Llegó a su casa en el sector azul uno y abrió la puerta.
—¿Angelo?
Alicia estaba despierta. Dejó el maletín y la chaqueta sobre la silla al lado de la puerta.
—Ya estoy en casa —dijo él, sonriendo a la vieja nativa que salió de la habitación de Alicia a recibirle—. ¿Has tenido un buen día, Lily?
Lily asintió, devolviéndole la sonrisa, y fue a recoger las cosas que él había dejado en la entrada. Angelo penetró en la alcoba, se inclinó sobre la cama y besó a Alicia. Ella le sonrió, inmóvil como lo estaba siempre bajo las sábanas inmaculadas, con Lily para atenderla, darle la vuelta y cuidarla con el cariño acumulado en muchos años. Las paredes eran pantallas. La vista alrededor de la cama era de estrellas, como si colgaran en medio del espacio; estrellas y, a veces, el sol, las plataformas y corredores de Pell, o imágenes de los bosques de Downbelow, la base, la familia, de todas las cosas que la complacían. Lily cambiaba las secuencias para ella.
—Damon ha estado aquí —murmuró Alicia—. Con Elene, durante el desayuno. Ha sido agradable. Elene tiene un buen aspecto, se siente muy feliz.
Con frecuencia la visitaban, uno u otro, sobre todo cuando Emilio y Miliko estaban lejos. Angelo recordó una sorpresa, una cinta que se había guardado en el bolsillo de la chaqueta por temor a olvidarla.
—He tenido un mensaje de Emilio. Te lo pondré.
—Angelo, ¿algo no va bien?
Él se detuvo y movió la cabeza tristemente.
—No se te escapa nada, querida.
—Conozco bien tu rostro, amor. ¿Malas noticias?
—No de Emilio. Las cosas van muy bien allá abajo, mucho mejor. Infoma que hay considerables progresos en los nuevos campamentos. No han tenido ningún problema con el personal de cuarentena, la carretera está expedita hasta la base número dos, y hay bastantes deseosos de que los transfieran.
—Creo que sólo me entero del mejor lado de los informes, pero también miro los corredores, Angelo, y puedo ver la expresión de la gente.
Él volvió la cabeza para que pudiera mirarle más cómodamente.
—Se está preparando la guerra. Eso es lo que ocurre. Los bellos ojos de la mujer, hermosos todavía, en un rostro delgado y pálido, no parpadearon.
—¿Está muy cerca?
—No tanto, pero los mercantes se ponen nerviosos. No hay señales de que se vaya a desencadenar enseguida, pero me preocupa la moral de la gente.
Ella miró a su alrededor y señaló las paredes.
—Haces que todo mi mundo sea bello, pero ¿lo es en realidad el que está ahí afuera?
—Por ahora Pell no corre peligro. No hay nada inminente. Sabes que soy incapaz de mentirte. —Se sentó en el borde de la cama y le cogió la mano—. Hemos visto encenderse la guerra otras veces y todavía estamos aquí.
—¿Están muy mal las cosas?
—He hablado con un mercante hace unos momentos, y me ha mencionado las actitudes de los mercantes, los lugares en la Profundidad, apropiados para esconderse y esperar. Se me ocurre que hay más estaciones de las que dejó Pell, pedazos de roca en sitios improbables… cosas que saben bien los mercantes y quizá Mazian, Sí, seguro que lo sabe. Lugares a los que pueden ir las naves para protegerse de las tormentas. Si llega a plantearse una situación grave, tendremos algunas opciones.
—¿Te marcharías? Él negó con la cabeza.
—Jamás, jamás, pero todavía tenemos la posibilidad de convencer a los muchachos para que lo hagan. Ya persuadimos a uno para que fuera a Downbelow. Intentémoslo ahora con el más joven y con Elene, que es nuestra mejor esperanza. Ella tiene amigos allí, conoce a Damon y podría persuadirle.
Le apretó la mano. Alicia Lukas-Konstantin necesitaba a Pell, necesitaba la maquinaria, el equipo que una nave no podría mantener fácilmente. Estaba unida a Pell y a las máquinas. Y la transferencia de su cortejo de metal y técnicos sería público, supondría el anuncio del fin difundido por vídeo. Ella se lo había recordado. «Soy Pell», le había dicho riendo sin alegría. Una vez había estado a su lado. Él no se iba. Jamás lo haría sin ella, abandonando lo que su familia había construido a lo largo de los años, lo que ellos habían construido juntos.
