El supervisor se detuvo un momento detrás de él. Josh no reaccionó, no interrumpió el ritmo de sus acciones. Oyó que el supervisor proseguía su camino y no se volvió a mirar.
Allí no le trataban de un modo distinto a los demás. Se persuadió de que era su mente transtornada lo que le hacía sospechar que le vigilaban particularmente. A todos los supervisaban. La muchacha que estaba a su lado, seria y de lentos movimientos, siempre muy cuidadosa, hacía el trabajo más complejo de que era capaz, y la naturaleza no le había concedido demasiada capacidad. Allí, en el centro de salvamento, muchos eran como ella. Algunos ingresaban jóvenes, quizá para encontrar la manera de acceder a ocupaciones más importantes, conseguir habilidades mecánicas elementales y ascender a puestos técnicos o trabajos de manufactura. Y había otros cuya conducta nerviosa indicaba que tenían otras razones para estar allí. Estaban inquietos, tenían una concentración obsesiva… era extraño observar en otros aquellos síntomas.
Pero él nunca había sido un criminal, como quizá lo fueran aquellos otros, y tal vez precisamente por eso confiaban menos en él. Le gustaba su trabajo, que le mantenía la mente ocupada y le proporcionaba independencia… le gustaba tanto, creía, como a la muchacha seria que trabajaba a su lado. Al principio, en su celo por demostrar su pericia, trabajaba con febril celeridad. Luego se dio cuenta de que eso molestaba a la muchacha, porque no podía ponerse a su altura, jamás podría hacerlo como él, y entonces procuró que su eficiencia no resultara evidente. Era suficiente para sobrevivir. Durante un largo tiempo así le pareció.
Ahora, no obstante, sentía náuseas y deseaba no haber probado el bocadillo. Incluso en este trivial asunto no había querido parecer demasiado diferente de los que le rodeaban.
La guerra había llegado a Pell. Los de Mazian. La Flota estaba allí.
La Norway, y Mallory.
Ahuyentaba algunos pensamientos. Cuando le asediaban, trabajaba más intensamente y alejaba los recuerdos. Sólo… la guerra… Alguien cerca de él susurró que tendrían que evacuar la estación.
No era posible. No podía suceder.
¡Damon!, pensó, deseando poder levantarse y salir de allí, ir a la oficina, tranquilizarse. Pero no había donde tranquilizarse, y temía comprobarlo. La Flota de Mazian significaba la ley marcial. Ella estaba con ellos.
Si no tenía mucho cuidado podría sufrir un colapso nervioso. El equilibrio de su mente era delicado, y él lo sabía. Tal vez su petición de lavado de cerebro era en sí insensata, pero la Corrección no había disminuido su equilibrio personal. Nunca había sido una persona equilibrada. Sospechaba de todas sus emociones, y en consecuencia trataba de sentir lo menos posible.
—Descanso —dijo el supervisor—. Pausa de diez minutos.
Él siguió trabajando, como lo había hecho durante los anteriores períodos de descanso. La muchacha a su lado le imitó.
VIII
Norway; 1530 h.
—Tenemos Pell en nuestro poder —dijo Signy a su tripulación y a los soldados, los que estaban presentes con ella en el puente y los diseminados por la nave—. Nuestra decisión, la de Mazian, la mía y la de los demás capitanes, es conservar Pell. Los agentes de la Compañía han firmado un tratado con la Unión… les han entregado todo lo que hay en el Más Allá y nos han pedido que nos quedemos al margen mientras lo hacen. Han entregado a la Unión nuestro código de contacto. Esa es la razón por la que abortamos el ataque… y nos alejamos, puesto que no sabíamos cuál de nuestros códigos ha sido traicionado. —Dejó que los demás absorbieran las implicaciones de estas palabras, contemplando los rostros ceñudos de quienes la escuchaban—. Pell… las Estrellas Posteriores, todo este borde del Más Allá… esto es lo que ha quedado a salvo. No vamos a cumplir la orden de la Compañía. No vamos a aceptar la rendición, no importa de qué manera la disfracen. No nos tienen bajo su yugo y esta vez vamos a luchar a nuestra manera. Tenemos un mundo y una estación, y todo el Más Allá empezó con eso. Podemos reconstruir las estaciones de las Estrellas Posteriores, todo lo que existía entre aquí y el mismo Sol. Podemos hacerlo. Puede que la Compañía no sea tan lista como para querer ahora un amortiguador entre ellos mismos y la Unión, pero más adelante lo querrán, podéis creerme, y al menos se darán cuenta de que no deben jugar con nosotros. Ahora Pell es nuestro mundo. Tenemos nueve transportes para defenderlo. Ya no pertenecemos a la Compañía. Somos la Flota de Mazian y Pell es nuestro. ¿Alguna opinión en contra?
Esperó las reacciones, aunque conocía a su gente como si fuera su familia… Algunos podrían tener otras opiniones, ideas propias al respecto. Había razones para ello.
De súbito las tropas estallaron en vítores, que hallaron eco en toda la nave y se multiplicaron en los altavoces. Los que estaban en el puente se abrazaban y sonreían. Grafí abrazó a Signy, y a continuación lo hicieron el sondista Tiho y otros oficiales que estaban con ella desde hacía muchos años. Asomaban las lágrimas en los ojos de Graff, pero ella, que también deseaba llorar, no lo hizo, se mantuvo firme y dominó su emoción. Abrazó a Graff por segunda vez y miró a su alrededor.
——Vamos a prepararnos —dijo acercándose al micrófono, para que la oyeran en toda la nave—. Vamos a hacernos con la estación central antes de que sepan lo que sucede. Apresúrate, Di.
Graff empezó a dar órdenes. El eco de su voz resonó en los corredores de la nave. El puente entró en actividad, los técnicos se abrieron paso a empellones por los estrechos pasillos para ir a sus puestos.
—Diez minutos —gritó ella—. Armamento completo. Preparadas todas las tropas disponibles para salir.
Se oyeron gritos por todas partes. Los altavoces evidenciaban que las tropas se apresuraban a pertrecharse antes incluso de que les dieran oficialmente las órdenes. Signy regresó al pequeño aposento donde tenía su despacho y dormitorio y se protegió con un casco y una armadura para el cuerpo, pero no para los brazos y piernas, pues prefería correr riesgos a impedir la libertad de movimientos. Cinco minutos. Oyó a Di que contaba a través del altavoz, imponiéndose al caos que surgía de todos los puestos de mando. No importaba. La tripulación y las tropas sabían lo que tenían que hacer aunque fuese a oscuras y al revés. Allí todos formaban una familia. Los incompatibles quedaban pronto cribados por accidentes, y los restantes eran tan íntimos como hermanos, hijos, esposos.
Signy colocó su pistola en la funda abierta, salió de su aposento y tomó el ascensor. Las tropas con armadura que corrían por el pasillo se pegaron contra la pared para dejarla pasar en cuanto la reconocieron, a fin de que se pusiera al frente, donde tenía que estar.
—¡Signy! —gritaron llenos de júbilo tras ella—. ¡Bravo, Signy!
Estaban vivos de nuevo, y lo sentían.
IX
Consejo de Pelclass="underline" Sector azul uno
—No —dijo Angelo enseguida—. No, no traten de detenerlos. Retírense. Retiren sus fuerzas inmediatamente.