Sólo sabría qué ocurría cuando llegara al lugar donde iba a celebrarse la reunión a las 0800, para reunirse con el resto del grupo. Un nuevo grupo de jóvenes guardianes les vigiló durante una larga espera, mientras aguardaban la emisión de las oportunas autorizaciones. Las cosas siempre eran así, lentas e ineficaces, y parecían proyectadas para volverles locos.
A Ayres le sudaba la mano que sujetaba el portafolios con los documentos firmados por el gobierno de la Unión. Pell estaba perdido. Tenía una oportunidad para recuperar por lo menos la Flota y una propuesta que podría destruirla. Mucho se temía que el gobierno de la Unión tuviera unos planes más extensos de lo que la Tierra imaginaba. El «Largo Panorama», con el que la Unión había nacido y que sólo ahora la Tierra estaba adquiriendo. Se sentía transparente y vulnerable. Imaginó los pensamientos tras el ancho y potente rostro de Azov: «Sabemos que están atascados, que quieren ganar tiempo, y por qué. Y eso, de momento, nos conviene. Así podemos llegar a un acuerdo trivial que revocaremos en cuanto nos parezca bien».
La Unión se lo había tragado todo con la intención de digerirlo… por ahora.
No podían permitirse el debate, la discusión de asuntos peligrosos en una intimidad de la que probablemente carecían. Sólo tenían que firmar el tratado y volver a casa. Lo que él tenía en su mente era lo importante. Sabían cómo era el Más Allá; les rodeaba en las personas de unos soldados con el mismo rostro y prácticamente la misma mentalidad; en el desafío del capitán del Norway, la arrogancia de los Konstantin, los mercantes que ignoraban una guerra que se había desarrollado a su alrededor durante generaciones… actitudes que la Tierra nunca había comprendido, porque allí gobernaban unos poderes y una lógica diferentes. Generaciones que se habían sacudido de sus pies el polvo de la Tierra.
Volver a casa, mediante la firma de un documento sin sentido del que Mazian jamás haría caso, de la misma manera que Mallory no acudiría a la llamada… Regresar vivos era lo importante, hacer que comprendieran lo que habían visto. Para conseguirlo haría lo necesario, firmar una mentira y confiar.
IV
Pelclass="underline" Oficina del Jefe de la Estación, sector azul uno; 9/9/52; 1100 h.
La cuota cotidiana de desastres se extendía incluso a regiones situadas más allá de la estación. Angelo Konstantin apoyó la cabeza en una mano y estudió el papel listado que tenía ante él. Un cierre hermético había estallado en la mina Centauro, en la tercera luna de Pell IV, con el resultado de catorce hombres muertos. No pudo evitar el pensamiento de que se trataba de catorce trabajadores muy cualificados. Tenían a mucha gente pudriéndose en sus propias heces al otro lado de la línea de cuarentena, pero habían de perder a gente como aquellos operarios de primera clase. Los accidentes se debían a la falta de suministros; los materiales se deterioraban, y era preciso seguir trabajando con piezas que debieron haber sido sustituidas hacía mucho tiempo. Un costoso cierre hermético cedió y catorce hombres murieron en el vacío. Tecleó un memorándum para localizar trabajadores entre los técnicos de Pell que pudieran reemplazar a los perdidos; sus propias plataformas estaban inactivas, llenas de naves en los ensambladeros principales y los auxiliares, pero muy pocas entraban o salían, y los hombres estaban mejor allá en las minas, donde su experiencia podría servir de algo.
No todos los trabajadores transferidos tenían la habilidad necesaria para realizar lo que les pedían. Uno había muerto en Downbelow, aplastado mientras trataba de extraer un tractor oruga del fango donde lo había metido un compañero inexperto. Tenía que añadir sus condolencias a las que Emilio ya había remitido a la familia en la estación.
