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Signy se levantó de su asiento acolchado.

—Toma el mando, Graff. Di, consígueme enseguida diez hombres para escolta.

La Europe seguía emitiendo órdenes: el despliegue de cincuenta soldados de cada nave en la plataforma, en orden de combate; el pase del mando de la Flota al segundo de la Australia, Jan Meyis, durante la conferencia; que las naves auxiliares de las naves ensambladas se dirigieran al control de la estación para recibir instrucciones de aproximación y entrar para volver a sus posiciones en las naves nodrizas. El trabajo de Graff consistía ahora en encargarse de todos estos detalles. Mazian tenía algo que decirles, las explicaciones que aguardaban desde hacía tanto tiempo.

Signy fue a su oficina, se detuvo sólo un momento para guardarse una pistola en el bolsillo, se apresuró a ir al ascensor y salió al corredor de acceso entre la afluencia de tropas que Graff ordenaba ir a la plataforma y que ya estaban en orden de combate desde que se había iniciado la aproximación a la estación, dirigiéndose a la escotilla antes de que los ecos de la voz de Graff se hubieran extinguido en los corredores de acero de la Norway. Di estaba allí, y su propia escolta se separó para seguirla cuando Signy pasó junto a ellos.

Toda la plataforma les pertenecía. Salieron en el mismo momento en que las tropas de otras naves bajaban a la plataforma, y los miembros de seguridad de la estación retrocedieron confundidos ante el rápido avance de tropas armadas que conocían con precisión el perímetro que querían y se apropiaban de él. Los trabajadores de la plataforma iban de un lado a otro, sin saber dónde debían situarse.

—¡A trabajar! —gritó Di Janz—. ¡Llevad allá esas líneas de flotación!

Enseguida comprendieron que representaban muy poca amenaza, pues estaban muy cerca y eran demasiado vulnerables comparados con las tropas. Signy miraba a los guardianes armados de seguridad al otro lado de las líneas, observaba su actitud y las oscuras marañas de tuberías y estructuras de lanzamiento que podrían albergar a un francotirador. Su escolta la rodeaba, al mando de Bihan. Avanzó con ellos, rápidamente, junto a la fila de ensambladeros, donde una multitud de tubos umbilicales, estructuras de lanzamiento y rampas se extendía hasta perderse de vista en la curva ascendente de la plataforma, como reflejos de un espejo tan sólo obstaculizado por el arco ocasional de un cierre de sección y el horizonte hacia arriba… los mercantes ensamblados más allá de ellos. Las tropas formaban una pantalla a lo largo del camino entre la Norway y la Europe. Signy siguió a Tom Edger, de la Australia y su escolta. Los otros capitanes iban detrás, acudiendo con la mayor rapidez posible.

Llegó al lado de Edger en la rampa que conducía al acceso de la Europe y avanzaron juntos. Keu, de la India, se reunió con ellos cuando cruzaron el tubo articulado y llegaron al ascensor, y Porey, de la África, iba pisándole los talones a Keu. No decían nada, cada uno iba en silencio, tal vez con los mismos pensamientos y el mismo enojo, sin hacer especulaciones. Cada uno tomó a dos de sus guardianes, entraron en el camarín del ascensor y subieron en silencio, caminaron por el corredor del nivel principal que conducía a la sala del consejo. Sus pisadas retumbaban en aquellos corredores más amplios que los de la Norway, pues en la nave insignia todo era mayor. Sólo algunos soldados de la Europe permanecían rígidos, montando guardia.

Tampoco había nadie en la sala del consejo, ni señal de Mazian, sino sólo las luces brillantes indicándoles que les esperaban en la mesa circular.

—Esperad fuera —dijo Signy a sus hombres, y éstos salieron.

Se sentaron por orden de veteranía. Tom Edger primero, luego ella, tres asientos vacantes, y después Keu y Porey. Entonces llegó Sung, de la Pacific, y ocupó el noveno asiento. Kreshov, de la Atlantic se acomodó en el cuarto asiento, al otro lado de Signy.

