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Este gesto conmovió a Ayres, el cual sospechó que ellos mismos estaban torturando a Marsh tanto como los de la Unión. Salió de la habitación y se dirigió a la otra. Lleno de ira, se detuvo en medio de la estancia, volvió el rostro hacia el complicado aplique luminoso que muy probablemente era un dispositivo de control y dijo en voz alta:

—Protesto de este acosamiento planeado e inmerecido. Entonces se sentó y siguió contemplando el vídeo. Sus compañeros se habían limitado a alzar la vista, silenciosos.

A la mañana siguiente llegó un maniquí armado con la orden del día, y no hizo alusión alguna al incidente. Les informó que la reunión tendría lugar a las 0800. La jornada empezaba temprano. No hubo ninguna otra información, ni el tema de la reunión, ni las personas asistentes, ni el lugar, ni siquiera la mención de dónde almorzarían, datos todos que solían estar incluidos en los informes que les daban. Marsh salió de su habitación, con los ojos rodeados de círculos oscuros, como si no hubiera dormido.

—No tenemos mucho tiempo para desayunar —dijo Ayres. Les llevaban el desayuno a sus aposentos a las 0730, y faltaban pocos minutos.

La luz de la puerta brilló por segunda vez. Se abrió desde el exterior, pero no fue para dar acceso al desayuno, sino a un trío de maniquíes-guardianes.

—Ayres —dijo uno de ellos, sin ninguna cortesía—. Ven.

Contuvo una réplica airada. Era inútil discutir con ellos, y así se lo había dicho a su gente. Miró a los otros y fue a recoger su chaqueta en silencio, siguiéndoles el juego, tomándose tiempo, irritando adrede a los que esperaban. Cuando supuso que se había demorado lo suficiente, se dirigió a la puerta y se sometió a la custodia de los guardianes.

No podía dejar de pensar en Marsh. ¿Cuál sería su juego con él?

Le llevaron por el corredor hacia el ascensor, bajaron con éste y pasaron por corredores sin ninguna señalización, cruzaron salas de conferencia y oficinas que avivaron de inmediato sus aprensiones. Entraron en una estancia conocida y pasaron a una de las tres habitaciones donde tenían lugar las entrevistas. Esta vez se trataba de un militar. El hombre de pelo plateado que se sentaba ante la pequeña mesa circular llevaba en la pechera de su chaqueta suficiente metal para sumar los grados de todos los militares que había visto hasta entonces en aquel lugar. No sabía el significado de los complicados emblemas. En cierto modo era divertido que la Unión hubiera creado un sistema tan complejo de medallas e insignias, como si la finalidad de todo aquel metal fuera impresionar. Pero representaba autoridad y poder, y eso no tenía nada de divertido.

—Hola, delegado Ayres —le saludó el hombre, al tiempo que se levantaba y le tendía la mano, la cual Ayres aceptó solemnemente—. Seb Azov, del Directorio. Encantado de conocerle, señor.

Eran evidentes los efectos de la droga rejuvenecedora que debía tomar aquel militar, de facciones vigorosas y casi sin arrugas, una droga que era corriente allí y de la que en la Tierra no había más que sucedáneos inferiores.

Pertenecía al gobierno central. Ayres sabía que el Directorio era ahora un organismo de trescientos doce miembros. Desconocía si esta cifra guardaba relación con el número de estaciones y mundos. No sólo se reunía en Cyteen, sino en todas partes, y no sabía cómo se llegaba a pertenecer a aquella entidad. No cabía ninguna duda de que aquel hombre era militar.

—Lamento iniciar nuestro conocimiento con una protesta, ciudadano Azov —le dijo fríamente Ayres—, pero me niego a hablar hasta que se haya aclarado cierto asunto.

Azov enarcó las cejas y se sentó de nuevo.

—¿Cuál es ese asunto, señor?

—El hostigamiento a que está siendo sometido uno de mis hombres.

—¿Hostigamiento, señor?

Sabía que el otro esperaba que perdiera la serenidad y cediera al nerviosismo o el enojo. Se negó a ceder.

