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Era un triste rasgo de humor. Damon sonrió y apuró su bebida. Josh tomó la suya y se levantó.

—Gracias.

—Hablaré con Elene. Mañana le diré la fecha. Cuídese, y llámeme si me necesita.

Josh asintió, dio media vuelta y echó andar entre la gente que podía conocer su rostro, la multitud que poblaba las plataformas igual que su memoria. No era lo mismo, sino un mundo diferente por donde él caminaba, a lo largo de su porción de corredor, como un nuevo propietario…, caminaba hacia el ascensor entre los nacidos en Pell y esperaba junto a ellos la cabina como si fuera uno más de los suyos.

—Verde siete —dijo una vez dentro, cuando la presión de la gente le impidió oprimir el botón, y alguien lo hizo amablemente por él.

En la atestada cabina estaba hombro contra hombro, pero se sentía bien. Cuando llegó a su nivel, pidió excusas a los demás pasajeros, que no le miraron por segunda vez, y salió al corredor, cerca de su hospedaje.

—Talley —dijo alguien, sobresaltándole. Miró a la derecha, a los guardias de seguridad uniformados. Uno de ellos le saludó con una afable inclinación. Su pulso se aceleró. El rostro le resultaba vagamente familiar—. ¿Ahora vives aquí? —le preguntó el hombre.

—Sí —dijo él en tono de disculpa—. No te recuerdo bien… de antes. Tal vez estabas aquí cuando llegué.

—Sí, estaba aquí —dijo el guardia—. Me alegro de ver que te has recuperado. Parecía decirlo en serio.

—Gracias —respondió Josh, y siguió su camino mientras los guardias se iban por su lado. Las sombras que habían avanzado retrocedieron.

Había creído que eran todos sueños, pero aquello no lo soñaba, sino que había sucedido. Pasó al otro lado del mostrador, a la entrada del hospedaje, y avanzó por el corredor hasta llegar a la habitación número 18. Utilizó su tarjeta para abrir; la puerta se deslizó y Josh entró en su refugio, un cuarto sencillo, sin ventanas… un extraño privilegio, por lo que había oído a través del vídeo acerca del hacinamiento que había en todas partes. Era otro arreglo de Damon.

De ordinario habría conectado el vídeo, utilizando su ruido para llenar el lugar con voces, pues los sueños llegaban cuando los ruidos no estaban presentes.

Se sentó en la cama y permaneció un rato en silencio, sondeando los sueños, los recuerdos y las heridas a medio cicatrizar.

La Norway . Signy Mallory. Mallory.

VII

Pelclass="underline" Plataforma Blanca; oficinas de la Compañía Lukas; 1830 h.; 0630 h.

No se producían problemas. Jon permaneció en la oficina, la más interior de todas, recibió llamadas normales, trabajó en los informes y registros de los almacenes, mientras que una porción de su mente trataba de decidir lo que haría en caso de que sucediera lo peor.

Permaneció hasta más tarde lo habitual, después de que hubiera disminuido la iluminación de las plataformas, cuando buena parte del personal del primer turno se había marchado y había cesado la actividad de la jornada. Sólo quedaban algunos empleados en las otras oficinas para responder al comunicador y atender cualquier contingencia hasta que llegara el personal del turno de noche. A las 1446 el Ojo del Cisne salió sin que le pusieran ningún reparo; Annie y los Kulin salieron con los documentos de Vittorio a las 1703, sin producir ningún revuelo ni tener que responder más que a las preguntas rutinarias sobre horarios y rumbo. Entonces se sintió más tranquilo.

Y cuando la Annie se había alejado de las proximidades de la estación y ya no había ninguna posibilidad razonable de inquietud, cogió su chaqueta, se levantó y se dirigió a su casa.

Utilizó su tarjeta para abrir la puerta, a fin de que el ordenador registrara hasta sus menores movimientos, y encontró a Jessad y Hale sentados uno frente al otro, en silencio. Flotaba en la sala un reconfortante aroma de café. Jon se sentó en un sillón y se reclinó, tomando posesión de su casa.

