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—Lo tengo.

Jessad asintió lentamente.

—Pero encuéntreme documentos, señor Lukas. Me sentiré mucho más seguro con ellos.

—¿Y qué le ocurrirá a mi hijo?

—¿Preocupado? Creí que no le quería mucho.

—Le he hecho una pregunta.

—Hay una nave esperando lejos de aquí… una que hemos tomado, registrada a nombre de la familia mercante Olvig, pero que en realidad es militar. Todos los Olvig están detenidos… como la mayoría de los tripulantes del Ojo del Cisne. La nave de Olvig, la Hammer, nos advertirá anticipadamente. Y no hay mucho tiempo, señor Lukas. En primer lugar, ¿me mostrará un esquema de la estación?

De modo que aquel hombre tenía experiencia. Un experto en tales asuntos, un hombre entrenado para misiones como aquella… Se le ocurrió un terrible y estremecedor pensamiento, que la caída de Viking se había producido desde dentro, que Mariner, por otro lado, había sido volada. Sabotaje desde el interior. Alguien lo bastante loco para destruir la estación en la que estaba… o que abandonaba.

Miró el rostro indefinido de Jessad, sus ojos implacables, y pensó que en Mariner había habido una persona así.

Luego apareció la Flota y la estación fue destruida premeditadamente.

VIII

Pelclass="underline" Zona de Cuarentena; naranja nueve; 1900 h.

Aún había mucha gente en el exterior, una cola que se extendía por el corredor noveno y llegaba a la plataforma. Vassily Kressich apoyó la cabeza en las manos, mientras el alborotador más reciente pasaba al rudo cuidado de uno de los hombres de Coledy. Era una mujer que le había gritado, quejándose de robo, y él había llamado a un hombre del grupo de Coledy. Le dolía la cabeza y la espalda. Detestaba aquellas sesiones, a las que no obstante asistía cada cinco días. Por lo menos eran una válvula de presión, la ilusión de que el consejero de cuarentena escuchaba los problemas, anotaba las quejas, procuraba hacer algo.

En cuanto a la queja de la mujer… poco podía hacerse. Jon conocía al hombre al que había acusado de robo. Probablemente era cierto. Le pediría a Niño Coledy que acabase con él de una vez por todas, y tal vez salvara a la mujer de lo peor. Había sido una locura quejarse. Quizá lo había hecho impulsada por la histeria, que tantos sufrían allí, cuando la ira era lo único que importaba, y conducía a la autodestrucción.

Hicieron pasar a un hombre, el siguiente de la fila. Era Redding. Kressich supo de inmediato que iba a tener dificultades y se reclinó en su asiento, preparándose para el encuentro semanal.

—Todavía lo estamos intentando —le dijo al hombretón.

—Pero he pagado… He pagado mucho por mi pase.

—No hay garantías en las solicitudes para Downbelow, señor Redding. La estación simplemente acepta a aquellos de los que tiene necesidad. Por favor, deje su nueva solicitud sobre mi mesa y yo la gestionaré. Más pronto o más tarde habrá una apertura…

—¡Quiero salir!

—¡James! —gritó Kressich, lleno de pánico.

El guardián entró al instante. Redding miró a su alrededor con expresión enloquecida y, para consternación de Kressich, se llevó una mano al cinto. Una hoja corta brilló en su mano, y no iba dirigida al guardián. Redding se apartó de James… y fue a por él.

Kressich se echó atrás en su sillón que se movía sobre rieles. Des James se abalanzó a la espalda de Redding y éste cayó de bruces sobre la mesa, despidiendo documentos en todas direcciones y lanzando salvajes y ciegas cuchilladas mientras Kressich se levantaba y se apoyaba en la pared. En el exterior se oyeron gritos, estalló el pánico y más personas entraron en la estancia.

Kressich se apartó a medida que la lucha se acercaba a él. Redding chocó contra la pared. Niño Coledy había llegado con los demás. Algunos derribaron a Redding al suelo, mientras otros empujaban hacia atrás el torrente de curiosos y solicitantes desesperados. La gente agitaba formularios que esperaban entregar.

