Damon y Elene se levantaron. Con mucho cuidado, Talley echó la silla atrás, se levantó y avanzó entre ellos. Damon pensó que la suave bebida que había ingerido no podía haberle hecho efecto, y que aquella reacción se debía a las pantallas y el cansancio. Una vez en el corredor, Talley se recuperó y pareció recobrar el aliento con la luz y la estabilidad que había allí. Los ojos redondos de tres nativos les miraron por encima de las máscaras.
La pareja acompañó al muchacho hasta el ascensor y le llevaron a las dependencias del sector rojo. Cruzó las puertas de vidrio y pasó a la custodia del puesto de seguridad. El guardián de turno era uno de los Muller.
—Compruebe que esté bien instalado —dijo Damon.
Al otro lado de la consola, Talley se detuvo, miró atrás, hacia ellos, con curiosa intensidad, hasta que llegó el guardián y le acompañó por el corredor.
Damon pasó un brazo sobre los hombros de Elene y emprendieron el regreso a su alojamiento.
—Ha sido una buena idea pedírselo —dijo él.
—Está azorado —comentó Elene—, pero ¿quién no lo estaría? —Le siguió a través de las puertas que daban al corredor, y caminaron cogidos de la mano—. La guerra tiene desagradables contingencias. Si cualquiera de los Quen hubiera salido bien librado del desastre del Mariner… habría sido así, precisamente el otro lado del espejo, ¿verdad?… para uno de los míos. Así pues, que Dios nos ayude y le ayude. Él podría ser uno de los nuestros.
Elene había bebido bastante más que él, y cada vez que lo hacía se ponía malhumorada. Pensó en el bebé, pero no era el momento de decirle nada desagradable. Le apretó la mano, le revolvió el cabello y se encaminaron a casa.
III
Estación Cyteen: Área de seguridad; 9/8/52
Ni Marsh ni su equipaje habían llegado todavía. Ayres se instaló con los otros y eligió una de las cuatro habitaciones que se abrían, mediante particiones deslizantes, a una zona central. Todos los aposentos se formaban con unos papeles blancos móviles que se deslizaban sobre rieles plateados. También los muebles estaban sobre rieles, y eran escasos, eficaces y carentes de comodidad. Aquel era el cuarto cambio de alojamiento que habían sufrido en los últimos diez días, alojamiento que no era muy distinto del anterior y que no estaba menos custodiado por los jóvenes maniquíes, omnipresentes y armados, en los corredores… Así había sido en los meses transcurridos en aquel lugar antes de que empezaran los traslados.
La verdad era que no sabían dónde estaban, si en alguna estación cerca de la primera u orbitando la misma Cyteen. Sus preguntas no obtenían más que respuestas evasivas. Les decían que los traslados se debían a razones de seguridad, y les pedían que tuvieran paciencia. Ayres mantenía la calma ante sus compañeros delegados, como había hecho ante los diversos dignatarios y agencias, tanto militares como civiles, si realmente existía esa distinción en la Unión, que les interrogaban, tanto individualmente como en grupo. Él había declarado las razones y las condiciones de su solicitud de paz hasta que las inflexiones de su voz se hicieron automáticas, hasta que hubo memorizado las respuestas de sus compañeros a las mismas preguntas, hasta que su actuación se convirtió en un fin en sí misma, algo que podían hacer indefinidamente, hasta el límite de la paciencia de sus anfitriones/interrogadores. Si hubieran estado negociando en la Tierra, hacía mucho tiempo que habrían renunciado, mostrado su disgusto, aplicado otras tácticas, pero aquella opción no era posible allí. Eran vulnerables y hacían lo que podían. Sus compañeros se habían portado bien en aquellas angustiosas circunstancias… excepto Marsh, el cual estaba cada vez más nervioso, inquieto y en tensión.
