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—Se llamaba Maevis.

—Sí, vivía en una granja.

Josh asintió, y de repente tuvo un atisbo de un camino soleado, una valla roída por la intemperie. A menudo, en sus sueños, se encontraba en aquel camino, con los pies descalzos en el polvo, y veía una casa, una cúpula prefabricada entre otras muchas, doradas bajo el sol.

—Una plantación, mucho mayor que una granja. Vivía allí… Viví allí hasta que fui a la escuela técnica. Fue la última vez que estuve en un mundo, ¿verdad?

—Nunca mencionó otro.

Josh permaneció callado un momento, recordando la imagen, excitado por ella, por algo hermoso, cálido y auténtico. Trató de recuperar los detalles. El tamaño del sol en el cielo, el color de las puestas de sol, el camino polvoriento que llevaba al pequeño poblado. Una mujer robusta, suave y agradable, y un hombre delgado y preocupado que dedicaba mucho tiempo a maldecir el clima. Las piezas encajaban. Aquel era su hogar y le inspiraba nostalgia.

—Damon… —Hizo acopio de valor, pues aquello era algo más que un sueño placentero—. No tiene ningún motivo para mentirme, ¿verdad? Sin embargo, lo hizo cuando le pedí que me dijera la verdad, hace poco, acerca de la pesadilla. ¿Por qué?

Damon parecía sentirse incómodo.

—Tengo miedo, Damon, me asustan las mentiras, ¿lo comprende? Y me asustan otras cosas. —Tartamudeaba sin poder contenerse, impaciente consigo mismo; los músculos se le contraían, su lengua se volvió torpe y su mente parecía un cedazo—. Deme los nombres, Damon. Ha leído el historial, lo sé. Dígame cómo llegué a Pell.

—Cuando Russell fue destruido, como todos los demás.

—No, empiece por Cyteen. Deme nombres. Damon extendió un brazo sobre el respaldo del banco y le miró con el ceño fruncido.

—El primer servicio que mencionó era una nave llamada Kite. No sé cuántos años estuvo en ella. Tal vez fue la única nave. Por lo que puedo deducir, le hicieron salir de la granja para que estudiara en la escuela técnica y le entrenaron en sistemas de sondeo. Creo que la nave era muy pequeña.

—Una nave de reconocimiento —musitó el muchacho. Y vio en su mente el atestado interior de la Kite, donde la tripulación tenía que moverse en un ambiente con gravedad nula. Había pasado mucho tiempo en la estación Fargone… y de patrulla, en misiones de observación. Recordó a Kitha… Kitha y Lee… la infantil Kitha, por la que había sentido un afecto especial. Y Ulf. Recobraba los rostros y se alegraba al recordarlos. Habían trabajado juntos, en todos sentidos, pues aquel tipo de naves carecía de posibilidad de actividades privadas. Habían convivido juntos durante años.

Y ahora estaban muertos. Era como perderlos de nuevo.

Recordó el grito de advertencia de Kitha. También él había gritado algo, al darse cuenta de que eran un blanco perfecto, por un error de Ulf. Él había permanecido impotente ante el tablero de mandos. Sus armas no podían hacer nada para repeler el ataque. Se estremeció.

—Alguien me recogió.

—Les atacó una nave auxiliar llamada Tigris. Pero en la zona había un carguero que le albergó en su cápsula de señales.

—Continúe.

Damon permaneció silencioso un momento, como si pensara en ello, como si no fuera a continuar. Estaba cada vez más inquieto y sentía una gran tensión.

—Le trajeron a la estación —dijo al fin—, a bordo de un mercante, en camilla, pero sin lesiones. Supongo que la conmoción y el frío le habían afectado… El sistema de habitabilidad había comenzado a estropearse y estuvieron apunto de perderle.

