Выбрать главу

—Son vuestros números —les dijo—. Llevadlos siempre. —Anotó sus nombres y les señaló el pasadizo—. Venid conmigo. Os llevaré a la recepción.

Le siguieron por el amedrentador pasadizo, hasta un lugar parecido al vientre de la nave en que habían viajado, metálico y frío, pero muy grande, enorme. Satén miró a su alrededor, temblando.

—Estamos en una nave más grande —dijo—. Esto también es una nave. —Se dirigió al humano—: Hombre, ¿estamos allá arriba?

—Esto es la estación —replicó el humano.

Un escalofrío recorrió a Satén. Ella había esperado panoramas, el calor del Sol. Se regañó a sí misma, diciéndose que debía tener paciencia y que ya llegarían las cosas hermosas que esperaba.

II

Pelclass="underline" Sector azul cinco; 9/2/52

El apartamento estaba aseado, los cachivaches guardados en capachos. Damon se puso la chaqueta, cuyo cuello alisó. Elene aún estaba vistiéndose, tratando de disimular la cintura, tal vez un poco descontrolada. Aquél era el segundo vestido que se probaba, y también parecía frustrarla. Él se le acercó por detrás, le rodeó el vientre con sus brazos y buscó su mirada en el espejo.

—Estás muy guapa. ¿Qué importa que se te note un poco?

—Está claro que es algo más que un ligero aumento de peso.

—Estás maravillosa —dijo él, esperando una sonrisa, pero Elene seguía pareciendo inquieta—. ¿Algo no va bien? —Pensó que se había preocupado demasiado por tener un buen aspecto y quedar bien, hasta había encargado artículos especiales en el economato y estaba nerviosa por la velada inminente; de ahí que se incomodara por las cosas más nimias—. ¿Te molesta que haga venir a Talley?

Ella deslizó lentamente los dedos sobre los suyos.

—No, no me molesta. Pero no sé si tendré algo que decirle. Nunca he hablado con alguien de la Unión.

Damon dejó caer los brazos y la miró a los ojos cuando ella se volvió. Los preparativos, el afán de complacer, le habían extenuado. No estaba entusiasmada, lo cual él ya había temido.

—Tú misma lo sugeriste. Te pregunté si estabas segura. Elene, si no estabas convencida del todo…

—Hace tres meses que el caso de ese muchacho te pesa en la conciencia. Perdona mis escrúpulos. Siento curiosidad, eso es todo.

Él sospechaba que Elene ponía un empeño especial en satisfacerle, aunque ciertas cosas no le agradaran. Quizá era por gratitud, o su modo de decirle que se preocupaba por él. Recordaba las largas tardes sentados cada uno en su lado de la mesa, ella pensando en Estelle y él en las vidas de las que era responsable. Le habló de Talley cierta noche en la que al fin acabó escuchándola a ella, y cuando llegó la ocasión… aquellos gestos eran muy propios de Elene. Él no recordaba haberle planteado más problema que aquél, y ella lo aceptó, trató de resolverlo, por difícil que fuera. Un hombre de la Unión. Damon no tenía manera de saber lo que ella sentía bajo aquellas circunstancias, aunque creyó saberlo.

—No pienses eso —dijo ella—, ya te he dicho que siento curiosidad. Lo que me preocupa es la situación social. ¿Qué puedo decirle? ¿Hablarle de los viejos tiempos? «¿No nos hemos visto antes, señor Talley?». «¿Tal vez nos liamos a tiros?». O podríamos hablar de la familia…». ¿Qué tal está la suya, señor Talley?». O del hospital. «¿Ha disfrutado de su estancia en Pell, señor Talley?».

—Elene…

—Tú me has preguntado.

—Ojalá hubiera sabido lo que sientes.

—¿Y cómo te sientes tú? Sinceramente.

—Azorado —confesó, apoyándose en el mostrador—, pero, Elene…

—Si quieres saber lo que siento acerca de esta visita, te diré que estoy inquieta. Sólo eso. Tenemos que agasajar a ese hombre y, francamente, no sé qué vamos a hacer con él. —Se volvió de cara al espejo y tiró de la cintura del vestido—. Eso es lo que me inquieta, pero confío en que esté cómodo y todos tengamos una velada agradable.

