianes les hicieron moverse.

Los gritos subieron de tono, lo que ya no era normal. Emilio y Miliko se volvieron.

—Quédate aquí —dijo él—, controlando todo esto.

Echó a correr por el camino que subía a la colina y enseguida sintió vértigo, debido a las limitaciones del respirador. Llegó a lo alto y vio las cúpulas. Allí, ante la enorme cúpula de cuarentena, se había producido una especie de pelea; un anillo de nativos rodeaban un conflicto humano, y un número cada vez mayor de internos en cuarentena salían de la cúpula. Emilio aspiró aire y corrió de nuevo. Uno de los nativos se separó del grupo y se dirigió a él a toda prisa. Era Dienteazul, el compañero de Satén. Emilio conocía al individuo por su color, que era de un marrón rojizo muy poco frecuente en un adulto.

—Lukas-hombre —susurró Dienteazul, al llegar a su lado, tambaleándose de un modo que evidenciaba su ansiedad—. Todos los Lukas-hombres están furiosos.

Aquello no necesitaba traducción. Supo de qué se trataba en cuanto vio a los guardianes allí. Bran Hale y su grupo, los supervisores de campo. Había un grupo de gentes de cuarentena, todos gritando, y los guardianes les apuntaban con sus armas. Hale y sus hombres habían separado a un joven del grupo, despojándole de su respirador, por lo que estaba asfixiándose, y pronto dejaría de respirar si seguía en esas condiciones. Retenían al muchacho casi sin sentido como rehén, encañonado, y apuntaban a los demás, mientras los de cuarentena y los nativos gritaban.

—¡Basta ya! —gritó Emilio—. ¡Dispersaos!

Nadie le miró, y se abrió paso entre la gente seguido por Dienteazul. Empujó a los hombres armados más de una vez, aunque era consciente de que él no estaba armado, se hallaba solo y no había más testigos que los nativos y la gente de cuarentena.

Los hombres retrocedieron. Emilio arrebató el muchacho a quienes lo retenían y el joven se derrumbó en el suelo. Se arrodilló, con una sensación de vulnerabilidad al dar la espalda a los guardianes, cogió el respirador que estaba en el suelo y lo aplicó al rostro del muchacho. Algunos internos de cuarentena trataron de acercarse, y uno de los hombres de Hale les disparó a los pies.

—¡He dicho que basta! —exclamó Emilio, y se levantó presa de temblores, mirando a las varias decenas de trabajadores de cuarentena y los que todavía no habían podido salir de la cúpula porque se lo impedía su mismo número. Miró también a los diez hombres armados que apuntaban con los rifles, y pensó en la posibilidad de un motín y en Miliko que le esperaba al pie de la colina—. ¡Atrás! ¡Volved adentro! —gritó a los hombres de la cuarentena, y luego se dirigió al joven, hosco e insolente Bran Hale—: ¿Qué ha ocurrido aquí?

—Trató de escapar —dijo Hale—. La máscara se le cayó durante la pelea. Intentó hacerse con un arma.

—Eso es mentira —dijeron al unísono las gentes de cuarentena, tratando de ahogar la voz de Hale.

—Es verdad —replicó Hale—. No quieren a más refugiados en su cúpula. Empezó una pelea y este alborotador intentó huir, pero lo cazamos.

Se alzó un coro de protestas entre la gente de cuarentena. Una mujer, en la primera fila, lloraba desconsolada.

Emilio miró a su alrededor, sintiendo dificultades para respirar. El muchacho caído a sus pies parecía recobrar el sentido, se retorcía y tosía. Los nativos permanecían muy juntos y serios, sin perderse detalle de la escena.

—Dime, Dienteazul, ¿qué ha ocurrido? —preguntó Emilio. El nativo se limitó a mirar al hombre de Bran Hale.

—Mis ojos ven —dijo otra voz. Era Satén, que se abrió paso exteriorizando su congoja con varias sacudidas de su cuerpo. El tono de su voz era agudo y quebradizo—. Hale empujó al amigo, duro con arma, le dio golpe.

Tanto los hombres de Hale como los de cuarentena gritaron, y Emilio exigió silencio. Lo que Satén decía era cierto. Conocía a los nativos y a Hale. No le mentía.

—¿Le quitaron el respirador?

—Quitaron —dijo Satén, y cerró con firmeza la boca. Su mirada reflejaba el temor que sentía.

—Muy bien. —Emilio aspiró hondo y miró directamente las duras facciones de Bran Hale—. Será mejor que sigamos hablando de ello en mi oficina.

—Podemos hablar aquí —dijo Hale, deseoso de conservar la ventaja que suponía estar rodeado de sus hombres. Emilio le miró de hito en hito. No podía hacer otra cosa, pues no estaba armado y carecía de fuerzas que le apoyaran—. La palabra de un nativo no es un testimonio. No va usted a insultarme aceptando la palabra de cualquier nativo, señor Konstantin.

Podía marcharse, volver abajo. Sin duda los de operaciones y los trabajadores podían ver lo que estaba ocurriendo. Tal vez lo habían observado desde sus cúpulas y preferían no darse por enterados. En aquel lugar podían ocurrir accidentes, incluso a un Konstantin. Durante largo tiempo Jon Lukas había sido máxima autoridad en Downbelow, Lukas y sus hombres cuidadosamente seleccionados. Podía alejarse, quizá llegar a Operaciones, solicitar ayuda del transbordador, si Hale le dejaba. Y durante el resto de su vida tendría que oír los comentarios sobre el modo en que Emilio Konstantin reaccionaba ante las amenazas.