Y, naturalmente, Marsh fue aquel a quien los unionistas eligieron para dedicarle una atención especial. Cuando las sesiones eran individuales, Marsh permanecía ausente más tiempo que ningún otro. En las últimas cuatro ocasiones en que les habían trasladado, Marsh fue el último en instalarse. Bela y Días no habían comentado el hecho; no discutían o especulaban respecto a nada. Ayres no hacía ninguna observación, y se limitó a sentarse en uno de los sillones de la sala y contemplar el inevitable vídeo de propaganda que los unionistas les proporcionaban como entretenimiento. Tanto si se trataba de un circuito cerrado como si era el vídeo de la estación, mostraba unas mentalidades increíblemente tolerantes con el aburrimiento… historias antiguas, relatos que catalogaban las supuestas atrocidades cometidas por la Compañía y su Flota.
Había visto antes todo aquello. Solicitaron acceso a las transcripciones de sus propias entrevistas con las autoridades locales, pero éstas se lo negaron. Incluso su material para los registros, incluso los objetos de escribir, habían sido sustraídos de su equipaje, y sus protestas fueron dejadas de lado e ignoradas. Aquella gente tenía una absoluta falta de respeto por las convenciones diplomáticas… Ayres pensó que era típico de la situación, de la autoridad apoyada por jóvenes armados de rifles, mirada fanática y dispuestos a recitar leyes y normas. Los jóvenes eran los que más le asustaban, aquellos muchachos con ojos de loco, fanáticos porque no conocían más que lo que les habían inculcado, grabado en su mente como si fuera una cinta magnetofónica, más allá de toda razón. «No habléis con ellos», había advertido a sus compañeros. «Haced lo que os pidan y discutid sólo con sus superiores.»
Hacía rato que había perdido el hilo de la emisión. Miró arriba y en torno suyo, a los lugares donde Dias estaba sentada con la mirada fija en la pantalla y Bela jugaba a un juego de lógica con piezas que él mismo se había fabricado. Ayres echó una mirada subrepticia a su reloj, que había tratado de sincronizar con las horas de los unionistas y que no eran las horas de la Tierra, ni las de Pell, ni el horario estándar de la Compañía. Había transcurrido una hora desde su llegada allí.
Se mordió los labios y volvió a centrarse testarudamente en las imágenes de la pantalla que no eran más que un anestésico y, por cierto, poco eficaz. Se habían acostumbrado a las calumnias. Si pretendían incomodarles con aquello no lo conseguían.
Finalmente se oyó ruido en la puerta y ésta se abrió. Entró Ted Marsh, llevando sus dos bolsas. Hubo un atisbo de dos guardianes jóvenes armados en el corredor. La puerta se cerró. Marsh entró con la mirada gacha, pero todas las puertas de los dormitorios estaban corridas.
—¿Cuál es el mío? —preguntó, obligado a detenerse y solicitar la información.
—Por aquel lado —dijo Ayres.
Marsh cruzó vigorosamente la estancia y dejó sus bolsas junto a la puerta. El cabello castaño le caía desordenado por encima de las orejas, y tenía el cuello arrugado. No miraba a los demás. Todos sus movimientos eran breves y nerviosos.
—¿Dónde has estado? —le preguntó secamente Ayres, antes de que pudiera escapar.
Marsh miró atrás.
—Me asignaron aquí por error. Su ordenador me tenía relacionado en otra parte.
Los demás alzaron la vista y escucharon. Marsh le miró fijamente. Estaba sudando.
¿Podía decirle que aquello era mentira? ¿Mostrar congoja? Todas las habitaciones estaban controladas, de eso no cabía duda. Podía llamar a Marsh embustero y aclarar que el juego estaba llegando a otro nivel. Podían… la idea le hizo estremecerse… llevar aquel hombre al baño y meterle la cabeza en el agua hasta que dijera la verdad, interrogarle con tanta eficacia como lo había hecho la Unión. Los nervios de Marsh no lo resistirían si le hacían una cosa así. El beneficio era cuestionable.
Sintió lástima de él. Tal vez Marsh mantenía el silencio que le habían ordenado. Quizá quería confiar en ellos pero obedecía las órdenes de silencio que le habían dado, y su lealtad sufría. Lo dudaba. Era lógico que los unionistas se hubieran servido de él, porque no era un hombre débil pero sí el más débil de los cuatro. Marsh desvió la mirada, llevó sus bolsas a su habitación y cerró la puerta.