Josh meneó la cabeza. Su mente no conservaba imágenes de aquello. Recordaba las plataformas, los médicos, el interrogatorio, las interminables preguntas, la multitud revuelta que gritaba, un guardia de plataforma que caía y alguien le disparaba fríamente al rostro, mientras estaba tendido en el suelo, aturdido. Muertos por todas partes, pisoteados, un montón de cuerpos ante él y hombres que le rodeaban, tropas armadas. «¡Tienen armas!», había gritado alguien, y entonces se había producido el pánico.

—Le recogieron en Mariner —dijo Damon—. Después de que estallara, cuando buscaban supervivientes.

—Elene…

—Le interrogaron en Russell —siguió diciendo Damon en voz baja, obstinadamente—. Se enfrentaban… no sé a qué. Estaban asustados, tenían prisa. Utilizaron técnicas ilegales, como la Corrección. Querían que les diera información, horarios, movimientos de las naves, todo eso. Pero no podía dárselo, porque estaba en Russell cuando empezó la evacuación y le trasladaron a esta estación. Eso es lo que sucedió. Un sombrío cordón umbilical de la estación a la nave. Tropas y armas.

—Se llamaba Norway.

Josh sintió un nudo en el estómago. Mallory. Mallory y la Norway . Graff. Recordó. El orgullo se había extinguido allí, y el se convirtió en un cero a la izquierda. Quien era, lo que era… no les había importado a las tropas ni a la tripulación. Ni siquiera se trataba de odio, sino de amargura y hastío, la crueldad de que él no importaba, aunque era un ser vivo que experimentaba dolor y sentía vergüenza…, que gritaba cuando el horror le abrumaba y, al darse cuenta de que no le importaba a nadie, dejaba de gritar, de sentir, de luchar.

Podía oír el tono de la voz de Mallory. «¿Quieres volver con ellos? ¿Quieres volver?» Él no quiso. Entonces no quería nada, salvo no sentir en absoluto. Esa era la fuente de sus pesadillas, las figuras oscuras y confusas, lo que le hacía despertarse de noche.

Asintió lentamente, aceptándolo.

—Aquí le internaron en la prevención —dijo Damon—. Le recogieron. Pasó por Russell y la Norway hasta llegar aquí. No crea que hemos introducido algo falso en su Corrección. Tiene mi palabra. ¿Josh?

—Estoy bien —dijo el muchacho, aunque sudaba y le costaba respirar. Seguía sintiendo náuseas. La proximidad emocional o física le producía tales efectos. Ahora podía identificarlo y procuraba dominarse.

—Quédese aquí —le ordenó Damon, levantándose antes de que él pudiera objetar nada, y fue a una de las tiendas situadas a lo largo del corredor.

El muchacho se quedó obedientemente donde estaba, con la cabeza apoyada contra la pared, y su pulso fue serenándose. Se le ocurrió que era la primera vez que se quedaba solo, salvo en el recorrido desde su lugar de trabajo hasta su habitación. Tenía una peculiar sensación de desnudez. Se preguntó si los que pasaban junto a él sabían quién era. La idea le asustaba.

El médico le había dicho que recordaría ciertas cosas cuando dejaran de administrarle las píldoras, pero que podría distanciarse de ellas. Era curioso que pudiera recordar algunas cosas y otras no.

Damon regresó con dos vasos, se sentó y le ofreció uno. Era zumo de fruta con algo más, helado y azucarado, un brebaje que le suavizó el estómago.

—Va a llegar tarde —le recordó a su compañero. Damon se encogió de hombros y no dijo nada.

—Me gustaría… —Hablaba entrecortadamente, lo cual le avergonzaba—… llevarles a usted y a Elene a cenar. Ahora tengo mi trabajo y gano algunos créditos.

—De acuerdo. Se lo diré a Elene. Josh se sintió mucho mejor.

—Quisiera volver solo a casa.

—Como quiera.

—Necesito saber… lo que recuerdo. Discúlpeme.

—Estoy preocupado por usted —le dijo Damon.

Estas palabras conmovieron profundamente al muchacho.

—Pero puedo andar solo.

—¿Cuándo quiere que cenemos juntos?

—Decídanlo usted y Elene. Mi horario es bastante flexible.