—No necesito su compañía —dijo secamente. Coledy le dirigió una sonrisa burlona y parodió una reverencia.
—Hablaremos luego.
Kressich entró, cerró la puerta y permaneció de pie, sintiendo un amago de náuseas. Finalmente se sentó en el sillón al lado de la puerta y trató de serenarse.
La locura se aceleraba en la sección de cuarentena. Los pases que eran la esperanza de algunos para salir de allí sólo aumentaban la desesperación de los que se quedaban, y entre éstos figuraban los más duros, de modo que la temperatura iba en aumento. Las bandas mandaban. Nadie que no perteneciera a alguna de las organizaciones estaba a salvo, nadie, hombre o mujer, podría caminar con seguridad por los pasillos a menos que se supiera que estaba protegido, y la protección se vendía, por comida, favores o cuerpos, cualquiera que fuese la moneda legal en curso. Circulaban las drogas, tanto medicinales como de otro tipo, el vino, los metales preciosos, cualquier cosa de valor… Todo salía de cuarentena y llegaba a la estación, y los guardianes de las barreras se aprovechaban.
Sólo existía la esperanza, cada vez menor, de Downbelow, y aquellos a los que rechazaban o postergaban se volvían histéricos con la sospecha de que existían mentiras sobre ellos grabadas en los archivos de la estación, señales negras que podrían tenerlos indefinidamente en cuarentena. El número de suicidios iba en aumento. Algunos se entregaban a excesos en las dependencias, que se convertían en sumideros de todos los vicios. Otros cometían los crímenes de los que temían ser acusados, y los más se convertían en las víctimas.
—Ahí abajo los matan —había gritado un joven rechazado—. No van a Downbelow, sino que los sacan de aquí para matarlos. Sí, van al matadero. No sacan a trabajadores, hombres jóvenes, sino a viejos y niños, y se libran de ellos.
—¡Cállate! —gritaron otros, y el joven fue golpeado, hasta sangrar, por tres que estaban en la cola antes de que la policía de Coledy pudiera separarlos.
Pero otros lloraban y seguían en la cola, aferrando en sus manos las solicitudes de pases.
Él no podía presentar una solicitud para marcharse. Temía que alguna filtración llegara a Coledy si llenaba una solicitud para él mismo. Los guardianes intercambiaban favores con Coledy, y él le temía demasiado. Tenía su mercado negro de vino, su seguridad actual, los guardianes de Coledy a su alrededor, de modo que si alguien resultaba lesionado en la sección de cuarentena, no sería Vassily Kressich, no hasta que Coledy sospechara que podía tratar de desligarse de él.
Se persuadió de que estaba haciendo lo mejor que podía, mientras siguiera en cuarentena, asistiera a las sesiones cada cinco días y permaneciera en una posición que le permitiera objetar contra los peores excesos. Coledy impediría algunas cosas, y sus hombres lo pensarían dos veces antes de que les pidieran responsabilidades. Kressich podía mantener cierto orden en cuarentena, salvar algunas vidas, evitar en parte aquello en que se convertiría la sección de cuarentena sin su influencia.
Y tenía acceso al exterior, tenía siempre la esperanza de que si la situación llegaba a ser verdaderamente insostenible, cuando se presentase la crisis inevitable, podría implorar asilo y salir de allí. No le condenarían a morir en aquel infierno.
Finalmente se levantó, fue en busca de la botella de vino que guardaba en la cocina y se sirvió, tratando de no pensar en lo que había ocurrido, en lo que ocurría y seguiría ocurriendo.
Por la mañana Redding estaría muerto. No podía sentir lástima. Sólo veía los ojos enloquecidos del hombre mientras se abalanzaba contra él, esparciendo los papeles, atacándole con el cuchillo… a él, y no a los guardianes de Coledy, como si él fuese el enemigo. Se estremeció y bebió el vino.
IX
Pelclass="underline" Residencia de los nativos; 2300 h.
Cambio de trabajadores.
