—A lo mejor no existe esa humana —dijo Dienteazul. El Viejo echó atrás las orejas, y todos los que les rodeaban retuvieron el aliento.
—Es un Tiempo —dijo Satén—, y mi viaje. Hemos venido desde muy lejos, Viejo, y no podemos ver las imágenes ni podemos ver al soñador. Todavía no hemos encontrado la cara del Sol.
El Viejo frunció los labios y los distendió varias veces.
—Vosotros venís. Os mostraremos algo. Esta noche vosotros venís. La próxima noche mostraremos otras cosas… si no tenéis miedo. Nosotros os enseñaremos un lugar. Está vacío de humanos durante un poco de tiempo. Una hora. Según cuentan ellos. ¿Venís?
Dienteazul no emitió sonido alguno.
—Voy —dijo Satén, y notó la renuncia de su compañero al tirarle del brazo. Los otros no irían. Ninguno era tan atrevido… o no confiaba tanto en aquel extraño Viejo.
El Viejo se levantó, y dos de sus compañeros lo hicieron con él. Satén también lo hizo, y Dienteazul la imitó más lentamente.
—Yo también voy —dijo Grantipo, pero ninguno de sus compañeros se unió a ellos.
El Viejo los miró con una curiosa expresión burlona y les hizo una seña para que fueran, a través de los túneles, hacia otros caminos, túneles por los que los hisa no podían moverse sin máscara, lugares oscuros donde tenían que trepar por escalas metálicas y donde incluso los hisa tenían que agacharse para andar.
—Está loco —siseó finalmente Dienteazul al oído de Satén, jadeando—. Y nosotros estamos locos al seguir a este Viejo chiflado. Los que llevan mucho tiempo aquí son todos extraños.
Satén no dijo nada, pues no tenía más argumento que su deseo. Tenía miedo, pero siguió adelante, y Dienteazul la siguió. Grantipo avanzaba detrás de todos ellos. Jadeaban cuando debían avanzar un largo trecho agachados o trepar a gran altura. La fortaleza que demostraban el Viejo y sus dos seguidores era cosa de locura, como si estuvieran acostumbrados a tales sitios y supieran a donde iban.
O tal vez, y la idea le heló los huesos, tal vez el Viejo tenía la extravagante humorada de internarles en los oscuros caminos, donde podrían deambular sin rumbo y perderse, para dar a los otros una lección.
Y cuando ya estaba convenciéndose de este temor, el Viejo y sus compañeros hicieron un alto y se pusieron las máscaras, indicando que estaban en un lugar donde se respiraba aire humano. Satén se colocó la suya, mientras que Dienteazul y Grantipo lo hacían en el último momento, pues la puerta se cerró tras ellos mientras se abría otra, delante, dando acceso a un pasillo brillante, con el suelo blanco y plantas verdes, un gran espacio por el que iban y venían algunos humanos, muy pocos. No se parecía en nada a las pobladas plataformas. Allí había limpieza y luz, y más allá de ellos, hacia donde quería llevarles el Viejo, una profunda oscuridad.
Dienteazul cogió la mano de Satén y Grantipo les siguió de cerca. El lugar oscuro era aún más amplio que el sitio brillante que acababan de abandonar, y allí no había paredes, sino sólo cielo.
Las estrellas giraban a su alrededor, deslumbrándoles con su movimiento, unas estrellas mágicas que cambiaban de un lugar a otro, con un brillo más nítido y firme del que percibía desde Downbelow. Satén soltó la mano de su compañero y se adelantó llena de temor reverencial, mirando en derredor.
Súbitamente brilló una luz intensa, un gran disco ardiente que tenía manchas oscuras y del que surgían llamaradas.
—El Sol —dijo el Viejo.
No había resplandor ni cielo azul, sino sólo oscuridad, estrellas y el terrible fuego cercano. Satén tembló.
—Hay oscuridad —objetó Dienteazul—. ¿Cómo puede haber noche cuando está el Sol?
