En otra época había sido un hombre bueno y valiente, por lo menos antes del viaje. Antes de la guerra, cuando tenía a Jen y Romy. Le habían atacado dos veces en la cuarentena, una de ellas golpeándole hasta dejarle sin sentido. Redding había intentado matarle, y no sería el último intento. Estaba cansado y enfermo, y no le daban tratamiento de rejuvenecimiento; sospechaba qué era lo que le afligía, la tensión que le estaba matando. Había visto que en su rostro aparecían más arrugas y se reflejaba su depresión e impotencia. Ya no reconocía al hombre que había sido un año atrás. Tenía un temor obsesivo por su salud, pues conocía la calidad de los cuidados médicos en la cuarentena, donde robaban los medicamentos y podían adulterarlos, donde dependía de la generosidad de Coledy para disponer de fármacos así como de vino y alimentos decentes. Ya no pensaba en su hogar ni en el futuro. Sólo existía el día de hoy, tan horrible como el de ayer, y si le quedaba algún deseo era tener la seguridad de que la situación no empeoraría aún más.
Intentó utilizar de nuevo el comunicador, y esta vez ni siquiera se encendió la luz roja. Los vándalos desmantelaban las cosas en cuarentena con tanta rapidez como podían arreglarlas los equipos de reparación. Se requerían varios días para lograr que Pell enviara allí obreros, y algunas cosas permanecían rotas. Kressich tenía pesadillas en las que todo terminaba así, con el sabotaje de algo vital por parte de un maníaco al que no le parecía suficiente el suicidio personal. Toda la sección podía ser destruida así en unos instantes de crisis o en cualquier momento.
Paseó con creciente rapidez, y se apretó el estómago, que siempre le dolía cuando estaba en tensión. El dolor se intensificaba, borrando todos los demás temores. Finalmente se serenó, se puso la chaqueta, sin armas, como la mayoría en la cuarentena, pues tenía que pasar por el puesto de control. Trató de contener las náuseas mientras oprimía el botón para abrir la puerta e hizo un último esfuerzo para atreverse a salir al oscuro corredor con sus paredes llenas de pintadas. Cerró la puerta tras él. Todavía no le habían atracado, pero esperaba que lo hicieran, a pesar de la protección de Coledy, porque robaban a todo el mundo. Lo más seguro era tener pocas cosas, pero era de dominio público que él tenía muchas. Lo único que le daba seguridad era que, para los otros, pertenecía a los hombres de Coledy… mientras no llegara a sus oídos que había solicitado marcharse de allí. Recorrió el pasillo y pasó junto a los guardianes, los hombres de Coledy. Salió a la plataforma y se mezcló con la multitud que hedía a sudor, a ropa sucia y spray antiséptico. La gente le reconocía y le tendían manos mugrientas, pidiéndole noticias de lo que sucedía en la estación principal.
—Todavía no lo sé. El comunicador de mi oficina no funciona. Voy a enterarme. Sí, lo preguntaré, señor, lo preguntaré.
Lo repitió una y otra vez, desasiéndose de las manos que se aferraban a él, librándose de los que le asaltaban con sus preguntas, algunos con la mirada enfebrecida, aturdidos por las drogas. Kressich no echó a correr, porque cundiría el pánico, habría alborotos, peligro de muerte. Y las puertas de la sección estaban delante, la promesa de seguridad, un lugar al que no podrían llegar los internos en la cuarentena, donde nadie podría entrar sin el pase precioso que él llevaba consigo.
En la plataforma de cuarentena corría el rumor de la llegada de Mazian, y se decía que se marchaban, que Pell entero se iba de allí y que les abandonaban a su suerte.
—Consejero Kressich —le dijo alguien, cogiéndole con firmeza del brazo y haciéndole volverse bruscamente. Miró el rostro de Sax Chambers, uno de los hombres de Coledy, y percibió la amenaza en el doloroso apretón—. ¿Adónde va, consejero?
—Al otro lado —dijo él sin aliento. Lo sabían. El estómago le dolió más—. El consejo se reunirá para tratar de la crisis. Dígaselo a Coledy. Es mejor que esté allí presente. De lo contrario no sabré lo que nos prepara el consejo.
Sax no dijo nada… no hizo nada de momento. La intimidación era una de las habilidades de Kressich. Se limitó a mirarle, lo suficiente para recordarle que él tenía otras habilidades, y le dejó ir.
No debía correr ni mirar atrás, evidenciando así su terror. Externamente estaba sereno, aunque tenía un nudo en el estómago.
Una muchedumbre se había reunido alrededor de las puertas. Se abrió paso entre ellos, ordenándoles que retrocedieran. Obedecieron a desgana y Kressich utilizó su pase para abrir la puerta, que cruzó rápidamente y cerró de nuevo con la tarjeta antes de que ninguno hiciera acopio de valor para seguirle. Por un momento se quedó en la rampa superior, junto al estrecho acceso, bajo una luz brillante, envuelto todavía por el olor de la cuarentena. Se apoyó en la pared, temblando y respirando agitadamente. Poco después bajó la rampa y oprimió el botón que debería atraer a los guardianes al otro lado de la cuarentena.
Aquel botón funcionó. Los guardianes abrieron, aceptaron su tarjeta y anotaron su presencia en Pell propiamente dicha. Pasó por descontaminación, y uno de los guardianes dejó su puesto para acompañarle, gesto rutinario cada vez que admitían al consejero en la estación, hasta que hubiera pasado los límites de la zona fronteriza. Entonces le permitían continuar solo.
Alisó sus ropas mientras caminaba, tratando de eliminar el olor, el recuerdo y los pensamientos de la cuarentena. Pero sonaba la alarma, luces rojas parpadeaban en los corredores y por todas partes se veía personal de seguridad y policías. Tampoco había paz en aquel lado.
V
Pelclass="underline" Estación central; oficina del comunicador central; 1300 h.
Los tableros del comunicador central estaban iluminados de un extremo al otro, rebosante de llamadas desde todos los lugares de la central. Se habían interrumpido las comunicaciones normales entre los residentes, y en todas las zonas se habían encendido luces rojas, advirtiéndoles que permanecieran quietos.
No todos obedecían. En las pantallas aparecían algunos corredores vacíos, pero otros estaban atestados de residentes llenos de pánico. Lo que rnostraba ahora la pantalla de la cuarentena era peor.
—Llamada de seguridad —ordenó Jon Lukas mientras contemplaba los monitores—. Azul tres.
El jefe de división se inclinó sobre el tablero y dio instrucciones al expedidor. Jon se dirigió al tablero principal, tras el puesto del acosado jefe de comunicaciones. Todos los miembros del consejo habían sido convocados a los puestos de emergencia que estuvieran más a su alcance, a fin de convenir las normas que debían seguirse. Él estaba cerca de aquel puesto y había llegado abriéndose paso entre el caos exterior. Hale, del cual esperaba fervientemente que hubiera obedecido las órdenes que le dieron, estaba sentado en su apartamento, con Jessad. Jon observó la confusión en el centro, fue de un tablero a otro, contempló los distintos pasillos en los que reinaba la confusión. El jefe de comunicaciones seguía tratando de llamar a través de la oficina del jefe de estación, pero ni siquiera él podía ponerse en contacto. Lo intentó a través del comunicador del mando de la estación, pero en la pantalla siguió apareciendo la frase «canal no disponible».
El jefe soltó un juramento y aceptó las protestas de sus subordinados. Era un hombre acosado en el ojo del huracán de una crisis.