Выбрать главу

Azov sonrió.

—Tenemos una oferta de Pell que vamos a aceptar. Esto hace cuestionables las propuestas de discusión, dado que sin Pell, ustedes reclamarían una isla dentro del territorio de la Unión… estaciones que, permítame que se lo diga, ya forman parte del territorio de la Unión, mediante decisiones similares. Ustedes no tienen ningún territorio en el Más Allá.

Ayres permaneció inmóvil, sintiendo las extremidades como si se hubieran vaciado de sangre.

—Esto no es ya una negociación.

—Su flota no tiene ahora una sola base, señor. Les hemos cerrado el paso por completo. Le hemos llamado para llevar a cabo un acto humanitario. Debe informarles del hecho y de sus alternativas. No hay necesidad de la pérdida de naves y vidas en defensa de un territorio que ya no existe. Apreciaremos su cooperación, señor.

—Me siento ultrajado —exclamó Ayres.

—Es posible —replicó Azov—. Pero a fin de salvar vidas, puede que usted decida enviar ese mensaje.

—Pell no se ha entregado. Es probable que encuentre la situación real diferente de lo que imagina, ciudadano Azov, y cuando desee mejores condiciones de nosotros, cuando quiera ese comercio que podría beneficiarnos a ambas partes, se dará cuenta de lo que está rechazando.

—La Tierra es un mundo.

Ayres no dijo nada. No tenía nada que decir. No quería discutir sobre la situación de la Tierra.

—El asunto de Pell es fácil —dijo Azov—. ¿Conoce usted la vulnerabilidad de una estación? Y cuando la voluntad de la ciudadanía apoya a los de afuera, un asunto muy sencillo. Tenemos el propósito de evitar la destrucción, pero la Flota no operará con éxito en ausencia de una base… y ustedes no tienen ninguna. Firmamos los artículos que ustedes solicitan, incluida la designación de Pell como punto de reunión… pero en nuestras manos, no en las suyas. La verdad es que no hay diferencia, salvo la observación de la voluntad del pueblo, que ustedes afirman estimar tanto.

Era mejor de lo que podría haber sido, pero todo aquello había sido ideado para que pareciera así.

—Aquí no hay representantes de los ciudadanos de Pell, sino sólo un portavoz que se ha nombrado así mismo. Quisiera ver sus cartas de autorización.

Azov abrió un portafolio de cuero que tenía ante él.

—Esto podría interesarle, señor. El documento que nos ofreció, firmado por el gobierno y Directorio de la Unión y el consejo, tal como usted lo redactó, excepto el control de las estaciones que están ahora en nuestras manos y algunos pequeños detalles relativos a la condición de Pelclass="underline" las palabras «bajo la dirección de la Compañía» se han eliminado, tanto aquí como en el documento comercial. Como ve, sólo unas palabras. Todo lo demás es suyo, tal como usted nos lo presentó. Creo que, debido a la distancia, está usted facultado para firmar en nombre de su gobierno y la Compañía.

Tenía la negativa en la punta de la lengua, pero reflexionó antes de hablar.

—Estoy sometido a la ratificación de mi gobierno. La ausencia de esas palabras sería causa de conflicto.

—Confío en que les urgirá para que acepten, señor, tras pensar detenidamente en ello. —Azov dejó el portafolio sobre la mesa y lo empujó hacia él—. Examínelo usted. Desde nuestro punto de vista, en firme, contiene todas las estipulaciones que ustedes deseaban, todas, para decirlo con franqueza, las que pueden pedir, dado que sus territorios ya no existen.

—Sinceramente lo dudo.

—Ah, está usted en su derecho, pero la duda no altera la realidad, señor. Le sugiero que se conforme con lo que ha ganado… acuerdos comerciales que nos beneficiarán a todos y cerrarán una larga brecha. ¿Qué otra cosa cree que puede pedir razonablemente, señor Ayres? ¿Que cedamos lo que los ciudadanos de Pell están dispuestos a darnos?