—¿Dónde está? —preguntó finalmente Kreshov, en el extremo de su paciencia. Signy se encogió de hombros y cruzó los brazos sobre la mesa, mirando a Sung sin verle. Primero les habían hecho apresurarse y ahora les obligaban a esperar. Les hicieron abandonar el combate, manteniéndoles en un largo silencio, y ahora debían esperar de nuevo a que les dijeran por qué. Se concentró en el rostro de Sung, una máscara clásica curtida por la edad que jamás admitía la impaciencia. Pero su mirada era fosca. Signy se recordó a sí misma que todos estaban nerviosos. Estaban cansados, les habían arrancado del combate, haciéndoles emprender el salto para llegar allí. No era el momento más adecuado para hacer análisis profundos.

Finalmente entró Mazian, en silencio, y se sentó a la cabecera de la mesa, con expresión fatigada y ojeroso como todos ellos. Signy se preguntó si sería señal de derrota, sintiendo un nudo en la boca del estómago, como algo que no pudiera digerir. Entonces alzó la vista, vio la tirantez en la boca de Mazian y supo que se trataba de otra cosa. Reconoció la pequeña tensión, la máscara… Conrad Mazian representaba papeles, escenificaba sus apariciones de la misma manera que escenificaba emboscadas y batallas, representaba el papel de elegante o rudo según las circunstancias. Ahora representaba el papel de humilde, el más falso de todos, vistiendo con sencillez, sin la ostentación de las insignias. El cabello, aquella plata del rejuvenecimiento, era blanquísimo, el rostro delgado, la mirada trágica… mentía especialmente con los ojos, con la facilidad de un actor. Signy contempló el juego de expresiones, la maravillosa candidez que habría seducido a un santo. Mazian se estaba preparando para maniobrar con ellos. Apretó los labios.

—¿Estáis bien? —les preguntó—. ¿Todos?

—¿Por qué tuvimos que abandonar el combate? —preguntó ella sin preámbulos, mirando aquellos ojos en los que percibió un reflejo de cólera—. ¿Qué es lo que no podía comunicársenos.

Nunca había hecho preguntas, nunca había presentado objeciones a una orden de Mazian en toda su carrera. Ahora lo hizo y observó que la expresión de aquel hombre pasaba de la cólera a algo parecido al afecto.

—De acuerdo —dijo él—, de acuerdo. —Miró a su alrededor, deteniéndose en los asientos vacantes. Eran nueve, con dos de patrulla. Miró a los presentes uno tras otro—. Hay algo que tenéis que oír, algo que debemos considerar.

Oprimió los botones de la consola ante su asiento y activó las pantallas idénticas de las cuatro paredes. Signy contempló las últimas imágenes que habían visto en el punto Omicron, con un familiar sabor de bilis en la boca, miró la amplia zona y las estrellas familiares que se empequeñecían al aumentar la escala. Ya no había más territorio de la Compañía, ya no era suyo. Sólo estaba Pell. En una panorámica más amplia pudo ver las Estrellas Posteriores, pero no Sol, aunque no tardaría en aparecer. Signy sabía muy bien dónde estaba, si la escala seguía aumentando, pero en aquel momento la imagen se detuvo.

—¿Qué es esto? —preguntó Kreshov. Mazian no respondió y se limitó a.dejarles mirar durante largo rato.

—¿Qué es esto? —preguntó Kreshov de nuevo.

Respirar en aquel silencio costaba un esfuerzo consciente. El tiempo parecía haberse detenido mientras Mazian les mostraba en silencio lo que ellos tenían ya en sus mentes.

Habían perdido. En otro tiempo gobernaban allí, y ya no gobernaban.

—Desde un solo mundo viviente —dijo Mazian, casi en un suspiro—, desde un solo mundo viviente en nuestros comienzos, la humanidad llegó a esta lejanía. Un estrecho tramo de espacio aquí, muy lejos de las posesiones de la Unión… las Estrellas Posteriores y Pell. Es defendible, y con el personal que sobrecarga Pell… posible.