—¡Es mi turno! —gritó una mujer que blandía un papel y trataba de llegar a la mesa. Los guardianes la hicieron volver con los demás.

Redding estaba en el suelo, inmovilizado por tres hombres. Un cuarto le dio una patada en la cabeza, y el revoltoso se quedó más quieto.

Coledy, que tenía el cuchillo, lo examinó pensativamente y una sonrisa apareció en el rostro juvenil cruzado por cicatrices.

—Este no irá a la comisaría de la estación —dijo James.

—¿Está herido, señor Kressich? —le preguntó Coledy.

—No —dijo él, pasando por alto los cardenales, y volvió tambaleándose a su mesa. Seguían oyéndose gritos en el exterior. Volvió a acercar la silla a la mesa y se sentó. Le temblaban las piernas—. Habló de que había pagado dinero —dijo, sabiendo muy bien lo que ocurría, que Coledy vendía los formularios y su precio estaba en función de la demanda—. Su historial en la estación es malo y no puedo conseguirle un pase. ¿Qué pretendéis vendiéndole la seguridad de un pase imposible?

Coledy le miró lentamente, desvió la mirada al hombre tendido en el suelo y volvió a mirarle.

—Bueno, ahora tiene mala reputación entre nosotros, y eso es peor. Sacadle de aquí. Llevadle al otro extremo del corredor.

—No puedo ver a nadie más —dijo Kressich, gimiendo y apoyando la cabeza en las manos—. Que se vayan. Coledy salió al corredor.

—¡Despejad! ¡Dispersaos!

Kressich pudo oír sus gritos por encima de las protestas y los sollozos. Los hombres de Coledy, algunos armados con barras de hierro, empezaron a obligarles a moverse. La multitud retrocedió y Coledy regresó a la oficina. Por la otra puerta se llevaron a Redding, empujándole para que se moviese, pues empezaba a recuperarse. La sangre le brotaba de una sien y le cubría el rostro de rojo.

Kressich pensó que le matarían. En algún momento, en las horas de menos tráfico, un cuerpo acabaría en algún lugar de la estación para que lo entregaran. Redding lo sabía, sin duda. Trataba de debatirse, de luchar otra vez, pero le hicieron salir a empujones y la puerta se cerró tras él.

—Limpia eso —ordenó Coledy a uno de los que quedaban, y el hombre buscó algo para limpiar el suelo.

Coledy volvió a sentarse en el borde de la mesa. Kressich abrió un cajón y sacó una de las botellas de vino que Coledy le había suministrado y dos vasos. Los lleno y tomó un sorbo de vino nativo, tratando de eliminar los temblores de sus miembros y las punzadas de dolor en el pecho.

—Soy demasiado viejo para esto —se quejó.

—No tiene que preocuparse por Redding —dijo Coledy, alzando su vaso.

—No pueden crear situaciones como ésta —comentó Kressich—. Sé lo que se proponen, pero no vendan los pases cuando yo no tengo posibilidades de conseguirlos.

Coledy sonrió con una expresión de excesiva complacencia.

—Redding lo habría pedido más pronto o más tarde. Así ha pagado por el privilegio.

—No quiero saber nada —dijo agriamente Kressich. Tomó un largo trago de vino—. No me dé detalles.

—Será mejor que le llevemos a su apartamento, señor Kressich, y que le mantengamos vigilado hasta que se arregle este asunto.

Apuró el vaso lentamente. Uno de los jóvenes del grupo de Coledy había recogido los documentos desparramados por el suelo durante la lucha, dejándolos sobre la mesa. Kressich se levantó entonces, con las rodillas todavía débiles, y desvió la mirada de la sangre que empapaba la estera.

Coledy y cuatro de sus hombres le escoltaron a través de la misma puerta por la que habían pasado Redding y sus guardianes. Recorrieron el pasillo hasta el sector donde Kressich tenía su pequeño apartamento, y usó la llave manual, pues el ordenador les había desconectado y allí no funcionaba nada salvo los controles manuales.