—El delegado Marsh y su ordenador parecen tener dificultades para localizar la habitación que se le asigna, cosa notable, ya que inevitablemente nos alojamos juntos. Creo que su eficacia técnica está por encima de tales fallos. Sólo puedo considerar como hostigamiento que a ese hombre se le haga esperar durante horas mientras se examinan unas supuestas discrepancias. Sostengo que esto es un hostigamiento con la finalidad de disminuir nuestra eficiencia por medio del cansancio. Me quejo de otras tácticas, como por ejemplo la incapacidad de su personal para proporcionarnos distracciones o espacio para hacer ejercicio, o la inevitable insistencia de su personal en que carecen de autorizaciones, o las respuestas evasivas de su personal cuando preguntamos el nombre de esta base. Nos prometieron que iríamos a Cyteen. ¿Cómo podemos saber si hablamos con personas autorizadas o simplemente con funcionarios de nivel inferior que carecen de competencia o autoridad para negociar los graves asuntos por los que hemos venido? Hemos recorrido una gran distancia, ciudadano, para resolver una deplorable y peligrosa situación, y hemos recibido muy poca cooperación por parte de las personas con las que nos hemos reunido aquí.

No era un discurso improvisado, sino que lo había preparado minuciosamente para cuando se presentara la ocasión, y aquel militar lleno de insignias era un blanco perfecto. Estaba claro que el ataque había cogido un poco por sorpresa a Azov. Ayres sostuvo una expresión de enojo, lo mejor que pudo, pues estaba aterrado. El corazón le latía con violencia, y confiaba en que su color no hubiera cambiado perceptiblemente.

—Se atenderá la queja —dijo Azov al cabo de un momento.

—Preferiría una seguridad más firme —dijo Ayres. Azov se quedó mirándole con fijeza.

—Tiene mi palabra. Su demanda será satisfecha. ¿Quiere sentarse, señor? Tenemos que tratar de algunos asuntos. Acepte mis excusas personales por las molestias causadas al delegado Marsh. Se investigarán y se les dará adecuada solución.

Ayres consideró las diversas posibilidades que tenía: salir de allí, discutir más o hacer lo que le pedía aquel hombre, y optó por esto último. Tomó asiento y Azov le miró, a su parecer, con cierto respeto.

—Acepto su palabra, señor —le dijo.

—Lamento este asunto. Por ahora no puedo decirle mucho más. Hay algo apremiante con respecto a las negociaciones. Nos hemos encontrado con lo que podríamos llamar… una situación. —Oprimió un botón de la consola—. Por favor, que venga el señor Jacoby.

Ayres miró hacia la puerta, lentamente, sin mostrar una fuerte inquietud, aunque la sentía. La puerta se abrió y un hombre vestido con ropas civiles, o al menos no llevaba los uniformes o los trajes similares a uniformes que habían distinguido a todos aquellos con los que había tratado previamente.

—Les presentaré. El señor Segust Ayres, el señor Dayin Jacoby de la estación Pell. Creo que ya se conocen.

Ayres se levantó y tendió la mano al recién llegado con fría cortesía. Cada vez le gustaba menos lo que estaba ocurriendo.

—Tal vez fue un encuentro casual. Perdone, pero no le recuerdo.

—En el consejo, señor Ayres.

El hombre le estrechó la mano y la retiró sin calor. A un gesto del militar, Jacoby aceptó la tercera silla alrededor de la mesa redonda.

—Una conferencia triangular —murmuró Azov—. Sus condiciones, señor Ayres, reclaman Pell y las estaciones por anticipado, como territorio que desea proteger. Eso no parece de acuerdo con los deseos de los ciudadanos de esa estación… y según consta en nuestros informes, es usted partidario del principio de autodeterminación.

Ayres replicó sin mirar a Jacoby.

—Este hombre no es ninguna autoridad en Pell y no está facultado para llegar a acuerdos. Le sugiero que consulte con el señor Angelo Konstantin y efectúe las preguntas apropiadas al consejo de la estación. La verdad es que no conozco a esta persona, y si pretende formar parte del consejo, no puedo confirmar la veracidad de tal pretensión.