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En esta clase de operación podían perder un transporte, tal vez más de uno, aproximarse en exceso y eliminarse mutuamente. Grandes eran las posibilidades de que esto sucediera. Confiaban en que la suerte de Mazian lo impidiera. Les estimulaba el hecho de que iban a hacer lo que no haría nadie en su sano juicio, y la conmoción que iban a causar les ayudaría. Los gráficos aparecían uno tras otro. Los reunidos hicieron comentarios y, en general, escucharon y aceptaron, pues tenían objeciones que hacer. Comieron juntos, regresaron a la sala y reanudaron sus comentarios.

—Un día de descanso —les dijo Mazian—. Saldremos al alba, pasado mañana. Prográmenlo en sus ordenadores y verifíquenlo una y otra vez.

Los capitanes asintieron y se separaron, cada uno hacia su nave. También había algo especial en aquella separación: la certeza de que cuando volvieran a encontrarse serían menos.

—Nos veremos en el infierno —musitó Chenel, y Porey sonrió.

Un día para introducir todos los datos en el ordenador… Y la cita esperaba.

XI

Estación Cyteen: Zona de seguridad; 9/14/52

Ayres se despertó, sin saber qué le había desvelado en la quietud del apartamento. Marsh había vuelto, y recordó el último susto que habían tenido, cuando no se reunió con ellos después del tiempo de esparcimiento. La tensión afligía a Ayres. Se dio cuenta de que había pasado cierto tiempo durmiendo bajo aquella tensión, pues le dolían los hombros y tenía las manos agarrotadas. Permaneció tendido, inmóvil, con el rostro sudoroso, sin conocer la causa de su inquietud.

La guerra de nervios no había cesado. Azov tenía lo que quería, un mensaje convocando a Mazian. Ahora discutían ciertos puntos de acuerdos secundarios, para el futuro de Pell, que Jacoby aseguró que entregaría a la Unión. Por lo menos tenían su tiempo de esparcimiento, pero estaban inmovilizados en las conferencias, acosados por tácticas mezquinas, igual que antes. Era como si todas sus apelaciones a Azov sólo hubieran servido para agravar la situación, pues Azov no estuvo accesible durante los últimos cinco días. Personas con cargos inferiores al suyo insistían en que se había ido, y ahora las dificultades que les presentaban tenían un cariz malicioso.

Alguien se movía afuera, con suaves pisadas. La puerta se deslizó sin ningún anuncio, y la silueta de Dias apareció.

—Segust, ven —le dijo—. Tienes que venir. Se trata de Marsh.

Ayres se levantó, cogió su bata y siguió a Dias. A través de la puerta abierta del compartimiento contiguo vio a Karl Bela, que también se había levantado. La habitación de Marsh estaba delante de la sala, junto a la de Dias, y tenía la puerta abierta.

Marsh giraba lentamente, colgado de su cinturón, enrollado a un gancho que había sostenido una luz horrible. Ayres se quedó unos instantes paralizado. Luego empujó la silla que se había deslizado sobre sus rieles, se subió a ella y trató de descolgar el cuerpo. No tenían cuchillo ni nada que sirviera para cortar el cinturón, que estada incrustado en la garganta de Marsh. Ayres no podía liberar el cuerpo y sostenerlo a la vez. Bela y Dias trataron de ayudar, sujetándole las rodillas, pero no sirvió de nada.

—Tenemos que avisar a Seguridad —dijo Dias.

Ayres bajó de la silla, respirando pesadamente, y les miró.

—Debí haberle detenido —añadió Dias—. Todavía estaba despierto. Oí el movimiento y mucho ruido. Luego unos sonidos extraños. Cuando finalizaron súbitamente y el silencio se prolongó, me levanté para ver lo ocurrido.

Ayres meneó la cabeza, miró a Bela y salió de la sala. Se acercó al panel de comunicaciones, junto a la puerta, y oprimió los botones para entrar en contacto con seguridad.

—Ha muerto uno de los nuestros. Quiero hablar con alguien que pueda hacerse cargo de esto.

