—Viking. —La noticia de aquel desastre había llegado mucho tiempo atrás—. ¿Y dónde han estado desde entonces?
—Su mensaje podría aclararlo, pero afirman que han sufrido daños al salir de Viking. Efectuaron un salto corto y estuvieron vagando sin rumbo. Es lo que dicen. Desde luego, su nave presenta daños, pero llevan una carga. Ojalá hubiéramos tenido tanta suerte cuando huimos, así ahora no deberíamos realizar servicio militar para pagar el ensamblaje de nuestra nave en la plataforma.
—¿Sabe usted qué hay detrás de todo esto?
—Lo sé —dijo ella—, algo se está tramando y pronto lo veremos, señor Konstantin. A mi entender, la Hammer trató de saltar a la Unión, pero se arrepintieron antes de llegar. La Unión trató de apoderarse de ella, y emprendieron la huida. Ahora han llegado aquí y también están asustados. Querían que me adelantara a ellos y les diera el mensaje, a fin de tener las manos limpias. Imagine su posición si la Unión cree que han venido aquí para entregarles información sobre ellos.
Angelo miró el rostro redondo y los ojos hundidos y oscuros de la mujer, y asintió lentamente.
—Ya sabe lo que sucede aquí si su tripulación habla en la estación o en cualquier otra parte. Eso nos dificultaría mucho las cosas.
—Somos una familia y no hablamos con gente de fuera —dijo ella—. Señor Konstantin, estoy militarizada porque he tenido la mala suerte de venir sin carga y usted nos ha obligado a pagar de algún modo, y porque no podemos ir a ningún otro lugar. El Ojo del Cisne no es uno de los cargueros combinados, carece de reservas y aquí no tiene crédito, como otros. ¿Pero de qué servirá el crédito, señor Konstantin, si Pell deja de funcionar? A partir de ahora, no importan los créditos de su banco. Lo que quiero son suministros en mi bodega.
—¿Es esto un chantaje, capitana?
—Voy a salir con mi tripulación de patrulla y vigilaremos su perímetro. Si vemos naves de la Unión, le avisaremos al instante y saltaremos con la mayor rapidez. Un transporte de bidones no puede esquivar a una nave rápida, y no voy a hacer ninguna heroicidad. Quiero la misma ventaja que tienen las tripulaciones de Pell, las cuales acaparan alimentos y agua que no figuran en los conocimientos de embarque.
—¿Hace usted una acusación en firme de acaparamiento?
—Señor jefe de la estación, usted sabe que hay acaparamiento en todas las naves que favorecen a la estación, y no va a poner en peligro esas relaciones procediendo a investigarlas ¿Cuántos de sus funcionarios se manchan los uniformes haciendo un examen visual de las bodegas y los depósitos? Le pido con toda franqueza que me conceda para mi familia lo mismo que consiguen otros por mancomunarse con ustedes. Suministros. Luego nos marcharemos.
—Tendrá los suministros. —Angelo se volvió entonces y tecleó la petición a través del canal prioritario—. Salga de esta estación lo antes posible.
Cuando el jefe de la estación terminó y se volvió de nuevo hacia ella, la mujer asintió.
—Ha hecho bien, señor Konstantin.
—¿Adónde saltará, capitana, si tiene que hacerlo?
—A la fría Profundidad. Iré a un lugar que conozco, allá en la oscuridad, como hacen muchos cargueros. ¿No lo sabía, señor Konstantin? Vendrán largos y magros años si se produce la invasión. La Unión ayudará a quienes le hayan servido antes. Cuando ocurra habrá que agazaparse y confiar en que tengan una gran necesidad de naves, o dirigirse a la Tierra. Algunas lo harían.
—Usted cree de veras que eso va a ocurrir —dijo Angelo, con el ceño fruncido.
Ella se encogió de hombros.
—Noto la corriente de aire, jefe de la estación. No me quedaría aquí a cambio de nada si la línea no resiste.
—¿Muchos mercantes comparten sus opiniones?
