—¿Y huir de nuevo? —preguntó Porey.
Un músculo se movió en la mandíbula de Mazian. A Signy le latía con fuerza el corazón y le sudaban las manos. Todo estaba cerca del derrumbe final.
—Escuchad —susurró Mazian, ya sin máscara alguna—. ¡Escuchad!
Oprimió otro botón. Una voz empezó a hablar, distante, grabada. Ella la conocía, conocía la inflexión extraña…
—Capitán Conrad Mazian —empezó a decir la voz grabada—. Soy el segundo secretario Segust Ayres del Consejo de Seguridad, autorización código Ornar serie tres, con autoridad del Consejo y de la Compañía. Cese el fuego. Cese el fuego. Se está negociando la paz. Como prueba de buena fe es necesario que cesen todas las operaciones y espere órdenes. Esta es una instrucción de la Compañía. Se están haciendo todos los esfuerzos para garantizar la seguridad del personal de la Compañía, tanto militar como civil, durante esta negociación. Repito: Capitán Conrad Mazian, soy el segundo secretario Segust Ayres…
La voz se extinguió abruptamente al oprimir el botón. Después se hizo el silencio. En los rostros se reflejaba la consternación.
—La guerra ha terminado —susurró Mazian—. La guerra ha terminado, ¿comprendéis?
Signy sintió que se le helaba la sangre. A su alrededor estaba la imagen de lo que habían perdido, la situación en que se encontraban.
—Al fin la Compañía ha decidido hacer algo —dijo Mazian—. Darles… esto. —Alzó una mano, señalando las pantallas, con un gesto que incluía el universo—. Grabé ese mensaje transmitido desde la nave insignia de la Unión, ese mensaje. Desde la nave de Seb Azov. ¿Comprendéis? La designación del código es válida. Mallory, esos hombres de la Compañía que querían pasaje… Eso es lo que nos han hecho. Ella contuvo el aliento. Estaba helada.
—Si no los hubiera aceptado a bordo…
—No podrías haberlos detenido, entiéndelo. Los hombres de la Compañía no toman decisiones en solitario. Ya se había decidido en otra parte. Si los hubieras matado allí mismo, no podrías haber detenido esto… sólo retrasarlo.
—Hasta que hubiéramos trazado una línea diferente —replicó Signy.
—Miró los ojos claros de Mazian y recordó las palabras que había intercambiado ella con Ayres, cada movimiento, cada entonación. Había permitido que aquel hombre se marchara e hiciera lo que había hecho.
—Así que de algún modo consiguieron pasaje —dijo Mazian—. Lo importante es conocer cuál fue el acuerdo al que llegaron primero, en Pell, y cuáles fueron sus cesiones a la Unión. Existe una gran posibilidad de que esos llamados negociadores no estén intactos. Si los hubiesen sometido a un lavado de cerebro, dirían y firmarían aquello que conviniese a la Unión. No podemos saber qué información han dado, qué códigos han descubierto, cuántas cosas han puesto en peligro… hasta con nuestro código interno es posible que haya problemas ¿y con los códigos de Pell? Ese es el motivo de que abortáramos la operación. Meses planificando, sí. Estaciones, naves y amigos desaparecidos, enormes sufrimientos humanos… todo eso por nada. Pero he tenido que tomar una decisión. La Flota no ha sufrido daños serios, ni Pell. Eso es lo que tenemos, para bien o para mal. Podríamos haber ganado en Viking, y habernos quedado inmovilizados allí, perdiendo Pell y toda fuente de suministros. Por eso nos marchamos.
Nadie dijo nada ni se movió. De súbito todo tenía sentido.
—Por eso no quería utilizar el comunicador —siguió diciendo Mazian—. A vosotros os toca decidir, porque aquí, en Pell, tenemos elección. ¿Queremos suponer que los hombres de la Compañía enviaron ese mensaje estando en su sano juicio? ¿Sin que les obligaran? ¿Que la Tierra todavía nos apoya? Todo esto está por saber, pero, amigos míos, ¿importa de veras?
—Pues ¿qué es lo que importa? —preguntó Sung.