Satén estiró los músculos doloridos al entrar en el recinto débilmente iluminado, se quitó la máscara y se lavó minuciosamente con el agua fría de la jofaina que les habían proporcionado. Dienteazul, que nunca estaba lejos de ella, ni de día ni de noche, la siguió y se puso en cuclillas sobre su estera, apoyó una mano en su hombro y la cabeza contra ella. Estaban cansados, muy cansados, pues aquel día habían tenido que mover una gran carga, y aunque las grandes máquinas hacían la mayor parte del trabajo, el trabajo muscular de los nativos era el que cargaba las máquinas, mientras los humanos se encargaban de dar gritos. Satén le cogió la otra mano y expuso la palma, le besó las magulladuras, se irguió un poco y le lamió la mejilla, donde la máscara había producido una pequeña lesión en el pelaje.
—Lukas-hombres —gruñó Dienteazul.
Miraba con fijeza hacia adelante y tenía una expresión de enojo. Aquel día habían trabajado para los hombres de Lukas, los mismos que habían creado problemas en la base de Downbelow. A Satén le dolían las manos y los hombros, pero sólo se preocupaba por Dienteazul, cuya mirada le causaba alarma. No era fácil hacer salir de sus casillas a Dienteazul. Tendía a pensar mucho, y mientras pensaba no tenía ocasión de enfadarse, pero esta vez Satén se dio cuenta de que hacía ambas cosas, y cuando saliera de sus casillas correría peligro, entre humanos y con los hombres de Lukas alrededor. Acarició su áspera piel hasta que él pareció calmarse.
—Come —le dijo—. Ven a comer.
Dienteazul volvió la cabeza hacia ella, aplicó los labios contra su mejilla, lamió su pelaje y la rodeó con un brazo.
—Comer, sí —accedió, y los dos se levantaron y cruzaron el túnel metálico hasta la gran sala, donde siempre había comida dispuesta. Los jóvenes que estaban allí les dieron un cuenco colmado a cada uno, y ellos se retiraron a un rincón para comer con tranquilidad. Al fin Dienteazul, con el estómago lleno, recuperó el buen humor, se lamió los dedos a los que se habían pegado restos de las gachas de avena y en su rostro apareció una expresión satisfecha. Entró otro macho, cogió un cuenco y se sentó junto a ellos. Era el joven Gran-tipo, el cual les sonrió amistosamente, consumió un cuenco de gachas de avena cocidas con leche y fue a por otro.
Les gustaba Grantipo, que no hacía mucho había llegado de Downbelow, del margen de su propio río, aunque de otro campamento y otras colinas, Cuando regresó Grantipo se habían reunido otros nativos, formando un arco ante el rincón donde ellos se sentaban. En su mayoría eran trabajadores temporales, que pasaban cierto tiempo en la estación y regresaban a Downbelow, trabajando con sus manos y sin saber gran cosa de las máquinas. Todos los de aquel grupo se mostraban amistosos con ellos. Aparte de aquellos amigos había otros hisa, los trabajadores permanentes, que no les hablaban apenas, que se sentaban en un extremo y permanecían en silencio, como si su larga estancia entre los humanos les hubiera convertido en algo distinto de los hisa. Casi todos eran viejos. Conocían el misterio de las máquinas, iban de un lado a otro por los túneles profundos y sabían los secretos de los lugares oscuros. Siempre estaban apartados.
—Hablar de Bennett —pidió Grantipo, pues él, como los demás que iban y venían, fuera cual fuese el campamento que los había enviado en Downbelow, habían pasado por el campamento de los humanos y conocido a Bennett Jacint. Y hubo grandes lamentaciones en la estación cuando les llegó la noticia de la muerte de Bennett.
—Hablo —dijo Satén, pues ella, la más nueva allí, se encargaba de contar aquella historia, entre las que contaban los hisa. Todos los atardeceres, desde su llegada, la conversación no había girado sobre los pequeños hechos de los hisa, cuyas vidas eran siempre lo mismo, sino acerca de los Konstantin, de cómo Emilio y su amiga Miliko habían hecho sonreír de nuevo a los hisa… y de Bennett, el fallecido amigo de los hisa. De todos los que habían ido a la estación y contado este relato, ninguno había sido testigo presencial de los hechos, y por eso se lo hacían repetir a Satén una y otra vez.