—Nos hemos preparado —dijo ella en voz baja— durante cincuenta años. Pregunte a Quen, jefe de la estación. ¿También usted busca un lugar?
—No, capitana.
Ella se echó atrás y asintió lentamente.
—Mis respetos por ello, jefe de la estación. Puede estar seguro de que no saltaremos sin dar la alarma, lo cual es más de lo que otros de los nuestros harán.
—Sé que es un alto riesgo para usted. Tendrá sus suministros, todo cuanto necesite. ¿Algo más?
Ella negó con la cabeza, flexionando ligeramente su voluminoso cuerpo, y se levantó.
—Le deseo suerte —le dijo, tendiéndole la mano—. Los mercantes que están aquí y no al otro lado de la línea… han elegido su bando contra una fuerza superior; los que todavía se reúnen en la oscuridad y le consiguen suministros de la Unión, no lo hacen buscando beneficios. Aquí ya no hay beneficios, y usted lo sabe, señor jefe de la estación. En el otro lado habría sido más fácil… en algunos aspectos. Él estrechó la gruesa mano de la mujer.
—Gracias, capitana.
—No hay de qué —dijo ella, y tras un breve encogimiento de hombros salió de la estancia.
Angelo abrió el mensaje. Era una nota manuscrita, garabateada. Decía: «Vuelta de la Unión. Transportes que orbitan Viking, cuatro, quizá más. Se rumorea que Mazian se ha dado a la fuga. Naves perdidas: Egipto, Francia, Estados Unidos, puede que otras. La situación se desmorona.» No estaba firmado ni hacía mención del buque que lo había emitido. Angelo estudió el mensaje un momento y luego se levantó, abrió la caja fuerte y guardó en ella el papel. Notaba una sensación de náusea. Los observadores podían equivocarse. Era posible difundir la información, propalar deliberadamente los rumores. Aquella nave probablemente no entraría. El Hammer observaría algún tiempo, tal vez intentaría entrar o se daría a la fuga. Cualquier intento de atraerlos para un interrogatorio directo sería una mala política con respecto a los demás mercantes. Los cargueros rodeaban Pell, esperando alimentos, agua y suministros de la estación, utilizando el crédito mancomunado que ellos debían aceptarles por temor a los alborotos: antiguas deudas con las estaciones desaparecidas. Usaban los suministros de la estación en vez de las preciosas mercancías acaparadas que tenían a bordo, en previsión del día en que tendrían que salir huyendo. Era cierto que algunos descargaban, pero eran más los que no lo hacían.
Envió un mensaje a la consola exterior: «Termino la jornada. Pueden encontrarme en casa. Si no hay nada urgente, esperen a que vuelva.»
Recogió algunos de sus documentos menos turbadores, los guardó en el maletín, se puso la chaqueta y salió haciendo una inclinación de cortesía a su secretaria y a los funcionarios que tenían sus despachos en la misma sala. En los últimos días había trabajado hasta muy tarde, y al menos se merecía la oportunidad de trabajar más cómodamente, leer los documentos que llevaba en el maletín sin interrupciones. En Downbelow habían tenido problemas. Emilio había enviado a los responsables la semana pasada, con una severa denuncia contra aquellas personas y la política que representaban. Damon ordenó que los enviaran de inmediato a las minas, lo cual era un modo rápido de cubrir los puestos vacantes. El consejo de defensa denunció la existencia de prejuicios en Asuntos Legales, y urgió que se borraran las denuncias de las hojas de servicios y se procediera a la rehabilitación de los implicados. Las cosas estaban tomando un cariz preocupante. Jon Lukas había hecho ofertas y exigido contrapartidas, pero aquello ya estaba resuelto. Actualmente, había cincuenta historiales de residentes en cuarentena procesados provisionalmente. Angelo pensó detenerse en la sala de ejecutivos para tomar un trago y realizar allí parte del papeleo, desviando su atención de aquello que todavía le hacía sudar. Tenía un compaginador en el bolsillo, lo llevaba siempre, aunque pudiera confiar en el comunicador. Pensó en ello.