Se dirigían a las plataformas… atestadas de fuerzas militares, pelotón tras pelotón de hombres armados, y naves a las que estaban cargando.
—No —dijo entonces, olvidando su propósito de no objetar nada.
Pero el cañón de un rifle le golpeó en un hombro, obligándole a avanzar por la fea plataforma utilitaria, la rampa y la especie de cordón umbilical que unía algunas naves a la plataforma. El aire era allí más frío que en las plataformas.
Pasaron por tres corredores, subieron en un ascensor y cruzaron numerosas puertas. La del extremo estaba abierta e iluminada, y le hicieron entrar allí. En la estancia dominaba el acero y el plástico, formas alargadas, sillas de antiguo diseño, bancos fijos y plataformas mucho más curvas que las de la estación, todo ello amontonado en forma caprichosa. Ayres se tambaleó, inseguro sobre sus pies, y miró sorprendido al hombre sentado ante la mesa.
Dayin Jacoby se levantó de su asiento para recibirle.
—¿Qué sucede? —le preguntó a Jacoby.
—La verdad es que lo ignoro —respondió ti otro, y parecía sincero—. Anoche me obligaron a levantarme y me trajeron a bordo. Llevo esperando media hora.
—¿Quién manda aquí? —preguntó Ayres a los maniquíes—. Infórmenle de que quiero hablar con él.
No hicieron nada. Se limitaron a seguir en pie, con los fusiles preparados. Ayres se sentó lentamente, como lo hizo Jacoby. Estaba asustado. Tal vez el mismo Jacoby lo estaba. Cayó en su viejo hábito de silencio, sin saber, en cualquier caso, qué podría decirle a un traidor. Era imposible una conversación cortés.
La nave se puso en movimiento, con un estrépito que resonó en el casco y los corredores, conmocionándolos. Los soldados se agarraron a los pasamanos cuando les afectó. Liberados de la gravedad de la estación, tardaron unos momentos en adquirir la suya propia, mientras entraban en funcionamiento los sistemas de la nave. Las ropas se aferraban a la piel, y se les revolvía el estómago; estaban convencidos de que la caída sería inminente, un lento hundimiento.
—Estamos abandonados —musitó Jacoby—. Entonces, esto está empezando.
—Ayres no dijo nada. Pensó con pánico en Bela y Días, que se habían quedado atrás… abandonados. Un oficial vestido de negro apareció en el umbral, y otro tras él. Era Azov.
—Marchaos —ordenó Azov a los maniquíes, los cuales salieron en silencioso orden. Ayres y Jacoby se levantaron enseguida.
—¿Qué sucede? —preguntó directamente Ayres—. ¿Qué es esto?
—Estamos de maniobras defensivas, ciudadano Ayres —replicó Azov.
—Mis compañeros… ¿Qué va a ocurrirles?
—Están en lugar seguro, señor Ayres. Usted nos ha proporcionado el mensaje que deseábamos. Puede ser útil y, en consecuencia, está usted con nosotros. Su alojamiento está al lado, por ese corredor. Le ruego que permanezca ahí.
—¿Pero qué sucede? —inquirió él.
—Nos estamos preparando para entregar su mensaje a Mazian. Y creo que le conviene a usted estar disponible… por si se plantean más cuestiones. El ataque se aproxima. Barrunto dónde ocurrirá y también que será importante. Mazian no abandona estaciones a cambio de nada. Y nosotros, señor Ayres, vamos a colocarnos donde él nos ha obligado a estar… por encima de la apuesta, podríamos decir. No nos ha dejado alternativa, y él lo sabe, pero naturalmente, es de esperar que considerará la autoridad que usted tiene para convencerle. Si desea preparar un segundo y más enérgico mensaje, le facilitaremos todo lo necesario.
—Para que lo amañen sus expertos. Azov le dirigió una tensa sonrisa.
—¿Quiere la Flota intacta? Francamente, dudo que pueda recuperarla. No creo que Mazian considere su mensaje, pero como se encuentra desprovisto de bases, todavía puede tener usted un papel humanitario que representar.