—Se transmitirá la solicitud —le respondieron—. Acudirá personal de seguridad.

El contacto se interrumpió. No había sido más explícito que de costumbre.

Ayres se sentó, con la cabeza entre las manos, procurando no pensar en el horrible cadáver de Marsh girando lentamente en el compartimiento contiguo. Lo había visto venir, había temido lo peor…, que Marsh acabaría derrumbándose bajo el acoso de sus torturadores. Pero había sido un hombre valiente a su manera y había resistido. Ayres quería creer con todas sus fuerzas que había resistido. ¿O se había suicidado porque se sentía culpable? ¿Por remordimiento?

Dias y Bela se sentaron cerca, esperaron con él, sus rostros severos y sombríos, el cabello desordenado por el sueño. Ayres se peinó pasándose los dedos por la cabeza. Los ojos de Marsh… No quería pensar en su expresión.

Transcurría demasiado tiempo sin que apareciera nadie.

—¿Por qué no vienen? —preguntó Bela, y Ayres se recuperó lo suficiente para mirarle con dureza, regañándole por aquella demostración de humanidad. Era la vieja guerra que se reproducía allí, sobre todo después de lo ocurrido.

—Creo que deberíamos volver a la cama —dijo Dias.

En otros tiempos y otros lugares habría sido una sugerencia absurda, pero allí era la más sensata que podía ocurrírsele a uno. Necesitaban descansar, y quienes los retenían hacían un esfuerzo sistemático para impedirles el descanso. Un poco más y todos acabarían como Marsh.

—Probablemente tardarán en venir —convino Ayres—. Lo mejor será que nos acostemos.

En silencio, como si fuera lo más acertado del mundo, se retiraron a sus aposentos. Ayres se quitó la bata y la colgó del respaldo de la silla, al lado de la cama. Una vez más reconoció que estaba orgulloso de sus compañeros, que resistían tan bien, y que él odiaba a la Unión con toda su alma. Su cometido no era odiar, sino conseguir resultados. Marsh, al menos, se había liberado. Se preguntó qué haría la Unión con sus muertos. Tal vez los trituraban para fabricar fertilizante. Eso sería característico de una sociedad semejante. Pobre Marsh.

Estaba garantizado que la Unión sería perversa. Apenas se había acostado, reducido su mente a un nivel que excluía la claridad de pensamiento y cerrado los ojos para intentar dormir, cuando la puerta exterior se abrió, se oyó ruido de botas en la sala, la puerta de su compartimiento se deslizó rudamente y unos soldados armados se siluetearon contra la luz.

Ayres se levantó con estudiada calma.

—Vístase —le ordenó un soldado.

Él obedeció. No había discusión posible con los maniquíes.

—Ayres —dijo el soldado, señalándole con su rifle.

Les habían trasladado a una de las oficinas, a él, Bela y Días, obligándoles a esperar cerca de una hora en unos duros bancos, a esperar a alguien con autoridad, como les habían prometido. Presumiblemente, los de seguridad tenían que examinar el apartamento con detalle.

—Ayres —dijo el soldado por segunda vez, ahora con aspereza, indicando que debía levantarse y seguirle.

Él obedeció, dejando a Días y Bela con cierta aprensión. Pensó que les acosarían y quizás incluso les acusarían del asesinato de Marsh. Quizás él mismo estaba a punto de sufrir semejante acusación.

Aquello sería otro intento de quebrar su resistencia. Y él podría estar en el lugar de Marsh, pues era el único al que habían separado de los otros.

Le sacaron de la oficina, y entre un pelotón de soldados le llevaron al corredor exterior, distanciándose apresuradamente de las oficinas, de todos los lugares ordinarios, hasta llegar a un ascensor, en el que bajaron, y prosiguieron su camino por otro corredor. Ayres no protestó. Si se detenía, le llevarían a rastras. No era posible discutir con aquellas mentalidades, y él era demasiado viejo para dejar que le arrastraran por los suelos.