Se habían producido otros dos asesinatos en cuarentena, y en la vecindad de las plataformas se había descubierto un cuerpo a la deriva. Se suponía que a la víctima la habían lanzado viva al exterior. Se culpó a la sección de cuarentena. Los miembros de seguridad intentaban establecer la identidad de la víctima, pero el cuerpo estaba muy mutilado.
Hubo un caso de otra clase, un juicio que implicaba a dos familias residentes desde hacía mucho tiempo y que compartían su alojamiento en turnos rotatorios. Los primitivos residentes acusaron a los recién llegados de ratería y apropiación ilícita. Damon le envió el caso como ejemplo de un problema creciente. El consejo debería emprender alguna acción para establecer una responsabilidad clara en tales casos.
Un operario de plataforma asignado a su puesto estaba en el hospital, medio muerto por la tripulación del mercante militarizado Janus. Las tripulaciones militarizadas exigían privilegios de mercante y acceso a los bares, contra algunas autoridades de la estación que intentaban someterlos a la disciplina militar. Los huesos rotos se restablecerían, pero las relaciones entre los funcionarios de la estación y las tripulaciones mercantes estaban en peor condición. El siguiente oficial estacionado que salió con las patrullas temía que le degollaran. Las familias mercantes no estaban acostumbradas a ver extraños a bordo. Angelo envió un mensaje a la oficina militar: «No se asignará personal a las naves militares sin permiso del capitán de la nave. Estas naves patrullarán bajo sus propios oficiales, en tanto no se resuelvan las dificultades morales.»
Esto sería causa de angustia en algunas dependencias pero produciría menos de la que crearía un motín, la revuelta de una nave mercante contra la autoridad de la estación que intentara dirigirla. Elene le había advertido, y ahora él había encontrado la ocasión de poner en práctica la advertencia, unas circunstancias en las que el jefe de la estación podría dejar de lado las opiniones del consejo para seguir manteniendo su autoridad sobre los cargueros armados.
Se producían crisis constantes en los suministros. Angelo firmaba autorizaciones cuando era necesario, algunas después de consumados los hechos, aprobando la inventiva de los supervisores locales, especialmente en las minas. Bendecía a los subordinados cualificados que habían aprendido a descubrir excedentes ocultos en otros departamentos.
Había necesidad de efectuar reparaciones en la sección de cuarentena y el departamento de seguridad pedía autorización para que fuerzas armadas desalojaran y cerraran una parte del sector naranja tres mientras durasen las tareas, lo cual significaba el traslado de numerosos residentes. Se calificaba como urgente pero sin que supusiera la amenaza de pérdida de vidas; en cambio sí que era una amenaza introducir un equipo de reparación sin cerrar la zona. Angelo estampó el sello de «Autorizado». Cerrar los sistemas de drenaje en aquel sector podía producir enfermedades.
—La capitana mercante Ilyko desea verle, señor.
Angelo contuvo el aliento y oprimió el botón de la consola, haciendo entrar a la mujer. Era robusta, de cabellos grises y con arrugas que las drogas de rejuvenecimiento no habían podido impedir a tiempo. O quizá estaba ya en el declive de su vida… Aquellas drogas no tenían efectos indefinidos. Angelo hizo un ademán para que tomara asiento, y la capitana lo aceptó agradecida. Había enviado la solicitud de entrevista una hora antes, mientras la nave se aproximaba. Procedía del Ojo del Cisne, un transporte de bidones con base en Mariner. Angelo conocía a la gente de allí, pero no a aquella mujer. Ahora era una más de los suyos, pues había sido militarizada, como indicaba el cordón azul que llevaba en las mangas.
—¿Cuál es el mensaje y de quién? —le preguntó. La mujer buscó en sus bolsillos y extrajo un sobre, que depositó sobre la mesa de Angelo.
—Es del Hammer de Olvigs, procedente de Viking. Nos hizo señales allá afuera y nos entregó esto en mano. Van a permanecer algún tiempo sin penetrar en el radio de exploración de la estación… Tienen miedo, señor. No les gusta nada lo que ven.