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—Empieza a notársele un poco el embarazo. No tiene ganas de venir.

—Ya.

Parpadeó y desvió la vista. Eran cosas demasiado íntimas y él se sentía como un intruso. En aquellos aspectos era un ingenuo. Las mujeres… Creía haber conocido a algunas, pero no embarazadas, no una relación como la que existía entre Damon y Elene, estable, duradera. Recordó a alguien a quien había amado, una relación antigua, pasada, un amor adolescente. Él era un niño entonces. Intentó seguir los hilos hasta ver adonde conducían, pero se enmarañaron. No quería pensar así en Elene, no podía. Recordó las advertencias, el deterioro psicológico, como lo habían llamado. Deterioro…

—¿Está bien, Josh?

Él parpadeó de nuevo, lo que podía llegar a convertirse en un tic nervioso si seguía haciéndolo.

—Algo te está fastidiando.

Él replicó con un gesto vago. No quería verse atrapado en una discusión.

—No lo sé.

—Estás preocupado por algo.

—No, por nada.

—¿No confías en mí?

El parpadeo oscurecía su visión. El sudor le cubría los ojos. Se enjugó el rostro.

—Como quieras —dijo Damon.

Se levantó y fue a la puerta del cubículo de madera, tratando de interponer una distancia entre ellos. Sentía náuseas en el estómago.

—Josh.

Un lugar oscuro, cerrado… Podía echar a correr, liberarse de aquella proximidad, de las exigencias a las que se veía sometido. Si lo hacía, le arrestarían, le harían volver al hospital, entre paredes blancas.

—¿Estás asustado? —le preguntó Damon sin ambages.

El muchacho hizo un gesto de impotencia. Las conversaciones de los demás cubículos formaban un rumor sostenido, ininteligible, que envolvía su celda como el vapor.

—¿Qué es lo que imaginas? —le preguntó Damon—. ¿Que no soy sincero contigo?

—No.

—¿Que no puedes confiar en mí?

—No.

—Entonces, ¿qué?

Josh estaba a punto de sentirse enfermo. Tenía ya experiencia de aquella sensación.

—Desearía que hablaras —le dijo Damon. El muchacho le miró, de espaldas a la partición de madera.

—Te detendrás cuando te canses del proyecto —le dijo débilmente.

—¿Detener qué? ¿Otra vez estás pensando en que voy a abandonarte?

—¿Entonces, qué es lo que quieres?

—¿Crees que eres una curiosidad? —le preguntó Damon. Él tragó la bilis que le había subido a la garganta.

—Esa es la impresión que tienes, ¿verdad? ¿Eso es lo que crees de Elene y de mí?

—No quiero pensar eso —logró decir el muchacho finalmente—, pero soy una curiosidad. ¿Qué otra cosa podría ser?

—No lo eres —negó Damon.

En su rostro empezó a agitarse un músculo. Se sentó en el banco y trató de detener el tic. Ya no tomaba píldoras, y deseaba tenerlas, para permanecer tranquilo y no pensar, para salir de allí y librarse del sondeo al que le sometían.

—Te tenemos simpatía —le dijo Damon—. ¿Hay algo de malo en eso?

Él siguió sentado, paralizado, el corazón martilleándole.

—Vámonos —dijo Damon, poniéndole en pie—. Ya has tenido bastante calor.

Josh se levantó. Tenía las rodillas débiles y la visión borrosa por el sudor, la temperatura y el reducido espacio de la sauna. Damon le ofreció una mano. Él la rechazó y caminó tras el otro hombre por el pasillo hasta el extremo de la estancia.

El aire más fresco le aclaró un poco la cabeza. Permaneció unos momentos más de los necesarios en la ducha, y salió un poco más calmado, envuelto en una toalla, hacia el vestuario. Damon estaba tras él.

—Lo siento —le dijo a Damon, por todo en general.

—Son los reflejos. —Con el ceño fruncido, le cogió del brazo antes de que pudiera volverse. Josh retrocedió y golpeó el armario con su cuerpo, produciendo un ruido resonante.