—Mirad el mapa, miradlo de nuevo. Aquí… aquí hay un mundo, Pell. Y una potencia que puede sobrevivir sin él. La Tierra. Aquí tenéis vuestra alternativa: seguir las supuestas órdenes de la Compañía o quedarnos aquí, reunir recursos y emprender la acción. La Europe prescindirá de las órdenes. Si os quedáis bastantes de vosotros, estaremos en condiciones de hacer pensar dos veces a la Unión antes de que se decida a meter sus narices en Pell. No tienen tripulaciones que puedan contender con nuestro estilo de lucha. Aquí disponemos de suministros y recursos. Pero decidios —yo no os detendré— o podéis continuar como hasta ahora si lo consideráis vuestro deber. Y cuando se escriba la historia de lo que le sucedió aquí a la Compañía, que digan lo que quieran sobre Conrad Mazian. He hecho mi elección.
—Somos dos —dijo Edger.
—Tres —intervino Signy, al tiempo que los demás murmuraban su aceptación.
La mirada de Mazian pasó lentamente de uno a otro.
—Entonces nos quedaremos, pero tenemos que tomar la estación. Puede que encontremos cooperación y puede que no. Vamos a averiguarlo… Y todavía no están todos informados. Sung, quiero que vayas personalmente a la Polo Norte y la Tibet e informarles. Explícaselo como más te guste, y si hay muchos que disienten en alguna tripulación o entre las tropas, les daremos nuestra bendición y les dejaremos que se vayan, que cojan una de las naves mercantes y se marchen. Dejo a los capitanes que se encarguen de ello.
—No disentirá nadie —dijo Keu.
—Es posible que sí —replicó Mazian—. En cuanto a la estación, saldremos y dispersaremos por todas partes nuestras propias fuerzas de seguridad y pondremos a nuestro personal en los puestos clave. Media hora será suficiente para que informen a sus tripulaciones. Sea lo que fuere lo que decidan hacer, no hay duda de que necesitamos ocupar Pell seguramente antes tendremos alguna cosa que hacer como despedir a una nave que decide marchar.
Se hizo un silencio que rompió Kreshov:
—¿Nos vamos entonces?
—Sí, podéis iros —dijo Mazian.
Signy retiró la silla y salió tras Sung, pasó al lado de las fuerzas de seguridad del propio Mazian, que estaban junto a la puerta, y se reunió con los dos hombres de su escolta, consciente de que los otros iban pisándole los talones. Aún seguía pesando en su mente la incertidumbre. Toda su vida había pertenecido a la Compañía, aunque la maldijera, odiara su política y sus cegueras, pero se sentía súbitamente desarraigada fuera de ella.
Pensó que la Compañía había pecado de timorata. A Signy le gustaba la historia y valoraba sus lecciones. Las peores atrocidades empezaban con medidas a medias, con excusas, comprometiéndose con el bando equivocado y rehuyendo lo que debía hacerse. La Profundidad y sus exigencias eran absolutas, y el compromiso por el que la Compañía había ido al Más Allá sólo duraría lo que durase la conveniencia del más fuerte, que era la Unión.
Se persuadió de que, con su acción, servían a la Tierra mejor de lo que la servían los agentes de la Compañía por medio de sus negociaciones.
VII
Pelclass="underline" Sector blanco dos; 1530 h.
Las luces de aviso debían de seguir encendidas en el corredor. El centro de salvamento mantenía un ritmo pausado. El supervisor caminaba por los pasillos entre las máquinas y silenciaba toda conversación en su presencia. Josh mantuvo cuidadosamente la cabeza baja, quitó un sello plástico de un pequeño y gastado motor, lo dejó en una bandeja para posterior clasificación, dejó las tenazas en otra bandeja y desarmó los componentes, clasificándolos en diversas categorías, para su nuevo uso o reciclaje según el grado de conservación y el tipo de material.
Desde el primer anuncio a través del comunicador, la pantalla de la pared no había emitido nada más. Tras el murmullo inicial de consternación ante la noticia, no se permitieron comentarios. Josh desvió la mirada de la pantalla y del policía de la estación apostado en la puerta. Pasaban más de tres horas desde el momento en que debió abandonar su turno. Deberían haber despedido a todos los que se ocupaban en actividades parciales. Tenían que haber llegado otros obreros. Llevaba allí más de seis horas, y no había provisiones para la comida. Al final, el supervisor encargó unos bocadillos y bebidas. Josh no interrumpió el trabajo para comer porque deseaba parecer absorto en su tarea.