Выбрать главу

El mando de la estación notificó que se daba por enterado, y las pantallas en la sala del consejo empezaron a reflejar nuevas órdenes. La voz apagada del mando de seguridad transmitía informes. Angelo se hundió en su asiento, ante la mesa en el centro del consejo, entre las filas parcialmente ocupadas, los suaves murmullos de pánico entre aquellos que habían conseguido llegar allí a través de los corredores. Unió las manos, llevándoselas a la boca, y observó los informes que aparecían en las pantallas en rápida secuencia, vistas de las plataformas, donde se acumulaban las tropas armadas. Algunos de los miembros del consejo habían esperado demasiado, no podían salir de las secciones donde habían trabajado o donde habían tomado un puesto de emergencia. Damon y Elene entraron juntos, sin aliento, buscando refugio, y se quedaron junto a la puerta, vacilantes. Angelo hizo una seña a su hijo y su nuera para que se acercaran, y ellos ocuparon dos de los lugares libres a la mesa.

—Hemos tenido que abandonar a toda prisa la oficina de la plataforma —dijo Damon en voz baja—. Hemos subido con el ascensor.

Tras ellos llegaron Jon Lukas y su grupo de amigos. Estos últimos se sentaron en las filas de asientos, mientras Lukas lo hacía ante la mesa. También llegaron dos de los Jacoby, con el pelo desordenado y los rostros brillantes de sudor. Aquello no era un consejo, sino un santuario donde refugiarse de lo que ocurría en el exterior.

Las pantallas mostraban que las cosas estaban empeorando. Las tropas se dirigían hacia el centro de la estación y los miembros de seguridad trataban de permanecer a la altura de las circunstancias por medio de control remoto, pasando apresuradamente de una cámara a la siguiente, lo que producía un constante parpadeo de imágenes.

—El personal quiere saber si cerramos las puertas del centro de control —dijo un consejero desde el umbral.

—¿Contra los rifles? —preguntó Angelo. Se humedeció los labios, movió lentamente la cabeza y miró la vertiginosa sucesión de imágenes captadas por las diferentes cámaras.

—Llamad a Mazian —dijo Dee, un recién llegado—. Protestad de esto.

—Lo he hecho, señor, y no tengo respuesta. Creo que está de acuerdo con lo que pasa.

«Desorden en cuarentena», les advirtió una pantalla. «Tres muertes comprobadas. Numerosos heridos…»

—Señor —dijo una voz, interrumpiendo el mensaje—. Están tratando de derribar las puertas de cuarentena, ¿Disparamos?

—No abráis —dijo Angelo. Su pulso se aceleró ante la evidencia de la locura donde hasta entonces había habido orden—. Negativo. No disparen a menos que derriben las puertas. ¿Qué queréis… dejarlos sueltos?

—No, señor.

—Entonces no lo hagáis.

El contacto se interrumpió. Angelo se enjugó el rostro, sintiéndose mal.

—Bajaré ahí —se ofreció Damon, empezando a levantarse de su asiento.

—No vas a ir a ninguna parte—dijo Angelo—. No quiero que caigas en ninguna redada militar.

—Señor —dijo entonces Kressich, en tono de inquietud—. Señor…

—Las comunicaciones con cuarentena no funcionan —advirtió el jefe de seguridad—. Las han estropeado de nuevo. Pero aún podemos ponernos en contacto mediante los altavoces de plataforma, a los que no pueden haber llegado.

Angelo miró a Kressich, aquel hombre ojeroso y pálido cuyo aspecto enfermizo se había intensificado en los últimos meses.

—¿Ha oído eso?

—Tienen miedo —dijo Kressich—. Temen que ustedes se marchen de aquí y permitan que la Flota los abandone a la Unión.

—Ignoramos cuáles pueden ser las intenciones de la Flota, señor Kressich, pero si hay alborotos y tratan de derribar esas puertas para irrumpir en las plataformas, no podremos hacer más que disparar. Le sugiero que se ponga en contacto con ellos en cuanto hayan restablecido las comunicaciones, y si hay algún altavoz que aún no hayan roto, acláreselo.