Ayres no dijo nada. Incluso ahora el silencio le parecía lo más sensato. El ayudante le cogió del brazo y le acompañó por el corredor, le hizo entrar en un desolado compartimiento con muebles de plástico y cerró la puerta.
Paseó un rato por la reducida estancia, hasta que le venció el cansancio y se sentó. Pensó que había actuado mal. Días y Bela estaban… no sabía dónde, en una nave o todavía en la estación, y él no sabía aún en qué estación habían estado. Podía suceder cualquier cosa. Se estremeció, percatándose súbitamente de que estaban perdidos, que los soldados y las naves se dirigían a Pell y a Mazian… pues también llevaban a Jacoby. Otra función «humanitaria». Su propia estupidez le había impulsado a actuar para mantenerse vivo y regresar a casa, pero esto parecía cada vez menos probable. Estaban a punto de perderlo todo.
—Se ha firmado un tratado de paz —había dicho él durante la breve declaración que había dejado que grabaran, pues carecía de códigos esenciales—. Segust Ayres, representante del Consejo de seguridad de la Compañía de la Tierra, y el consejo de seguridad solicitan que la Flota se ponga en contacto para proceder a la negociación.
Era la peor de las ocasiones para entablar una gran batalla. La Tierra necesitaba a Mazian dondequiera que estuviese, con todas sus naves, atacando a la Unión de vez en cuando, incordiando, haciendo difícil que el brazo de la Unión se extendiera hacia la Tierra.
Mazian se había vuelto loco… Lanzar las pocas naves que tenía contra la extensa Unión, en un ataque a escala masiva, y perder… Si la Flota desaparecía, la Tierra carecería súbitamente del tiempo que él había ido allí a ganar. Sin Mazian ni Pell todo se vendría abajo.
¿Y acaso un mensaje como el que acababa de enviar no podría provocar alguna acción precipitada, o confundir las maniobras ya en curso, disminuyendo aún más las probabilidades de éxito de Mazian?
Se levantó y paseó de nuevo por el suelo curvo de lo que parecía su última prisión. Tendría que enviar un segundo mensaje, lo cual era una exigencia excesiva. Si la Unión estaba tan convencida de sí misma como lo estaban los maniquíes, tan fríamente convencidos de su propósito, podrían dejarlo pasar si se adaptaba a sus exigencias. Compuso mentalmente: «Consideren la fusión de los intereses de la Compañía con la Unión en acuerdos comerciales. Negociaciones muy avanzadas. Como prueba de buena fe en las negociaciones, cancelen todas las operaciones militares. Cesen el fuego y acepten una tregua. Estén a la espera de nuevas instrucciones.»
Traición… para hacer que Mazian se retirase y adoptara la clase de resistencia dispersa que la Tierra necesitaba en esta etapa. Era la única esperanza.
LIBRO TERCERO
I
Aproximación a Pell; 10/4/52; 1145 h.
Pell.
La Norway avanzaba con la Flota, dirigiendo su masa sincronizadamente al espacio real, es decir el espacio no comprimido, como ocurría durante el salto, y en el que las naves se deslizaban a velocidad convencional. El comunicador y el radar se pusieron en acción, buscando la mota que era la gigantesca Tibet, que había iniciado el salto antes que ellos, a modo de avanzada para evitar la confusión.
—Afirmativo —emitió el comunicador con consoladora rapidez.
La Tibet se encontraba donde debía estar, intacta, sin que la sonda hubiera sido afectada por ninguna actividad hostil. Las naves estaban diseminadas por el sistema, y pronto se habían evaporado las bravatas de una milicia que se había nombrado a sí misma. La Tibet había puesto en fuga a un mercante, que fue presa del pánico, y aquello era una mala noticia. No les convenía que informaran a la Unión, pero posiblemente éste era el último lugar adonde un mercante querría dirigirse en aquel momento.