—Tomaré una taza de café —le dijo a Bran Hale, el cual se levantó y fue a buscarla. Entonces se dirigió a Jessad—: ¿Ha pasado una tarde muy aburrida?

—Agradablemente aburrida. Pero el señor Hale ha hecho lo que ha podido para entretenerme.

—¿Han tenido algún problema para llegar aquí?

—Ninguno —dijo Hale desde la cocina. Regresó con el café y Jon tornó un sorbo. Se dio cuenta de que Hale aguardaba.

Pensó en despedirle y quedarse a solas con Jessad, pero no le pareció bien, como tampoco se lo parecía que Hale hablara demasiado libremente, ni allí ni en ninguna otra parte.

—Agradezco su discreción —le dijo a Hale, y con mucho tacto añadió—: Usted sabe que se está preparando algo. Verá como su esfuerzo tendrá una recompensa mejor que dinero. Procure tan sólo que Lee Quale no cometa indiscreciones. Le informaré puntualmente de todo lo que averigüe. Vittorio se ha ido. Dayin… se ha perdido. Necesito que me ayuden personas inteligentes y dignas de confianza. ¿Me comprendre, Bran?

Hale asintió.

—Hablaremos de esto mañana —le dijo entonces en voz baja—. Gracias.

—¿Está usted seguro aquí? —le preguntó Hale.

—Si no lo estoy, usted se encargará de ello. ¿De acuerdo?

Hale asintió y salió discretamente. Jon se reclinó, con un poco más de seguridad, y miró a su huésped, el cual permanecía sereno y relajado ante él.

—Veo que confía en esta persona y que quiere promoverle en sus asuntos —lo dijo Jessad—. Sabe elegir a sus aliados, señor Lukas.

—Conozco a los míos. —Tomó un sorbo de café caliente y prosiguió—: En cambio no le conozco a usted, señor Jessad o como quiera que se llame. No puedo permitir su plan de utilizar el documento de identidad de mi hijo. He preparado una cobertura diferente para él. Una gira por las posesiones de Lukas: una nave se dirige a las minas y sus papeles van en ella.

Esperó que el otro se enfureciera, pero se limitó a enarcar cortésmente las cejas.

—No tengo ninguna objeción que hacerle. Pero necesitaré documentos y no creo juicioso exponerme a un interrogatorio para hacerme con ellos.

—Los papeles pueden conseguirse. Ese es el menor de nuestros problemas.

—¿Y el mayor, señor Lukas?

—Quiero algunas respuestas. ¿Dónde está Dayin?

—Está a salvo, oculto. No tiene por qué preocuparse. Me han enviado en la suposición de que esta oferta es válida. De lo contrario, moriré… y confío en que no sea el caso.

—¿Qué puede ofrecerme?

—Pell —dijo Jessad en voz baja—. Pell, señor Lukas.

—Y usted está dispuesto a dármela. Jessad meneó la cabeza.

—Usted nos la va a entregar, señor Lukas. Esta es la proposición. Yo le dirigiré, pues tengo experiencia, mientras que usted posee el conocimiento preciso de este lugar. Me pondrá al corriente de la situación aquí.

—¿Y qué protección tengo?

—Mi aprobación.

—¿Cuál es su rango?

Jessad se encogió de hombros.

—No es oficial. Quiero detalles. Todo, desde los horarios de los envíos al despliegue de las naves y las actas de sesiones de su consejo… hasta los menores detalles de la gestión de sus oficinas.

—¿Tiene intención de vivir todo el tiempo en mi apartamento?

—No veo razón para cambiar. Puede que ello altere sus actividades sociales. ¿Pero hay algún lugar donde pudiera estar más seguro? ¿Es hombre discreto ese Bran Hale?

—Trabajaba para mí en Downbelow. Lo echaron de allí por sostener mi política contra los Konstantin. Es leal.

—¿De confianza?

—Hale, sí. Tengo mis dudas sobre algunos de sus hombres… al menos en lo que respecta a su criterio.

—Entonces debe tener cuidado.