—Sabemos que somos parias pase lo que pase —replicó Kressich, temblándole los labios—. Hemos pedido una y otra vez que acelerasen las comprobaciones, expidieran documentos de identidad, saneasen sus registros, trabajasen más deprisa. Ahora es demasiado tarde, ¿verdad?

—No necesariamente, señor Kressich.

—Primero van a preocuparse de su propia gente, instalándola cómodamente en las naves disponibles. Van a apoderarse de nuestras naves.

—Señor Kressich…

—Hemos estado trabajando —intervino Jon Lukas—. Algunos de ustedes pueden tener documentos en orden. Yo no les pondría obstáculo alguno, señor.

Kressich guardó en silencio. Su mirada era incierta y el color de su rostro enfermizo. Le temblaban los labios, temblor que se extendía al mentón, y se apretaba las manos.

Angelo pensó que era más fácil tratar con los refugiados de cuarentena, ofrecer a todos sus dirigentes documentos en orden, razonar con ellos. Algunos así lo habían propuesto.

—Ya están ahí —musitó Damon.

Angelo siguió su mirada y a través de los monitores vio que los soldados armados se estacionaban a lo largo de los corredores.

—Mazian —dijo Jon—. Mazian en persona.

Angelo contempló el hombre de cabello plateado que estaba al frente, y contó mentalmente los minutos que aquella oleada de soldados tardarían en subir por las rampas espirales de emergencia hasta el nivel en el que estaban ellos, hasta las mismas puertas del consejo.

Mientras tanto, él seguía mandando en la estación.

X

Sector azul uno: Número 0475

Las imágenes cambiaron. Lily se impacientó, se puso en pie de un salto, dio un paso hacia los botones de la caja y otro hacia la soñadora, que tenía una expresión preocupada en sus ojos. Finalmente se atrevió a manipular la caja para cambiar el sueño.

—No —le dijo la soñadora vivamente, y ella miró atrás y vio el dolor… los bellos ojos oscuros en el rostro pálido, las sábanas muy blancas, todo luz a su alrededor, excepto en los ojos, que miraban fijamente las escenas de los pasillos. Lily se le acercó, interpuso su cuerpo entre el sueño y la soñadora y ahuecó la almohada.

—Te daré la vuelta —le ofreció.

—No.

Ella le acarició la frente con mucha suavidad.

—Te quiero, Dal-tes-elan, te quiero.

—Son soldados —dijo Sol-su-amiga, con aquella voz tan calma que sosegaba a los demás—. Hombres con armas, Lily. Hay disturbios. No sé qué puede pasar.

—Sueña que se vayan —suplicó Lily.

—No tengo poder para hacer eso, Lily. Pero mira, no usan las armas. Nadie recibe daño.

Lily se estremeció y permaneció cerca de ella. De vez en cuando aparecía el rostro del Sol en las paredes siempre cambiantes, y el rostro del mundo brillaba para ellas como la luna creciente. Y la línea de hombres con armadura crecía, llenando todos los caminos de la estación.

No hubo resistencia. Signy no había desenfundado su arma, aunque tenía la mano sobre ella, ni tampoco lo habían hecho Mazian, Kreshov ni Keu. Los soldados, con sus fusiles a punto, sin seguro, constituían suficiente amenaza. Sólo al principio hicieron unos disparos, de advertencia en las plataformas, disparos que no tuvieron continuación. Se movieron rápidamente, sin dar tiempo para pensar a aquellos con los que se encontraban, ni el menor signo de que era posible discutir. Pocos eran los que se quedaban en las distintas secciones para encontrarse con ellos. Angelo Konstantin había dado órdenes… Era la única alternativa sensata.

Cambiaron de niveles y subieron por una rampa en el extremo del corredor principal. En el ámbito vacío resonaban las pisadas de las botas. Las voces que informaban de los puestos ocupados gradualmente por las tropas también producían un eco. Pasaron de la rampa de emergencia al área de control de la estación. Las tropas entraron también allí, al mando de los oficiales, con los rifles bajados, mientras otros destacamentos recorrían los pasillos laterales para invadir otras oficinas. Tampoco allí hubo ningún disparo. Siguieron avanzando por los corredores centrales, pasaron del frío acero y los plásticos a las alfombras que apagaban los sonidos, y entraron en la sala de las extrañas esculturas de madera, cuyos ojos tenían una expresión continuamente asombrada.