Un lugar oscuro. Un caos de cuerpos. Manos sobre él. Apartó su mente de todo aquello, se apoyó temblando en el metal, mirando fijamente el rostro inquieto de Damon.

—¿Josh?

—Lo siento —repitió—. Lo siento.

—Parece como si fueras a desmayarte. ¿Ha sido el calor?

—No lo sé —musitó—. No lo sé. —Se sentó en el banco para recobrar el aliento. Al cabo de un momento estaba mejor. La oscuridad retrocedió—. Lo lamento de veras. —Estaba deprimido, convencido de que Damon no podría tolerarle más. La depresión iba en aumento—. Quizá será mejor que vuelva al hospital.

—¿Tan mal estás?

No quería pensar en su habitación, el sobrio apartamento de paredes desnudas, frías. En el hospital conocía a varias personas, los médicos le conocían y podrían tratarle cuando tuviera aquellos ataques de depresión, y él sabía que sus motivos se limitaban al cumplimiento del deber.

—Llamaré a la oficina —dijo Damon— y les diré que voy a llegar tarde. Te llevaré al hospital si crees que es necesario.

Él apoyó la cabeza en las manos.

—No sé por qué hago esto. Recuerdo algo, pero no sé qué es. Me provoca náuseas.

Damon se sentó a horcajadas en el banco y esperó a que continuara.

—Puedo imaginarlo —le dijo finalmente, y el muchacho alzó la vista, recordando con inquietud que Damon había tenido acceso a todos sus datos.

—¿Qué es lo que se imagina?

—Tal vez ha estado demasiado encerrado, y la celda del vapor se lo ha recordado. Muchos refugiados sienten pánico por los lugares cerrados y llenos de gente.

—Pero yo no llegué con los refugiados. Lo recuerdo.

—¿Y qué más?

Un tic contorsionó su rostro. Se levantó, empezó a vestirse y, al cabo de un momento, Damon le imitó. Otros hombres iban y venían a su alrededor. Gritos del exterior llegaron a la habitación cuando la puerta se abrió: el ruido normal del gimnasio.

—¿De veras quiere que le lleve al hospital? —le preguntó finalmente Damon.

Josh se puso la chaqueta.

—No, me pondré bien.

Damon juzgó que, efectivamente, se pondría bien, aunque observó que seguía teniendo la piel de gallina, incluso ahora que estaba totalmente vestido. Frunció el ceño e hizo un gesto hacia la puerta. Salieron a la fría cámara exterior y subieron al ascensor con media docena de personas. Cuando salieron, Josh se tambaleó un poco y se detuvo ante el denso tráfago que le rodeaba.

Damon le cogió por un codo y le condujo hasta un asiento junto a la pared del corredor. Al muchacho le satisfizo sentarse, descansar un momento y observar a la gente que pasaba ante ellos. No estaban en el nivel de la oficina de Damon, sino en el sector verde. Desde la sala general, en el extremo, les llegaban las notas de la música. Se habían detenido allí por idea de Damon. Estaban cerca de la pista que conducía al hospital… o tal vez Damon sólo había pretendido encontrar un lugar donde descansar un poco.

—Siento algo de vértigo —le confesó.

—Tal vez sería mejor que volviera al hospital para que le hagan un chequeo. No debí haberle alentado a hacer esto.

—No es el ejercicio. —Josh se inclinó, apoyó la cabeza en las manos, aspiró aire varias veces, con lentitud, y finalmente se enderezó—. Damon, los nombres… conoce los nombres de mi historial. ¿Dónde nací?

—En Cyteen.

—¿Sabe cómo se llamaba mi madre? —Damon frunció el ceño.

—No, no lo dijo. Habló sobre todo de una tía. Se llamaba Maevis.

Josh recordó entonces el rostro de la anciana, y tuvo una cálida sensación de familiaridad.

—La recuerdo.

—¿Se había olvidado de ella?

El tic volvió a su rostro y él procuró ignorarlo, buscando a toda costa la normalidad.

—Como puede comprender, no tengo modo de saber lo que pertenece a su memoria y lo que es imaginado o soñado. No puedes saber a qué atenerte cuando desconoces la diferencia.