—Todas las estrellas son semejantes al gran Sol —explicó el Viejo—. Esto es una verdad. La brillantez es ilusión. Esto es una verdad. El Gran Sol brilla en la oscuridad y es grande, tanto que nosotros somos polvo a su lado. Es terrible y sus fuegos espantan la oscuridad. Esto es verdad. Cielo-la-ve, éste es el cielo verdadero: éste es tu nombre. Las estrellas son como el gran Sol, pero lejos, lejos de nosotros. Esto lo hemos aprendido. ¡Mira! Las paredes nos muestran este sitio en que estamos, y las grandes naves, el exterior de las plataformas. Y allí está Downbelow. Ahora lo estamos viendo.
—¿Dónde está el campamento humano? —preguntó Grantipo—. ¿Dónde está el viejo río?
—El mundo es redondo como un huevo y parte de él mira a otra parte, oculta al sol. Esto hace que sea de noche en esa parte. Puede que si miras atentamente veas el viejo río. Yo creo haberlo visto, pero nunca he visto el campamento humano. Es demasiado pequeño en la superficie de Downbelow.
Grantipo se abrazó, estremeciéndose.
Pero Satén caminó entre las mesas, llegó al lugar claro, donde el gran Sol brillaba en su verdad, venciendo a las tinieblas… Era terrible, anaranjado como el fuego, y lo llenaba todo con su terror.
Pensó en la humana soñadora llamada Sol-su-amigo, cuyos ojos calentaba siempre aquella visión, y se le erizaron los pelos de la nuca.
Y entonces extendió los brazos y giró, abarcando todo el Sol y sus lejanos parientes, perdida en ellos, pues había llegado al Lugar a cuyo encuentro había viajado. Se llenó los ojos con aquella visión, como el Sol la miraba a ella, y ya nunca jamás podría ser la misma.
X
A bordo de la Norway: Punto nulo, espacio de la Unión; 9/10/52
Punto Omicron.
La Norway no era la primera nave que llegaba a la proximidad de aquella oscura masa de roca y hielo del tamaño de un planeta, sólo visible cuando tapaba las estrellas. Otras la habían precedido en aquella cita en un mundo sin sol. Omicron era errante, un fragmento de desecho entre estrellas, pero su localización era predecible y proporcionaba masa suficiente para dirigirse allí por medio del salto, un lugar que pasaba totalmente desapercibido, y que había sido descubierto casualmente por Sung de Pacific hacía mucho tiempo y utilizado por la Flota desde entonces. Era uno de esos fragmentos temidos por los cargueros que avanzaban a velocidad inferior a la de la luz y que las naves capaces del salto, dedicadas a negocios privados, atesoraban y mantenían en secreto.
Los sensores señalaban actividad, presencia de múltiples naves, transmisiones que surgían de aquella noche eterna. Los ordenadores entablaban su conversación electrónica a medida que se aproximaban, y Signy Mallory estudiaba los distintos datos telemétricos, luchando contra el hipnotismo producido por el salto y las drogas necesarias para efectuarlo. Corrigió el rumbo de la nave, dirigiéndose hacia aquellas señales y fuera del radio del salto, con la sensación peculiar que causaba la inercia de la altísima velocidad. Aquel cambio de la velocidad superior a la de la luz a una velocidad normal de aproximación era siempre un momento peligroso, y ella confiaba en la pericia de su gente para llevar la nave con exactitud al punto deseado. Un ligero error en el cálculo de la velocidad que era necesario perder y la Norway podría estrellarse contra una roca, o contra otra nave.
—Libre, libre, todos presentes ahora menos Europe y Libya —informó el comunicador.
Encontrar Omicron con tanta exactitud no era menguada hazaña de navegación, tras haber iniciado el salto a una enorme distancia, cerca de Russell. Un error en el cálculo del tiempo y todavía habrían avanzado con la velocidad del salto cuando otra nave apareciese en su camino, lo cual habría sido una catástrofe.
—Buen trabajo —emitió a todas las estaciones, mirando el cálculo efectuado por Graff que aparecía en su pantalla central—. Dos minutos menos de lo previsto, pero irrelevante en comparación con la distancia recorrida. No podríamos haber afinado mucho más. Se reciben buenas señales. Permanezcan a la escucha.