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Revisó los datos relacionados con Omicron. Al cabo de media hora se recibió una señal de la Lybia, que acababa de entrar. La Europe llegó un cuarto de hora después, desde otro plano.

La situación era insólita. Se encontraban a la vez en un lugar en el que no habían estado desde sus primeras operaciones. Aunque no era probable que una considerable fuerza de la Unión se presentara allí, seguían estando nerviosos.

Llegó una señal de ordenador procedente de la Europe. Les indicaban que podían descansar. Signy se reclinó en su asiento, se quitó el auricular del comunicador, así como el cinturón de seguridad, y se levantó, mientras Graff iba a ocupar el puesto que ella había dejado vacante. Su presencia no suponía una desventaja para nadie. La Norway era una de las naves que se regía por un horario artificial diurno, y su personal del mando principal seguía el mismo horario. Otras naves, Atlantic, África y Libya, tenían horario artificial nocturno, de modo que las horas de lanzamiento eran siempre predecibles y en cualquier horario se disponía de naves con sus principales tripulantes en actividad. Ahora, no obstante, todos seguían el horario artificial diurno, una sincronización que nunca habían realizado hasta entonces, y los capitanes de las naves con horario nocturno tenían que hacer frente a la combinación de salto y horario invertido, lo que requería una pericia considerable.

—Hazte cargo —le dijo Signy a Graff, y recorrió el pasillo, tocando los hombros de sus compañeros, pasó junto a su rincón en el corredor… y siguió adelante, hasta llegar a los aposentos de la tripulación, donde echó un vistazo. Era la tripulación de turno de noche, la mayoría de ellos dormidos mediante drogas, a fin de poder descansar a pesar de las tensiones del salto. Algunos de ellos, que tenían aversión a ese procedimiento, estaban despiertos y permanecían en la sala de la tripulación, con mejor aspecto del que deberían tener si dejaran salir al exterior lo que realmente sentían.

—Todo estable —les dijo—. ¿Os encontráis bien?

Ellos le confirmaron que así era. Ahora saldrían de su letargo artificial, a salvo, apaciblemente. Mallory les dejó y tomó el ascensor que conducía al casco exterior y las dependencias de la tropa, recorrió el corredor principal detrás de la zona de adaptación y se detuvo en cada aposento, donde interrumpió a los grupos de hombres y mujeres que estaban sentados, especulando sobre sus perspectivas, y que recibían su presencia con miradas culpables y sorprendidas. Algunos se ponían de pie de un salto, consternados al verse bajo el escrutinio de la capitana, otros buscaban frenéticamente las prendas de las que, según el reglamento, no deberían de haberse despojado, otros más escondían cosas que ella podría desaprobar. Lo cierto es que ella no desaprobaba nada, pero tanto la tripulación como los soldados tenían extrañas reticencias. También allí había personas dormidas bajo el efecto de drogas, inconscientes en sus literas, pero la mayoría estaban despiertos. En muchos compartimentos se entretenían jugando, mientras la nave echaba su propio dado en la Profundidad, cuando los cuerpos y la nave parecían disolverse y el juego continuaba al otro lado de un largo momento.

—Ahora vamos a ir un poco lentos —iba diciendo Mallory—. Efectuamos la aproximación con toda normalidad. Podéis seguir descansando, pero estad preparados para poneros en movimiento si es necesario en menos de un minuto. No hay ninguna razón para suponer que puede presentarse un problema, pero no vamos a correr riesgos.