—Dice eso basándose en una falsa representación.

—Sin embargo, usted carece de medios para investigarlo, confesando así sus propias limitaciones de control y posesión. Dice usted que el gobierno que le ha enviado desde la Tierra ha sufrido cambios profundos, y que debemos tratar con usted como una nueva entidad, considerando irrelevantes todos nuestros pasados motivos de agravio y olvidándolos. ¿Acaso esta nueva entidad se propone responder a la firma de su documento con más exigencias? Le sugiero, señor, que tome en consideración la debilidad de su fuerza militar, que no tiene medios de verificar nada, que se ha visto obligado a venir aquí en una serie de cargueros, a capricho de los mercantes, y que una postura hostil no es buena para su gobierno.

—¿Debo entender eso como una amenaza?

—Me limito a constatar realidades. Un gobierno sin naves, sin control de sus propios militares y sin recursos no está en posición de insistir en que se firme su documento sin cambios. Hemos eliminado unas cláusulas sin sentido y unas pocas palabras, dejando el gobierno de Pell esencialmente en manos del gobierno, cualquiera que sea, que deseen elegir los ciudadanos de Pell. ¿Cree que ante esto puede objetar algo el gobierno que usted representa.

Ayres permaneció un momento en silencio.

—Tengo que consultar con los demás miembros de mi delegación, y no estoy dispuesto a hacerlo si se controlan nuestras conversaciones.

—No hay semejante control.

—Nosotros creemos lo contrario.

—Tampoco tiene ningún medio de verificar esto. Ayres cogió el portafolio.

—No esperen que ni mi personal ni yo asistamos hoy a ninguna reunión. Estaremos en conferencia.

—Como quiera.

Azov se levantó y le tendió la mano. Jacoby permaneció sentado, sin ofrecer ningún gesto cortés.

—No le prometo la firma.

—Una conferencia. Lo comprendo, señor. Siga el curso que estime conveniente, pero le sugiero que considere seriamente los efectos de una negativa a este acuerdo. En la actualidad consideramos que Pell es nuestra frontera. Les dejamos a ustedes las Estrellas Posteriores, que, si lo desean, pueden explotar en su provecho. En caso de que fracase este acuerdo, estableceremos nuestras propias fronteras, y seremos vecinos directos.

El corazón de Ayres le latía con violencia. Aquello se estaba aproximando a un terreno del que él no quería discutir en absoluto.

—Además —dijo Azov—, por si desea salvar las vidas de su Flota y recuperar esas naves, hemos añadido a este portafolio un documento propio. Dependiente de su acuerdo para procurar el regreso de la Flota y ordenarles que se retiren a los territorios que han aceptado como frontera mediante la firma de este tratado, retiraremos todos los cargos contra ellos y contra otros enemigos del estado que ustedes puedan nombrar. Les permitiremos que se retiren bajo nuestra escolta y les acompañen a casa, aunque comprendemos que esto supone un riesgo considerable para nosotros.

—No somos agresivos.

—Estaríamos más dispuestos a creerlo si no se negaran a llamar a sus naves, las cuales están atacando actualmente a nuestros ciudadanos.

—Le he dicho ya claramente que carezco de mando sobre la Flota y ningún poder para llamarla.

—Creemos que usted podría utilizar su gran influencia. Le daremos todas las facilidades necesarias para la transmisión de un mensaje. El cese de las hostilidades seguirá al cese del fuego por parte de la Flota.

—Consideraremos el asunto.

—Señor.

Ayres saludó con una inclinación de cabeza, salió de la estancia y se encontró con los omnipresentes guardianes, que empezaron a conducirle a otro lugar entre las oficinas.

—La otra reunión ha sido cancelada —les informó—. Volvamos a mis habitaciones. He de reunirme con mis compañeros.

—Tenemos nuestras órdenes —le informó el jefe de los guardianes. Aquélla parecía una respuesta mecánica.