Damon comprendió que no sería precisamente agradable, que se producirían largos silencios embarazosos.

—He de ir a buscarle. Estará esperando. —Y entonces se le ocurrió una buena idea—. ¿Por qué no vamos a la sala general? No importa lo que hayas preparado aquí. Así todo sería más fácil y ninguno de los dos tendríamos que hacer el papel de anfitriones.

Los ojos de Elene se iluminaron.

—¿Nos reuniremos allí? Conseguiré una mesa. Puedo guardar en el congelador todo lo que he preparado.

—Hazlo. —La besó en la oreja, única zona disponible, y tras darle unas palmaditas salió rápidamente.

Desde la consola de seguridad enviaron una llamada a Talley, el cual apareció enseguida en el vestíbulo, con ropas nuevas e impecables. Damon se acercó a él con la mano tendida. En el rostro de Talley apareció una sonrisa mientras la estrechaba, que se desvaneció con rapidez.

—Ya tiene autorización de salida —le dijo Damon, el cual recogió de la consola un pequeño carnet de plástico y se lo dio—. Cuando entre de nuevo, con esto todo será automático. Aquí tiene su documento de identidad, su tarjeta de crédito y una nota con el número de ordenador que le corresponde. Memorice el número y destruya la nota.

Talley echó un vistazo a los papeles, visiblemente conmovido.

—¿Tengo permiso?

Era evidente que nadie se lo había dicho. Le temblaban las manos, los finos dedos que recorrían las palabras en relieve impresas en las tarjetas. Se las miró, tomándose tiempo para asimilar la situación, hasta que Damon le tocó la manga y le hizo avanzar por el pasillo.

—Tiene buen aspecto —le dijo, y así era. Las puertas de acceso, más adelante, reflejaban sus imágenes en la superficie plástica.

De repente pensó en Elene y sus temores, porque no sentía la menor inseguridad en presencia de Talley. No sólo en su aspecto físico, sino en toda su persona, en su expresión y sus ademanes, no había el menor rastro de culpabilidad, jamás lo había habido. Recordó las preguntas de Elene. ¿Qué podría decirle? ¿Que lo sentía? ¿Que lamentaba no haber leído nunca su expediente? ¿Que sentía haberle ejecutado… pero que les había apremiado el tiempo? ¿Que la perdonara, porque en general solía hacer mejor las cosas?

Abrió la puerta y Talley sostuvo su mirada al pasar, sin acusaciones, sin amargura. No se acordaba, no podía recordar.

—Su pase —le dijo Damon mientras se dirigían al ascensor—. Se le llama etiqueta blanca. ¿Ve los círculos de colores junto a aquella puerta? También hay uno blanco. Su tarjeta es una llave, lo mismo que su número de ordenador. Si ve un círculo blanco tiene acceso por medio de la tarjeta o el número. El ordenador la aceptará. No intente entrar en ningún sitio que no esté señalizado con el color blanco, porque entonces sonarían las alarmas y se pondrían al instante en movimiento las fuerzas de seguridad. ¿Conoce usted estos sistemas, verdad?

—Los comprendo.

—¿Recuerda sus conocimientos informáticos? Hubo una pausa de silencio.

—La técnica es especializada, pero recuerdo un poco de teoría general.

—¿Sólo un poco?

—Si me sentara ante un tablero… probablemente me acordaría.

—Y a mí, ¿me recuerda?

Habían llegado al ascensor. Damon oprimió los botones para una llamada privada, privilegio que le daba su rango, pues no quería estar rodeado de gente. Se volvió y su mirada se encontró con la de Talley, demasiado abierta. Los adultos normales vacilaban, movían los ojos, miraban a un lado y a otro, se centraban en uno u otro detalle. La mirada de Talley carecía de ese movimiento, como la de un loco, un niño o la estatua de un dios.