Di Janz la interceptó en el corredor principal, tras la tercera de aquellas visitas, hizo una cortés inclinación de cabeza y anduvo con ella por su dominio privado, pareciendo complacido de la presencia de Mallory entre los hombres a su mando. Los soldados se ponían firmes cuando Di iba junto a ella. Mallory pensó que sería mejor proceder a una inspección, sólo para hacerles saber que el mando no les olvidaba. Lo que se aproximaba era la clase de operación que las tropas temían, un ataque de varias naves a la vez, con el riesgo de que les alcanzaran, y los soldados tenían que pasar por aquella experiencia a ciegas, impotentes, hacinados en la estructura interna de la nave que les ofrecía una escasa seguridad. Eran valientes cuando tenían que avanzar bajo un posible fuego y abordar un mercante o aterrizar en un terreno invadido. Tampoco les alteraba el ataque normal, cuando la Norway atacaba sola, golpeaba y huía. Pero ahora estaban nerviosos. Ella lo había percibido en los comentarios a media voz que se filtraban por el comunicador abierto… siempre abierto, pues era tradición en la Norway que todos supieran lo que sucedía, hasta el último soldado. Obedecían, desde luego, pero su orgullo sufría en esta nueva fase de la guerra, en la que no tenían utilidad. Por eso Mallory era consciente de la importancia de su presencia allá abajo. Se encontraban mal a causa del salto y las drogas, tenían la moral baja, y ella veía que una palabra suya, una palmada en el hombro al pasar, hacía que les brillaran los ojos, animándoles. Conocía a cada uno por su nombre… Allí estaba Mahler, un refugiado de Russell al que ella había recogido, que parecía especialmente serio y no poco asustado; Kee, de un mercante, igual que Di, el cual hacía años que estaba con ella. Y muchos, muchos más. Algunos se habían sometido a tratamientos de rejuvenecimiento, como ella, y la conocían desde hacía mucho tiempo… y ella sabía que conocían la situación tan bien como la conocían los mandos. Era una pena que no tuvieran ninguna participación, que no pudieran tenerla en esta fase crítica.

Entró en el oscuro limbo de la bodega delantera, alrededor del borde del cilindro, en el mundo de las tripulaciones de las naves auxiliares, un sitio que era como su hogar, que le traía recuerdos de otros tiempos, cuando ella vivía en un lugar parecido, aquella extravagante sección donde las tripulaciones de las naves de combate, sus mecánicos y equipos de mantenimiento vivían en su propio mundo privado. Allí había un grupo totalmente distinto, que en aquel momento estaba arriba, en rotación, mientras que en las raras ocasiones en que permanecían ensamblados estaban bajo techo. Había dos de las ocho tripulaciones, la de Quevedo y la de Almarshad, pertenecientes a las naves Odin y Thor. Cuatro estaban de permiso; dos se encontraban sobre la estructura de la nave principal, en el vacío… o en el interior de sus naves, porque hacer pasar a las tripulaciones a través del ascensor especial fuera del cilindro de rotación requería una rotación del casco, y no disponían de ese tiempo si se encontraban de súbito con un problema. Mallory recordaba bien la experiencia de tripular una nave auxiliar durante el salto. No era la forma más agradable de viajar, pero siempre había alguien que hacía ese trabajo. No era su intención desplegar las naves auxiliares en Omicron, pues de lo contrario habrían tenido que disponer otras dos series en la lata, como llamaban a aquella sección de la nave principal.

—Descansad y no toméis licor —dijo Mallory a los tripulantes—. Aún estamos en reserva y seguiremos así mientras permanezcamos en este lugar. No sé cuándo nos ordenarán salir ni hasta qué punto nos advertirán. Puede que tengamos que pelear, pero es muy poco probable. Supongo que no vamos a emprender el salto sin haber descansado algún tiempo. Esta operación figura en nuestro programa, no en el de la Unión.

No había subterfugio alguno. Tomó el ascensor hasta el nivel principal y recorrió la corta distancia alrededor del pasillo número uno. Aún sentía las piernas débiles, pero se estaba disipando el efecto insensibilizador de las drogas. Se dirigió a la estancia que le servía de aposento y despacho, pasó algún tiempo deambulando de un lado a otro y finalmente se tendió en el camastro y descansó, cerró los ojos y dejó que la tensión fuera cediendo, la energía nerviosa que el salto siempre acumulaba en ella, porque generalmente significaba salir a combatir, tomar decisiones con rapidez, matar o morir.