—No está cerca —repitió, pero pensó que sí lo estaba.
V
Pelclass="underline" Plataforma Blanca; oficinas de la Compañía Lukas; 1100 h.
Jon Lukas recogió los documentos y miró a los hombres apiñados ante su mesa en la oficina de la plataforma. Fue una mirada larga, para dejar bien clara su posición. Luego dejó los papeles sobre la mesa y Bran Hale los recogió y los pasó a los otros.
—Se lo agradecemos —dijo Hale.
—La Compañía Lukas no necesitaba empleados. Ustedes lo comprenden. Procuren ser útiles. Esto es un favor personal, una deuda, si quieren. Aprecio la lealtad.
—No habrá ningún problema —dijo Hale.
—Es importante que mantengan la calma. El mal carácter ya les ha costado la pérdida de su permiso de libre circulación como miembros de seguridad. No demuestren ese mal carácter si trabajan para mí. Se lo advierto. Se lo advertí cuando trabajábamos juntos en Downbelow.
—Lo recuerdo —dijo Hale—, pero nos hicieron salir a toda prisa, señor Lukas, por razones personales. Konstantin buscaba una excusa. Está cambiando sus normas, deshaciendo todo lo que usted había hecho, y procuramos tener paciencia, señor.
—Eso es inevitable —dijo Jon—. No estoy allí y no puedo arreglar las cosas, y ahora tampoco ustedes. Habría preferido que Jacoby los hubiera sacado de allí en otras condiciones, pero el caso es que están aquí y ahora han de recurrir al empleo privado. —Se reclinó en su asiento—. Podría necesitarles. Piensen también en eso. Las cosas podrían haber sido peores… ahora, en la estación, se acabó el barro y los dolores de cabeza debidos a la mala atmósfera. Trabajan para la compañía en todo lo que se presente, y deben usar la mente y hacer las cosas bien.
—Sí, señor —dijo Hale.
—Y otra cosa, Lee… —Jon miró a Lee Quale y añadió—: Puede que de vez en cuando tenga que hacer guardia en la propiedad Lukas. Puede que tenga un arma, pero no se le ocurra disparar. ¿Sabe lo cerca que estuvo de Corrección a causa de eso?
—Un bastardo golpeó el cañón —murmuró Quale.
—Damon Konstantin dirige Asuntos Legales. Es el hermano de Emilio, de modo que, como pueden ver, Angelo lo tiene todo en el bolsillo. Si dispusiera de más cargos contra ustedes, podría haberles enviado al molino. Piensen en los riesgos la próxima vez que se enfrenten con los Konstantin.
Se abrió la puerta y entró Vittorio, el cual hizo caso omiso de la expresión de Lukas, molesto por la interrupción. Se acercó a él y se inclinó para hablarle al oído.
—Ha llegado un hombre, en una nave llamada Ojo del Cisne.
—No conozco tal nave. Puede esperar.
—No —insistió Vittorio—. Escúchame. No estoy seguro de que esté autorizado.
—¿Cómo? ¿No autorizado?
—Los documentos. No estoy seguro de que tenga derecho a estar en la estación. Está ahí afuera. No sé qué hacer con él.
Jon soltó un bufido. Tanto la oficina como la plataforma estaban llenas de testigos.
—Hazle pasar —le dijo, y a Hale y sus hombres—: Salgan afuera. Rellenen los papeles y entréguenlos al personal. Hagan lo que les pidan. Salgan.
Los hombres le dirigieron miradas sombrías, sintiéndose ofendidos.
—Vámonos —les dijo Hale, acompañándoles al exterior. Vittorio se apresuró a salir tras ellos y dejó la puerta abierta.
Un momento después entró un hombre con atuendo de mercante y cerró la puerta tras él, sin más ni más, con un movimiento que no reflejaba temor ni disimulo, como si él mandara. Era el suyo un rostro vulgar, sin ningún rasgo sobresaliente, y aparentaba unos treinta años. Sus modales eran fríos y sosegados.